Coloquio de filosofía política: del 9 al 11 de abril

El Centro de Estudios Filosóficos de la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Cátedra Andina de Filosofía Francesa Contemporánea organizan el coloquio Justicia y Reconocimiento. Coloquio franco-andino de filosofía política. El ingreso es libre. Más detalles en los eventos de cholonautas:

http://www.cholonautas.edu.pe/agenda_n.php

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Apartheid a la peruana

A continuación reproducimos un artículo que cuenta tres historias de horror, tres historias de discriminación. Por desgracia, parece que parte de ser peruano es haber sido alguna vez discriminado y maltratado por un compatriota por “tener cara” de algo que motiva desprecio y agresión, o porque, comparados con los extranjeros, nos consideramos a nosotros mismos como ciudadanos de segunda. El siguiente texto, publicado en La República el 1 de abril, es otro llamado a la indignación.

Apartheid a la peruana

Tres historias de discriminación en el Perú del 2007. Las víctimas son dos peruanos –un músico que volvía de Italia con su familia europea, un sociólogo que le mostraba los Andes a su hija francesa– y una ecuatoriana que llegó invitada y se fue con una enorme decepción.

Por Claudio Chaparro

Habían llegado una mañana de marzo, envueltos en la fantasía de un viaje esperado. Pero de pronto aquel sueño tanto tiempo acariciado se convirtió en pesadilla. El motivo que eclipsó tanta expectativa era absurdo: ella era europea y blanca. Y él, peruano y cholo.

El cholo en cuestión es el músico peruano Luis Becerra Celis. Hace dieciocho años se fue a Italia. Formó allí su agrupación de danzas latinoamericanas Takillakta del Perú y se casó con la italiana Valentina del Conte (la europea y blanca). Hasta que decidieron venir al Perú para grabar un DVD.

Emocionados, con su hija María Shakira de cuatro años de edad (también italiana), pasearon y filmaron por Lambayeque, Puno, Abancay, Arequipa, Nasca,… hasta que llegaron al Cusco.

Allí, como reviviendo el despreciable apartheid sudafricano, Luis y Valentina fueron obligados a viajar por separado a Machu Picchu.

La niña tuvo que ir con el padre. La familia fue dividida “por orden de la empresa”, como les dijo una empleada de PerúRail, la ruta ferroviaria que conduce a la ciudadela perdida de los Incas. Era segregación racial en su rango más alto y abusivo.

Todo ocurrió el 10 de marzo pasado. El músico peruano fue a comprar los pasajes para ir en tren de Cusco a Aguas Calientes. Y en las oficinas de PerúRail ni se inmutaron con la respuesta: “Usted no puede viajar con su esposa en el mismo tren”.

“Me dijeron que hay un tren en donde solo van peruanos, con un sistema de subsidio –dice Becerra Celis, a través del hilo telefónico, desde Módena, ciudad italiana donde radica–. Teníamos que pagar 60 soles por persona. Luego, hay otro para extranjeros. Ahí el pasaje cuesta 60 dólares. Mi intención era viajar con mi esposa y mi hija, juntos, pero todo fue un vía crucis”.

Primero buscó que su esposa –pagando los 60 dólares– viajara en el tren “en el que solo van los peruanos”. “No, pues, eso no se puede”, le dijo la empleada.

Después intentó pagar él esos 60 dólares y viajar en el tren “en el que solo van los extranjeros”. Pero nada. “Ahí los únicos que viajan son los turistas foráneos”, le respondieron.

¿Consecuencia? Si querían ir a Machu Picchu, cada uno en ‘su tren’. El cholo y peruano –con su hija incluida– por un lado; la blanca y extranjera por otro. Y al diablo con la familia, los sentimientos y el anhelo del esperado viaje compartido.

El músico llegó hasta las oficinas de PerúRail. “Me dijeron que así pagara la tarifa más cara no iríamos juntos. Ni porque le pedí comprensión con mi familia”, cuenta.

Hubo que seguir adelante. Valentina viajó ‘en su tren’, que sí va directo. Y llegó a Aguas Calientes dos horas antes que su esposo y su hija. El músico y la niña fueron en el otro, que hace un montón de paradas.

“Valentina estaba muy mal por la altura. Ni eso les importó. Y en Aguas Calientes, encima, al estar sola, la Policía la revisó por gusto. Apenas nos vimos en Machu Picchu un par de horas. Ella salió antes, o su tren la dejaba. El de peruanos es un suplicio: asientos duros y rígidos, demasiada gente, mucha de pie a lo largo de casi cinco horas de viaje…, eso también es discriminación pura. Me parecía mentira, pero en mi propio país, al que llegaba luego de varios años, mi familia fue víctima de la segregación. Yo lo sentí de la manera más cruda”, añade Becerra Celis.

Peruano maltrata a peruano

Hugo Neira no quiere ni recordar aquella vez. El actual director de la Biblioteca Nacional también sufrió la discriminación en un viaje por el interior del Perú. “Mi hija y yo fuimos maltratados por los propios peruanos”, dice con vehemencia.

Fue en setiembre del año pasado. Marion, de 16 años, hija de su primer matrimonio, regresaba al país luego de vivir en Francia. Su ilusión: conocer el Perú profundo.

Y don Hugo no escatimó gastos. Compró los pasajes más caros en PerúRail en la ruta Cusco-Puno. Ambos debían ir en el cuarto vagón. Sin embargo, por falta de gente, les dijeron que ese vagón no partiría.

“¿Y si vamos en el tercer vagón?”, preguntaron ambos con inocencia. “No –les contestaron–, ese ya está lleno”. Neira averiguó. Y en el tercer vagón había varios asientos vacíos. Pero solo había turistas extranjeros. Los peruanos –aún con el pasaje más caro en mano– no podían viajar con ellos.

“Todos eran empleados peruanos –agrega–. Mi tesis es que el peruano maltrata a su propio coterráneo. Hice un escándalo de proporciones. Grité a todo el mundo. Los amenacé con serias denuncias. Y recién al final accedieron. ¿Por qué el trato al peruano es distinto?”.

El delito de ser indígena

Ella jamás lo imaginó. Creyó que en el Perú el trato sería el mismo que en Ecuador. Sin embargo, Rebeca Llasag, responsable de Comunicaciones de Ecuarunari, organización indígena de Ecuador, se llevó en Lima la impresión más desagradable de su vida.

Había llegado invitada por la ministra de la Mujer y Promoción Social para un congreso sobre la mujer indígena.

El 5 de marzo se hospedó en el Hotel María Angola. Dos días después decidió dejar el hotel. Quería estar más cerca del Museo de la Nación, lugar del evento. Pero cuando canceló lo adeudado y entregó las llaves le dijeron: “Ud. no se puede ir hasta que verifiquemos que nada falta en la habitación. Es una orden”.

“Me sorprendí –revela Llasag–. ¿Verificar qué?, le dije. Pasaron diez minutos. Y no me dejaban salir. Como si fuera una ladrona. Solo por un amigo que llegó al hotel, se solucionó el problema. ¿Por qué creen que me discriminaron? ¿Por ser mujer? No, lo hicieron porque soy indígena. Eso dije en mi exposición. He viajado por todo el mundo y nunca me pasó eso. En el Perú hay segregación racial, algo que en Ecuador no ocurre. Es una lástima que aquí subsistan estas prácticas”.

“Ese señor miente”

Gonzalo Rojas, representante de la empresa PerúRail, dio su versión respecto del caso de Becerra Celis. “Este señor quería subir con una persona extranjera al tren local. Y ese es solo para personas que viven en zonas aledañas. No hay discriminación. En los otros trenes puede subir cualquiera. Paga y listo. ¿Que tampoco lo dejaron? Eso es mentira. Persona que paga, sube. Si no, Indecopi nos sanciona. El tren de regreso sí es incómodo. Va mucha gente. Es un servicio subsidiado. Pedimos comprensión, no se puede contentar a todos”.

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La Universidad Católica en pugna

A propósito de las posiciones que enfrentan, desde hace algunas semanas, a la Iglesia Católica en el Perú -representada por el cardenal Juan Luis Cipriani- y a la Pontificia Universidad Católica del Perú, reproducimos un artículo de Antonio Zapata publicado el 28 de marzo en el diario La República. Recientemente, los centros federados de las distintas facultades de la PUCP se han manifestado contra lo que consideran una campaña del Opus Dei para “intervenir” en la universidad, llegando incluso a declarar al cardenal Cipriani como persona no grata. Las preguntas sucitadas son varias: ¿cuál es la verdadera motivación de Cipriani?, ¿hay segundas intenciones?, ¿por qué pasar a la “ofensiva” en este momento? El texto reproducido sienta una posición personal pero además da algunas luces al respecto. El debate sigue (y debe seguir) abierto.

La Universidad Católica en pugna

En esta misma página editorial, pocos días atrás, Beto Adrianzén comentaba cómo los liberales peruanos se habían puesto de perfil en el agudo conflicto que opone conservadores contra ‘caviares’ en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Antes que alguien repare que los rojos no hemos hablado, o nos crea extinguidos, quiero opinar desde nuestra tradición, en alguna medida forjada en las aulas de la misma universidad, a la que agradezco por la formación de calidad recibida.

El cardenal ha opinado que su misión incluye la defensa de la economía del arzobispado. Con ello ha revelado que su objetivo es el dinero de la PUCP, antes que una propuesta de enseñanza superior. Este acercamiento ha sido confirmado por el Opus Dei, que en un comunicado señala que no tienen interés en manejar la PUCP, que si lo tuvieran lo explicitarían, como es el caso con la Universidad de Piura. De este modo, al cardenal en primer lugar le interesan los recursos económicos, pero tiene una evidente segunda intención. En efecto, quiere terminar de liquidar a la Teología de la Liberación, que por años ha sido muy influyente en la PUCP. Esta corriente ha sido duramente golpeada en los últimos años tanto a nivel nacional como en escala mundial. Algunos de sus más importantes teólogos han sido silenciados por Roma y prohibidos de enseñar y publicar. En el país han perdido prelaturas, como el Sur Andino por ejemplo, que habían manejado durante décadas. Uno de los últimos bastiones de los cristianos de izquierda es la PUCP. Además, ahí se reproducen porque forman nuevas generaciones. Así, la batalla del cardenal es de largo plazo, tiene mucho techo por delante y su fin último es el puntillazo al cristianismo de izquierda.

El vicerrector académico ha estado impecable en la defensa de los fueros universitarios. Ha probado que la herencia de Riva Agüero está incorporada al patrimonio en forma completa y legal. Pero, preguntado por este mismo diario, por las implicancias de ser una universidad pontificia, contestó que había estado en Roma, con el Prefecto de la Congregación para la Enseñanza y que esta alta autoridad de la Iglesia les había dicho, “con ustedes no hay ningún problema de naturaleza católica”. Aquí se halla el punto crítico, que fundamenta nuestra posición independiente.

En efecto, ¿que hubiera sucedido si la alta autoridad de la Iglesia en Roma les hubiera dicho que sí hay un problema con la enseñanza impartida en la PUCP? Entonces, hubiera tenido que cambiar. Es decir, la autonomía institucional no es perfecta, porque dependen de la posición de Roma sobre el tipo de enseñanza que propone la PUCP. Depender, en este caso, significa que periódicamente las autoridades de la PUCP viajan a Roma a rendir cuentas y que reciben vistos buenos, lo cual aceptan y declaran, no es algo que alguien haya inventado.

Pues bien, desde nuestro punto de vista, la ciencia sólo debe depender de sí misma. La producción de conocimientos es secular y no debe tener límites en una determinada fe. La palabra universidad viene de universal y significa que se acepta todas las versiones e interpretaciones a condición de su racionalidad. Por eso, universidad es un concepto opuesto a pontificia, que expresa la dependencia a la Iglesia en Roma.

Querer conciliar el agua y el aceite es la habitual actitud de los ‘caviares’, amantes de estar bien con dios y con el diablo. Nosotros, en cambio, vamos camino al infierno y tan contentos porque confiamos en la coherencia personal. Con Galileo hasta el fin.

* Para otra reflexión en torno a este asunto ver el blog de Gonzalo Portocarrero
* Comunicado oficial de la PUCP

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Diplomatura sobre Poder y Desarrollo Local: inscripciones hasta el 28 de marzo

La Universidad Nacional Mayor de San Marcos, junto al Instituto para la Democracia Participativa, contando con la participación de RED Perú y el Instituto Internacional de Gobernabilidad de Catalunya, presentan el diploma en Estudios sobre Poder y Desarrollo Local.

El Diplomado, de dos semestres de duración en modalidad semi presencial, se orienta a formar profesionales especializados en el manejo eficiente de instrumentos y herramientas conceptuales y metodológicas para la conducción y/o facilitación de procesos sostenibles de desarrollo local y regional. Sus objetivos son:

• Ampliar desde los avances teóricos y prácticos nacionales e internacionales, los conocimientos y la capacidad crítica sobre la problemática del poder en espacios locales y la gobernabilidad democrática.

• Formar y entrenar especialistas en el manejo de instrumentos teóricos y herramientas metodológicas relacionados con procesos de intervención para la promoción de la gobernabilidad democrática.

• Apoyar el fortalecimiento de experiencia de gestión local donde organizaciones sociales, culturales, económicas e instituciones públicas y privadas afirman procesos de construcción de formas de democracia participativa, fortaleciendo los sistemas locales de participación y concertación.

• Mejorar las capacidades profesionales e institucionales, de análisis e intervenciones estratégicas para mejorar la calidad de vida de los procesos locales y regionales, en el contexto electoral y de implementación de los nuevos equipos de gestión.

Se ofrecen 40 vacantes. El diplomado está dirigida a los bachilleres en las diversas ciencias sociales (Antropología, Sociología e Historia), disciplinas afines (Trabajo Social, Derecho, Periodismo, Psicología, Economía, Administración, etc.) y profesionales de la administración pública y de las Organizaciones No Gubernamentales.

El plazo para inscribirse se ha ampliado hasta el miércoles 28 de marzo. Las clases empiezan en abril. La venta de prospectos y la presentación de expedientes se lleva a cabo en la Unidad de Post-Grado de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNMSM, 4to Piso (Ciudad Universitaria).

INFORMES E INSCRIPCIONES:

Unidad de Post-Grado en la Facultad de Ciencias Sociales, 4to. Piso.
Ciudad Universitaria, Av. Venezuela s/n
Tel: 6197000 anexo 4003
E-mail: postcs@unmsm.edu.pe
Web: http://sociales.unmsm.edu.pe

Solo informes:
Instituto para la Democracia Participativa – IDP
Telf. 4249580. Fax 4335778
Soc. Walter Varillas
Director Ejecutivo del IDP
Coordinador del Diplomado
wvarillas@gmail.com

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Entrevista a Eric Hobsbawm

Posiblemente el más importante historiador vivo, Hobsbawm acaba de publicar, a los 90 años, un nuevo libro de ensayos titulado ‘Guerra y paz en el siglo XXI’. En la entrevista que reproducimos a continuación, aborda los temas de su nuevo libro y termina de señalar los errores de Fukuyama, uno de los que pensó que la historia se detenía al desintegrarse la Unión Soviética. La entrevista fue publicada el 15 de marzo en el suplemento El Cultural de el diario El Mundo, de España.

Eric Hobsbawm: “Los historiadores somos la primera línea defensiva contra el avance de los mitos nacionalistas peligrosos”

Por Nuria Azancot

A sus casi noventa años, el historiador británico Eric J. Hobsbawm (Alejandría, 1917) sigue en activo y con ganas de pelea, enredado en mil proyectos a pesar de confesar, con algo de coquetería, que “a mi edad debo limitar mis ambiciones”. Lo dicho, pura coquetería, porque a renglón seguido reconoce a El Cultural que está apasionado por las últimas investigaciones sobre el ADN, y contesta vía email a velocidad de vértigo… Hijo de padre inglés y madre vienesa, en su autobiografía (Años interesantes, Crítica, 2003) explicaba que se ha sentido “como en casa” en varios países, a pesar de ser “alguien que no pertenece totalmente al lugar en el que se encuentra, bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío en todos los sitios en los que he estado –especialmente en Israel”. Irreductible en sus convicciones,“el historiador más conocido del mundo” habla hoy con El Cultural sobre el imposible fin de la Historia, sobre el nacionalismo y sus mitos y sobre terrorismo, temas que aborda en Guerra y paz en el siglo XXI (Crítica), que lanza la próxima semana en España y del que también ofrecemos uno de sus mejores ensayos.

Antiespecialista en un mundo de especialistas, el trabajo de Hobsbawm se ha dirigido a menudo “a los no intelectuales”, lo que “ha complicado mi vida como ser humano pero ha representado una ventaja profesional para el historiador”. Otra es que, como reconoce a menudo, estuvo en algunos de los lugares precisos cuando debía: “Si uno ha vivido lo suficiente en la Europa del siglo XX, es casi imposible no haber estado en lugares históricos en momentos históricos. He tenido suerte”. A raudales. Pasó su infancia en la Viena de la posguerra de la I Guerra Mundial, su adolescencia en el Berlín prehit-leriano y su juventud en Londres y Cambridge. Se hizo comunista en 1932, aunque no ingresó en el partido hasta que llegó a Cambridge en otoño de 1936; la II Guerra Mundial coincidió con su servicio militar, pero, a pesar de presentarse como voluntario, sólo pudo colaborar en el Ala Militar del Hospital de Gloucester, “donde hacía de una especie de asistente social”.

Del Che Guevara al jazz

Políglota y cosmopolita, su vida académica le ha llevado a Estados Unidos, Hispanoamérica (vivió en Colombia y Perú, y fue intérprete del Che Guevara), la India y Extremo Oriente. Miembro de la British Academy y de la American Academy of Arts and Sciences, hasta su jubilación enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde entonces dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Pero su retrato sería incompleto sin mencionar, por ejemplo, su pasión por el jazz (durante diez años escribió críticas bajo el seudónimo de Francis Newton, como homenaje al trompetista del mismo nombre, que fue uno de los pocos músicos de jazz comunistas), su fascinación por las investigaciones científicas punteras o los rescoldos jamás extinguidos de su fe comunista.

Hace algún tiempo, el escritor Ian Buruma publicó un ensayo acerca de usted, de por qué Eric Hobsbawm había permanecido leal al comunismo tanto tiempo y a pesar de todo. Y al final no quedaba muy clara la razón. ¿El propio Hobsbwam conoce la respuesta?

-No soy la única persona del mundo que se mantuvo leal a la causa de la emancipación de la humanidad casi toda su vida. Para los que quieran una respuesta biográfica más completa, he intentado ofrecerla en mi autobiografía ‘Años Interesantes’.

Allí, por ejemplo, admite que “hoy en día el comunismo está muerto”, aunque acaba preguntándose si acaso “la humanidad puede vivir sin los ideales de libertad y justicia o sin aquéllos que le dedican su vida ¿O acaso incluso sin el recuerdo de los que así lo hicieron en el siglo XX?”).

Un nuevo terrorismo

Pero, ¿al menos ha llegado a aceptar los límites de la condición humana, eso que su amigo Isaiah Berlin llamaba “las vigas torcidas de la humanidad”?

–Siempre he aceptado los límites de la condición humana, pero también he reconocido sus enormes esperanzas para un mundo en el que los humanos pueden ser humanos.

¿Cómo cambiaron los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres sus ideas sobre el terrorismo?

–Los marxistas siempre hemos sido escépticos con el terrorismo (es decir, con el intento de lograr un cambio social o político principalmente mediante la acción violenta de pequeños grupos). Por sí solo el terrorismo no puede alcanzar sus metas, ni siquiera la independencia de pequeñas naciones. Ni el 11-S ni el 7-J han cambiado mi opinión al respecto. La actual fase de terrorismo es nueva en la medida en que puede organizarse globalmente de una forma en que jamás se organizó ningún terrorismo anterior, en la medida en que utiliza una macabra técnica nueva, el atentado suicida, y en la medida en que algunas de sus versiones practican sistemáticamente la masacre indiscriminada. Pero aunque esto justifica ciertamente todos los esfuerzos por eliminarlo, eso no lo convierte en una gran fuerza militar o en un peligro grave para cualquier sociedad y nación estables.

Errores de Fukuyama

En las primeras páginas de ‘Guerra y paz en el siglo XXI’, el libro que lanza en España la próxima semana, se muestra muy crítico con Fukuyama… ¿Por qué considera que el historiador americano fue, cuanto menos, un incauto cuando planteó y desarrolló su teoría sobre el Fin de la Historia?

–Fukuyama suponía que la culminación del desarrollo histórico sería la conversión permanente del globo a la combinación occidental de capitalismo y gobierno liberal representativo. Pensó que se había logrado, después de que se superara el desafío del socialismo en el siglo XX. No creía que la historia llegaría a detenerse, sino que a partir de entonces el mundo avanzaría tranquilamente dentro de un marco occidental incuestionable. Pero se equivocaba en ambos puntos. No hay razón alguna para creer que el capitalismo liberal del tipo noratlántico que triunfó a finales del siglo pasado sea la base duradera de las operaciones futuras del mundo. No es fundamentalmente estable ni inmune a cambios o desafíos posteriores. Y es evidente que, desde el final de la Unión Soviética, no hemos entrado en un “nuevo orden mundial”, sino en una época de agitación tectónica mundial.

Tampoco está de acuerdo con Fukuyama cuando defiende lo que llama “valores liberales positivos” y afirma que las modernas sociedades liberales han debilitado sus identidades, basadas en conceptos como patria o religión, y que deben enfrentarse al desafío que plantean emigrantes de otras razas y religiones, que, según él, están mucho más seguros sobre quiénes son…

–Las sociedades liberales, al estar basadas en el individualismo, están concebidas para que tengan unas identidades colectivas débiles. Por tanto, es inútil quejarse de que los “valores liberales positivos”, como escribe Fukuyama, no son suficientes para una humanidad que no vive buscando sólo el interés propio. ¿Cuáles son las alternativas? Es cierto que la velocidad y la escala del cambio histórico, es decir, el impacto de un turbocapitalismo global desde los años 60, han minado los patrones tradicionales de relación entre los seres humanos y, por tanto, su idea de identidad individual y colectiva. Los inmigrantes procedentes de países en los que este proceso está menos avanzado quizá preserven todavía las viejas formas de identidad, sobre todo en la primera generación, pero el hecho mismo de la migración las debilita. De hecho, nadie tiene un problema de “saber quién soy” más acusado que los inmigrantes de segunda generación, como los jóvenes terroristas del sur de Asia que viven en Gran Bretaña y que no se sienten como sus padres ni como los británicos y que, por tanto, hallan una identidad en un tipo nuevo y muy poco tradicional de fundamentalismo musulmán. Pero los occidentales desorientados también intentan buscar identidades colectivas en una era de incertidumbre, y una minoría también las encuentra en los estilos de vida religiosos, culturales y sexuales, mientras que un número mayor se refugia de la impersonalidad global en el nacionalismo étnico. Creo que son síntomas de enfermedad más que un diagnóstico, y mucho menos un tratamiento, como pretende Fukuyama.

Historia, nacionalismo y mitos

Una de sus principales contribuciones académicas son sus investigaciones sobre la invención de tradiciones nacionales. En la era del nacionalismo y de una nueva preocupación por la identidad nacional, han surgido nuevos mitos históricos nacidos simple y llanamente por razones políticas, sectarias y étnicas. ¿Es eso lo que hace que el papel del historiador sea tan decisivo a la hora de desenmascarar falsos mitos?

–Tiene razón. Vivimos en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos. Creo en lo que escribió Ernest Renan en 1882: “El olvidar la historia y, de hecho, el error histórico, son factores esenciales en la formación de una nación, y ése es el motivo por el que el progreso de la investigación histórica a menudo constituye un peligro para la nacionalidad”. Los historiadores hoy en día somos la primera línea de defensa contra el avance de mitos peligrosos.

Otro de los temas de su libro es el imperialismo. ¿Considera que el americano actual es más débil que el español del siglo XVI o británico del siglo XIX? ¿Por qué?

–El Imperio Español del siglo XVI es muy distinto del británico y el estadounidense. El Imperio Británico, que gobernó a más gente que cualquier otro en la historia, reconocía sus puntos débiles incluso en la cúspide de su poder: vea, por ejemplo, el poema “Recessional”, escrito por el gran imperialista Rudyard Kipling. Sabía que sus principales activos –el ser la primera potencia industrial y el centro del comercio internacional, o una armada que controlaba los océanos– no durarían. También sabía, desde la pérdida de las colonias americanas, que podría sobrevivir la pérdida del imperio y que seguiría floreciendo. El imperio estadounidense carece de este sentido de sus limitaciones. En lo relativo a la política de fuerza, obviamente no es débil, aunque sea incapaz de dominar el mundo por sí solo. Su economía atraviesa un relativo declive, pero lógicamente seguirá siendo formidable durante mucho tiempo. Sin embargo, a diferencia del Imperio Británico, que prosperó en una época de paz y escasos gastos en armamento, el imperio de Estados Unidos depende de la realidad y el potencial de un poderío militar abrumador para su supremacía. Estados Unidos, a diferencia de la Gran Bretaña del XIX, nunca ha sido un elemento esencial del sistema de comercio internacional, sólo su economía más importante. Por tanto, a diferencia de Gran Bretaña, quizá intente contrarrestar su declive mediante el poder militar. Éste es uno de los grandes peligros de la situación mundial del nuevo siglo.

Si eso es así, ¿qué opinión le merece la dependencia europea respecto a la política internacional norteamericana?

–Todos los Estados europeos y la Unión Europea deben aceptar a la superpotencia, pero no hay razón para depender de ella. Nuestro modelo debería ser la política comercial de la UE, y no la de la OTAN.

El mapa de la especie humana

Es evidente que usted sigue en activo, atento a la actualidad. ¿Qué descubrimientos, qué inestigaciones académicas ha encontrado fascinantes últimamente?

–Me fascinan los recientes avances de la tecnología del ADN, que hacen posible una cronología y un mapa de la propagación de la especie humana por todo el globo. (Como historiador) Las dos obras originales, innovadoras y ambiciosas que más me han impresionado son The Birth of the Modern World, de Christopher Bayly, una historia auténticamente global, y Framing the Early Middle Ages, de Chris Wickham, que debe alterar nuestras perspectivas sobre lo ocurrido tras la caída del Imperio Romano.

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Sigue el debate: la tragedia de la Ciencia Política

Continúa el debate sobre la ciencia polìtica. En el texto que publicamos anteriormente se decreta su “muerte” mientras que aquí se expone su “tragedia”. La polémica inicia con un artículo del politólogo italiano Giovanni Sartori titulada ¿Hacia dónde va la ciencia política?. Los textos que alimentan el debate alrededor del texto de Sartori puede verlos en la edición virtual de la revista Política y Gobierno. El texto de Zolo fue publicado en la revista Metapolìtica.

La “tragedia” de la ciencia política

El autor de este ensayo, conocido filósofo italiano, hace suyo el argumento de la crisis de la ciencia política y muestra su declive en confrontación con la filosofía política. Concluye con un llamado al diálogo entre ambas maneras de aproximarse a lo político.

Danilo Zolo

Por “ciencia política” se entiende hoy, como es sabido, la aproximación disciplinaria a los problemas de la política que tiene su origen en la “revolución conductista”, afirmada en Estados Unidos durante las dos décadas posteriores a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces esta aproximación se ha difundido de manera amplia en la cultura estadounidense, donde se calcula que los cultores de la disciplina no son en la actualidad menos de dos mil. Asimismo, se ha difundido ampliamente en Europa, sobre todo en Inglaterra, Alemania y los países escandinavos. A partir de los años sesenta, la “ciencia política” se ha establecido también en Italia, gracias a la actividad pionera de Giovanni Sartori y de su escuela.

En contraposición a esta noción específica de “ciencia política”, se emplea la expresión “filosofía política” para indicar aquella forma más tradicional de reflexión sobre el fenómeno político que se remite a los clásicos del pensamiento político occidental, de Aristóteles a Platón, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Marx. A diferencia de la “ciencia política”, la filosofía política no se limita a estudiar el comportamiento “observable” de los actores sociales y el funcionamiento de los sistemas políticos (contemporáneos), sino que, además, analiza, en términos muy generales, los medios, los fines y el “sentido” de la experiencia política (e incluso, en un nivel ulterior de reflexión, los medios, los fines y el “sentido” de la propia indagación sobre la experiencia política).

En este ensayo buscaré reconstruir los contenidos teóricos de la disputa que ha involucrado intensamente a las dos disciplinas a partir de los años cuarenta, y sobre esta base intentaré puntualizar en la situación actual de las relaciones entre estos dos modos diversos de estudiar y entender la vida política. Se observará que la “ciencia política”, en particular la “ciencia política” estadounidense, se encuentra hoy en una situación de crisis que parece amenazar su propia identidad como disciplina: expresión emblemática de esta crisis es el título de un buen libro aparecido en Estados Unidos, The Tragedy of Political Science (Ricci, 1984).

Asimismo, en este marco, abordaré con una consideración especial la situación italiana. En Italia se ha registrado en estos años un notable resurgimiento de la filosofía política, tal y como se testimonia por los siguientes hechos: la publicación de la revista Teoria politica, editada por un grupo de politólogos cercanos a Norberto Bobbio; la reciente aparición de la primera revista italiana que lleva por título Filosofia politica, dirigida por Nicola Matteuci y editada por un grupo de historiadores de la filosofía política que entienden su posición intelectual como “reflexión crítico-hermenéutica sobre la tradición del pensamiento político occidental”; la difusión de una literatura filosófico-política que hace eco a las tesis del neoaristotelismo alemán contemporáneo (la así llamada Rehabilitierung der praktischen Philosophie) y rediscute la tradición democrática occidental a la luz de autores como Carl Schmitt, Eric Voegelin, Leo Strauss, Hannah Arendt. Por otra parte, ha aparecido un voluminoso Manuale di scienza della politica, editado por Gianfranco Pasquino, que intenta contestar al renacimiento de la filosofía política italiana con una empresa intelectual particularmente ambiciosa.

Para concluir me referiré a las razones generales que en mi opinión exigen una profunda renovación de los modos y los contenidos de la reflexión política contemporánea. Y si esto vale para la filosofía política tradicional, a menudo inclinada a una reproposición de arcaicos modelos metafísicos, vale todavía más, a mi parecer, para la “ciencia política” conductista. La “ciencia política” emergió hace 50 años con un doble objetivo: aquél, explícito, de alcanzar un conocimiento cierto y objetivo de los hechos políticos, en tanto fundado, a diferencia del idealismo y del historicismo marxista, sobre un análisis empírico de los fenómenos sociales; y aquél, implícito pero altamente motivador, de probar la optimización de las instituciones democráticas (estadounidenses) como realización de la libertad, el pluralismo y la igualdad de oportunidades (Dahl, 1956). Paradójicamente, hoy es la ciencia política la que se encuentra en crisis: sea por la situación de general incertidumbre de los fundamentos del conocimiento científico y en particular del estatuto epistemológico de las “ciencias sociales”; sea por el contenido y rápido aumento de la complejidad de los fenómenos sociales que pretende explicar y prever empíricamente; sea, y de manera principal, por los crecientes “riesgos evolutivos” que amenazan a las instituciones democráticas dentro del área de las sociedades “complejas”, incluyendo Estados Unidos, donde el proceso democrático se va transformando en las formas alarmantes de la “democracia televisiva” (Luke, 1986-1987, pp. 59-79).

Todo ello vale además, para la versión de la “ciencia política” que Giovanni Sartori ha importado a Italia en los años sesenta. En la “ciencia política” de Sartori y de algunos de sus discípulos existe no sólo la ambición de presentarse como la única forma de conocimiento político controlable y confiable, sino también una no menos ambiciosa polémica política, que aspira a ser puramente científica, en las confrontaciones con toda concepción “holística”, comenzando por el socialismo. En mi opinión, ha llegado el momento de reconsiderar, también en Italia, los fundamentos y el “rendimiento” de la “ciencia política” y sobre todo de volver a poner a discusión la que es su auténtica camisa de fuerza: el dogma positivista de la separación entre “juicios de hecho” y “juicios de valor” y, en relación con ello, el principio de la “avaloratividad” ético-ideológica (Wertfreiheit) de las teorías científicas. Un dogma que remite, como ha señalado Norberto Bobbio, a una ideología específica: la “ideología de la política científica” y, por ello, de una racionalización eficientista y tecnocrática de las relaciones políticas y sociales destinada a ratificar en los hechos el “fin de las ideologías” (Bobbio, 1983, pp. 1025-1026).
DE LA “REVOLUCIÓN CONDUCTISTA” AL POSTEMPIRISMO

Con una periodización muy sumaria, que considera casi en forma exclusiva lo que ha sucedido en el ámbito de la cultura de lengua inglesa, se pueden distinguir las siguientes cuatro fases en el desarrollo de las relaciones entre las dos disciplinas (estas fases, sin embargo, se sobreponen parcialmente desde un punto de vista cronológico).

1. La exposición del programa conductista y su afirmación entre 1945 y 1965. Los autores más relevantes, sobre todo en el periodo inicial, son: Gabriel Almond (1966), David Easton (1962), Heinz Eulau (1963), Robert Dahl (1961), K.W. Deutsch (1966) y David B. Truman (1951).

2. El debate en torno al así llamado “declive de la teoría política” (the decline of political theory) en cuyo desarrollo se manifiesta la primera reacción, primordialmente defensiva, contra la ciencia política conductista. En este debate intervienen, hacia fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, autores como P.H. Partridge (1961), I. Berlin (1962) y J.P. Plamenatz (1967). Un lugar de gran importancia, pero completamente distinto por su inspiración antimoderna y abiertamente conservadora, adquiere en este contexto la crítica “ontológica” de Leo Strauss (1959), expresada en el célebre ensayo “What is Political Philosophy?”. De igual modo, las páginas introductorias de Eric Voegelin (1952) a su The New Science of Politics pueden ser consideradas un ejemplo de este último tipo de literatura.

3. La crisis de la doctrina conductista, la atenuación del optimismo científico característico del periodo inicial, la emergencia de un creciente desacuerdo en el interior de la disciplina que desemboca, en primer lugar, en intentos de reforma metodológica inspirados en el “falsacionismo” popperiano, y posteriormente deriva en la crítica interna por parte de los exponentes de izquierda del Caucus for a New political Science (Falter, 1982, pp. 53-62; Euben, 1970, pp. 3-58), para finalmente tomar la forma de una verdadera y propia autocrítica por parte de algunos de los exponentes más autorizados de la ciencia política estadounidense, entre los que destacan Gabriel A. Almond (Almond y Genco, 1977) y Charles Lindblom (1979). Esta fase se expresa con particular intensidad durante la así llamada “década del desencanto” de 1965 a 1975, y se concluye idealmente con la publicación del volumen The Tragedy of Political Science, y de David Easton, “Political Science in the United States. Past and Present” (1985), dos escritos en los que el completo desarrollo de la disciplina es objeto de una autocrítica particularmente severa.

4. El renacimiento en los años setenta en adelante de la filosofía política en la cultura angloamericana gracias a autores como John Rawls, Robert Nozick, Ronald Dworkin y Bruce A. Ackerman. Este resurgimiento interrumpe bruscamente la tradición de la filosofía analítica anglosajona, misma que había declarado la muerte de la filosofía política, y se liga a los grandes temas valorativos, éticos y normativos de la filosofía política clásica. A esto se agrega la emergencia de una literatura epistemológica más madura, que se expresa a través de las obras de un condensado grupo de filósofos políticos comprometidos también con el campo de la filosofía de las ciencias sociales. Entre éstos destacan Alasdair McIntyre (1972, 1983), Alan Ryan (1972), Charles Taylor (1967, 1983), Sheldon S. Wolin (1969) y John Dunn (1985). La epistemología que conjunta a todos estos autores ahora ya se puede definir como “postempirista”: son autores profundamente influidos por el clima de la “rebelión contra el positivismo” de los años sesenta y en ocasiones se inspiran de manera directa en la epistemología de Thomas S. Kuhn. Por lo tanto, en su crítica a la ciencia política dominante, estos autores se mueven no por una reproposición de los fines tradicionales de la filosofía política europea, sino por una crítica general de la perspectiva empirista recibida. Pese a todo, a diferencia de la mayoría de los críticos de la primera fase, estos autores no niegan dogmáticamente la importancia de las contribuciones que la indagación sociológica de los sistemas y los actores políticos pueden ofrecer a la filosofía política.

En los incisos siguientes, más que tratar de ilustrar de manera analítica estas cuatro fases de la disputa entre los partidarios de la ciencia política y sus adversarios, buscaré condensar en pocos puntos esenciales las argumentaciones teóricas de unos y otros, introduciendo una sola y elemental distinción diacrónica: la distinción entre el programa conductista formulado en los inicios y los términos demasiado inciertos y moderados en los que la ciencia política se presenta a partir del final de los años ochenta. Análogamente,
por lo que respecta a los argumentos de los críticos de la “ciencia política”, distinguiré entre aquéllos propios de la primera reacción polémica dentro del debate sobre el “declive de la teoría política” y aquéllos, epistemológicamente más maduros, forjados por los partidos de la aproximación “postempirista”.

 

EL PROGRAMA ORIGINARIO DE LA CIENCIA POLÍTICA

Para ilustrar el programa originario de la ciencia política conductista consideraré los desplazamientos de la explícita formulación proporcionada por David Easton (1962) y tomaré en cuenta la sistematización que de ella ha propuesto Jüngen Falter (1982) en una excelente reconstrucción histórica del desarrollo completo de la disciplina. La adhesión a la “revolución conductista” implica, según el credo de los padres fundadores, al menos las siguientes cinco asunciones, a cada una de las cuales corresponde un objetivo que debe ser alcanzado para que los resultados de la investigación puedan ser considerados “científicos”.

1. Explicación y previsión con base en leyes generales. Ya sea el comportamiento político de los actores o el funcionamiento de los sistemas políticos, ambos presentan regularidades observables. La tarea fundamental del científico político es descubrir estas regularidades y expresarlas en forma de leyes generales, de carácter causal o estadístico, que permitan la explicación y previsión de los fenómenos políticos. Con esta finalidad, el científico político no deberá limitarse a la simple recolección de datos y a su generalización dentro de estrechos dominios espaciales y temporales, sino que se empeñará en organizar y seleccionar los datos empíricos a la luz de teorías de amplio rango, de manera no distinta a lo que sucede en las ciencias de la naturaleza, como la física y la biología.

2. Verificabilidad empírica y objetividad. La validez de las generalizaciones nomológicas de la ciencia política puede ser comprobada inicialmente a través de una verificación empírica que tenga como referencia los comportamientos observables de los actores políticos. Sólo adoptando este tipo de procedimientos, los científicos políticos podrán reivindicar a favor de sus enunciados y sus teorías el carácter del conocimiento cierto y objetivo de la realidad política, dotada de responsabilidad intersubjetiva, a la par de los conocimientos forjados por las  ciencias de la naturaleza.

3. Cuantificación y medición. Es posible la adopción de procedimientos rigurosos en el registro de los datos, en la enunciación de los resultados y en la ejecución de los controles relativos a los comportamientos políticos. El científico político debe por ello empeñarse en usar las técnicas de cuantificación y medición exacta de los fenómenos que emplean las “ciencias exactas” y que no carecen de resultados también en las ciencias sociales, comenzando por la economía y la psicología.

4. Sistematicidad y acumulatividad. La investigación de los científicos políticos puede desenvolverse en formas análogas a las consolidadas dentro de la praxis de las comunidades científicas más maduras. Tal investigación deberá ser conducida “sistemáticamente”; es decir, deberá implicar una constante interacción entre un lenguaje teórico lógicamente estructurado y coherente y una investigación empírica guiada por un riguroso método inductivo. La acumulación progresiva de los datos empíricos consentirá un gradual desarrollo de las teorías y se llegará así a la formación de un núcleo de conocimientos compartidos dentro de la comunidad de los científicos políticos. De esta manera será posible dar vida a una verdadera y propia organización profesional de la investigación política, superando el subjetivismo de los “filósofos de la política” tradicionales y sus permanentes e interminables discordias.

5. Avaloratividad. La explicación y la previsión empírica de los fenómenos políticos puede considerarse rigurosamente distinta de las valoraciones y prescripciones de carácter ético o ideológico. Ésta es, por otra parte, una condición esencial del carácter científico e intersubjetivamente vinculador de las proposiciones de la ciencia política. El científico político tiene por ello el deber intelectual de abstenerse de todo tipo de valoración ética o ideológica a lo largo de sus indagaciones y, de ser el caso, debe señalar siempre de manera explícita cuáles son los valores a los que se adhiere cada vez que, despojándose de la vestimenta científica, considera oportuno expresar valoraciones de carácter moral o ideológico en vista de sus objetivos de investigación. Asimismo, debe abstenerse de recabar indicaciones prescriptivas a partir de sus investigaciones. Desde este punto de vista, la ciencia política se opone diametralmente a la filosofía política tradicional que nunca ha tematizado la distinción entre juicios de hecho y juicios de valor, y ha sido concebida primordialmente como una reflexión sabia y normativa más que como una forma de conocimiento objetivo.

Es evidente que este catálogo metodológico, en el que se concentra el núcleo del credo conductista, remite a una serie de oposiciones filosóficas y epistemológicas muy generales: aquellas que la perspectiva común empirista ha heredado del positivismo lógico vienés y combinado con algunas corrientes propias de la tradición norteamericana, como el operacionalismo, el pragmatismo y la psicología conductista de John Watson y B.F. Skinner. En el centro de estas opciones está la decisión de asumir la experiencia política dentro del ámbito de las ciencias empíricas; pues se considera superada toda diferencia de principio, al menos desde el punto de vista de su cogniscitividad y predicabilidad, entre los “comportamientos” de los objetos naturales y los comportamientos individuales y colectivos de los sujetos humanos.

LOS ARGUMENTOS DE LOS FILÓSOFOS DE LA POLÍTICA

Las primeras reacciones por parte de los cultores de la filosofía política tradicional asumen, como ya lo he señalado, la forma de un debate sobre el “declive de la teoría política”. El debate arranca del célebre ensayo de Isaiah Berlin, Does Political Theory Still Exist? (1962), en el cual la principal tesis “defensiva” consiste en la reivindicación de una insustituible dimensión filosófica de la reflexión política que ninguna “ciencia” de carácter lógico-deduc-tivo o empírico está en condiciones de cubrir, porque se refiere a problemas que no son ni de orden lógico ni empírico: son problemas que implican opciones filosófico-ideológicas muy generales y elecciones de valor continuas, comenzando por el problema del fundamento de la obligación política.

A esta tesis se añade la denuncia de la incapacidad de la ciencia política de construir una “teoría” que sea significativa desde el punto de vista de lo que en realidad acontece dentro de la esfera de la “política” y que sea relevante para quien está involucrado prácticamente en la vida política: una teoría que por lo mismo esté en grado, como pretende el programa conductista, de “sustituir” la filosofía política o le reserve a lo sumo una función metalingüística de análisis y clarificación del lenguaje politológico.

Los análisis de los hechos y de los comportamientos empíricos, que la ciencia política asume como ámbito exclusivo de su propia indagación, dejan de lado la discusión sobre los fines de la política y las razones que vuelven legítimo (o ilegítimo) el ejercicio del poder; temas que la tradición del pensamiento político occidental, de Aristóteles en adelante, ha colocado en el centro de su reflexión. Una “ciencia” que en honor a un ideal abstracto de rigor metodológico expulsa de su propio ámbito la discusión sobre los “valores” de la política, para ocuparse de manera exclusiva de los “hechos”, termina por no estar en condiciones de ubicar, y mucho menos de contribuir a resolver, los problemas de la política, pues éstos implican siempre una decisión sobre los fines, los límites y el sentido de la vida política. Sobre todo en momentos de crisis o de rápida transformación de los sistemas políticos o de turbulencia de las fuerzas e ideologías que los operan, el científico político “neutral” termina, en consecuencia, por constreñirse a la impotencia intelectual y al silencio. La ambiciosa tentativa de imitar el modelo de las ciencias naturales impone a la ciencia política muy elevados niveles de rigor en el procedimiento que son simplemente la causa de su obsesión metodológica y, de forma simultánea, de sus frustraciones debidas a la precariedad o escasa relevancia de los resultados alcanzados.

Bajo muchos perfiles son diversos los argumentos desarrollados por los críticos de la ciencia política que he llamado “postempiristas” y que se expresan en el cuadro de la crisis de la perspectiva común empirista angloamericana. Tales autores no dudan en referirse a la ciencia política como una “ciencia corrompida”, cuestionándole no sólo los resultados, sino también las mismas asunciones epistemológicas que la constituyen como “ciencia” en el contexto de las “ciencias sociales” contemporáneas y que, en el terreno epistemológico, la oponen directamente a la filosofía política. Independientemente del juicio que se quiera expresar sobre los resultados de la “ciencia política” —el cual podría ser también, de manera hipotética, ampliamente positivo—, lo que es insostenible es que la “ciencia política” alcance sus resultados en cuanto “ciencia”, es decir, en cuanto permanece fiel a sus premisas epistemológicas, y no, por el contrario, precisamente en la medida en la que opere en menoscabo de sus postulados o sobre la base de su aplicación puramente metafórica si no es que retórica. El paradigma de facto de la ciencia política no es el hiperracionalista pretendido por sus metodólogos, sino el que Lindblom ha llamado del “muddling through”, del salir del paso lo menos mal posible, según técnicas pragmáticas de solución de los problemas uno por uno y paso a paso, sin alguna estrategia cognitiva de carácter general (Hayward, 1986, pp. 3-20).

Si éste es el tema central de la nueva polémica contra la “ciencia política”, resultan demasiado articulados sus desarrollos argumentativos. Éstos se pueden compendiar muy esquemáticamente en los siguientes cinco puntos que en forma directa o indirecta se refieren, cuestionándolas, a las cinco asunciones originarias de la ciencia política conductista que habíamos examinado antes.

1. No es posible registrar regularidades de larga duración y de amplio rango ni en el comportamiento de los actores políticos ni en el funcionamiento de los sistemas políticos. Aún en la actualidad, la ciencia política no ha sido capaz de elaborar alguna ley general, de carácter causal o estadístico, que permita explicaciones y mucho menos previsiones de tipo nomológico-deductivo. No está en condiciones de explicar o de prever, no porque revele una situación provisional de inmadurez y escaso desarrollo técnico, sino por razones teóricas de fondo, que por lo demás son las mismas que vuelven altamente problemática la explicación nomológico-deductiva y la previsión de “eventos únicos” incluso en el ámbito de las ciencias físicas, químicas y biológicas (Zolo, 1989). Aún más, las ciencias sociales se encuentran en dificultades específicas que tienen que ver con el alto grado de impredictibilidad de los comportamientos individuales, la complejidad creciente de las relaciones sociales, el carácter no lineal pero reflexivo de los nexos funcionales y en particular de las relaciones de poder (Luhmann, 1975; Crespi, 1985, pp. 459-522). La epistemología  postempirista niega por lo demás de manera general —incluso en el sector de las ciencias físicas— la existencia de leyes universales e invariables, sustraídas de la dimensión histórico-evolutiva.

2. La validez de las generalizaciones nomológicas de la ciencia política —no menos y probablemente en mayor medida que cualquier otra ciencia social o “natural”— no es susceptible de verificación o, como pretenden los popperianos, de falsación empírica, siempre que estas expresiones no se usen en un sentido puramente metafórico. En realidad, los “hechos” con base en los cuales las explicaciones y previsiones deberían ser rigurosamente verificadas (o “falseadas”) son ellas mismas el resultado de selecciones que responden a los imperativos metodológicos de una teoría dada o filosofía precedente. Las confirmaciones empíricas son relativas a las teorías presupuestas, están y caen con ellas, tal y como ha acontecido en la historia de la física con numerosas teorías ampliamente sustentadas por controles empíricos y que, sin embargo, han sido después abandonadas, comenzando por las teorías del flogisto y del éter. En otras palabras, no existe un “lenguaje observativo” que pueda ser rigurosamente distinto del lenguaje de las teorías, las cuales siempre están, de alguna manera, ligadas con filosofías generales, con verdaderas y propias Weltanschauungen histórica y sociológicamente condicionadas. No tiene sentido riguroso alguno, entonces, la idea de que el control de las teorías, en ciencia política como en cualquier otro sector de investigación, consista en la verificación de su “correspondencia” con los “hechos”.

Por otra parte, el así llamado “método comparativo”, a menudo reivindicado por los científicos políticos, comenzando por Giovanni Sartori (1985, p. 114) y por Stefano Bartolini (1986, pp. 68-83), como el método específico de indagación de la política, de ninguna manera puede ser entendido como un “método de control” y tampoco, más generalmente, como un método: es simplemente una operación de valoración y selección de los datos que toda técnica inductiva, incluso la más elemental, necesariamente comporta en la fase inicial de elaboración de una teoría (McIntyre, 1983, pp. 8-26; Bobbio, 1983, p. 1023).

3. Dentro de la sociología de los comportamientos políticos existen márgenes muy reducidos por la medición y la cuantificación, con la sola excepción, quizá, del análisis de los resultados electorales (que con un cierto abuso terminológico es designado como “observación de los comportamientos” electorales, mientas que en la realidad no tiene que ver con algún comportamiento social “observable”, sino sólo con aspectos cuantitativos de procedimientos sociales ritualizados). Aquello que en el fondo impide o vuelve irrelevante el uso de técnicas cuantitativas y de toda medición digna del nombre es la imposibilidad de atribuir  significado político a los comportamientos sociales sin una consideración de las “motivaciones” de los actores: sus referencias simbólicas, sus ideologías, los fines declarados, latentes o disimulados de su “acción política” (Bobbio, 1983, p. 1025).

4. La ciencia política no ha podido “acumular” en el intento, un núcleo de teorías y de conocimientos compartidos en forma unánime, como patrimonio indiscutible de la disciplina. Precisamente la tentativa original, ingenuamente inductivista, de acumular datos cognoscitivos multiplicando las investigaciones empíricas sobre aspectos muy sectoriales (los mal afamados estudios de caso) o marginales de la vida política, ha dado lugar a las conocidas distorsiones “hiperfactualistas” en las que se ha manifestado el provincianismo disciplinario de la ciencia política estadounidense. Y este género de provincianismo ha sido objeto, amén de las célebres críticas de C. Wright Mills, de una difundida y severa autocrítica, expresada en particular por David Easton en algunas de las obras más importantes.

También ingenua parece la tentativa de unificar de manera conceptual el léxico teórico de la ciencia política, como desde hace años lo intenta Giovanni Sartori, que con este propósito ha fundado en la Universidad Pittsburgh un controvertido Commite on Conceptual and Terminological Analysis (COCTA). Por asunción expresa de los mismos fundadores de este Commite, la situación semántica de la ciencia política contemporánea recuerda aquélla de la “torre de Babel” (Sartori, 1975). Como quiera que sea, lo que parece escapar a estas tentativas es que no es posible eliminar el componente metafórico (necesariamente impreciso, subjetivo y convencional) del lenguaje teórico y en el que precisamente reside en buena medida la capacidad representativa e informativa así como la fecundidad heurística de los conceptos y las teorías.

5. El compromiso de la avaloratividad se revela en general impracticable en el ámbito de las ciencias sociales y en modo particular en el estudio del fenómeno político. Tan pronto se pasa de los niveles elementales de clasificación de los datos a la elaboración de teorías no banales, es decir, suficientemente complejas como para poder ser referidas y aplicadas en forma eficaz a la experiencia política, resulta inevitable que el investigador se oriente, consciente o inconscientemente, según ciertas elecciones de valor, de naturaleza filosófica, ética o ideológica (Taylor, 1967). En particular, la indagación de las relaciones de poder no parece estar en condiciones de apartarse de la influencia que las relaciones de poder existentes ejercen reflexivamente sobre los presupuestos sociales, económicos y cognitivos de la investigación misma. En general, no parece fácil individualizar y borrar el componente valorativo de las teorías cuando las premisas de valor son disimuladas o inconscientes o cuando influyen la percepción misma de los fenómenos, así como la selección y ubicación de los problemas: en todos estos casos no existe algún criterio seguro que permita aplicar al lenguaje teórico el filtro terapéutico de la weberiana Wertfreiheit.

Es claro que a la luz de estas posiciones no existe una “ciencia política” que, por una parte, pueda ser significativamente distinta de la sociología de la política y, por la otra, de la filosofía política tradicional. Se trata de una simple cuestión de grados y predilecciones temáticas (Zolo, 1985). Como quiera que sea, una teoría política “postempirista” debería incluir dentro de su ámbito ya sea la investigación analítica sobre el presente, o la reconstrucción histórica del pensamiento político, o la distinción sobre los fines y los valores de la política, o, finalmente, la meta-reflexión epistemológica sobre los procedimientos y los métodos de la investigación política.

LA “TRAGEDIA” DE LA CIENCIA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE

Con el término un poco enfático de “tragedia” me refiero, junto con David M. Ricci, a la situación de agudo desconcierto en el cual se encuentra la ciencia política estadounidense después de que varios de sus exponentes, entre ellos algunos de los más autorizados como Gabriel A. Almond y David Easton, han sometido a una crítica muy severa tanto el programa originario del conductismo político como los desarrollos sucesivos de la disciplina. La “ciencia política” estadounidense, observa Ricci, parece incapaz de producir un efectivo “conocimiento político” (political knowledge) precisamente a causa de su empeño por alcanzar un conocimiento cierto y absolutamente preciso —“científico”, para ser exactos— de la vida política. Simultáneamente, el compromiso con un (inalcanzable) conocimiento “científico” de la política desvía al científico político de los temas políticos cruciales de la sociedad en la que vive, como la crisis de las instituciones democráticas, pues estos temas no pueden ser enfrentados en forma seria por quien hace de la neutralidad política su propio hábito profesional. La ciencia política corre entonces el riesgo de autonegarse “trágicamente” en cuanto ciencia “políticamente indiferente”. Esta situación de desconcierto, como veremos, se refleja también en la ciencia política italiana, no obstante que en Italia ningún estudioso se ha empeñado seriamente en un revisión de las premisas epistemológicas y los resultados cognoscitivos de la disciplina, a excepción de Domenico Fisichella (1985).

Almond y Easton reconocen no sólo lo inoportuno, sino además la imposibilidad teórica misma de tener fe en los empeños del programa conductista. Gabriel Almond refuta la idea de que la ciencia política deba proseguir sobre el camino de la imitación de las ciencias naturales, que llama “un flirt con metáforas equivocadas”; niega que el modelo nomológico-deductivo, con su implícita asunción determinista y causalista, sea de alguna utilidad para la explicación y la previsión de los fenómenos políticos-sociales; minimiza la utilidad de las axiomatizaciones lógico-matemáticas puesto que a su rigor formal corresponde una desarmante sencillez que las vuelve inadecuadas frente a la complejidad de los fenómenos políticos; aconseja el uso de teorías heurísticas “débiles” que no pretendan legitimarse con base en su poder explicativo-predictivo, sino que se limiten a “interpretar” y “comprender” la política como “un proceso de adaptación y logro de fines” en contextos decisionales sujetos a vínculos (Almond y Genco, 1977).

David Easton es aún más radical. En un cuidadoso examen retrospectivo del desarrollo de la ciencia política en Estados Unidos, Easton no vacila en relacionar el éxito de la disciplina (que afirmaba la neutralidad ideológica del científico político) con el mito del fin de las ideologías, mito que en realidad ocultaba, a su juicio, el incontrastado dominio de la ideología democrático-conservadora. De igual forma, Easton no duda en sostener que la ciencia política estadounidense ha tomado ventaja por el clima de persecución contra los liberales y los disidentes instaurado por el macartismo durante el primer lustro de los años cincuenta en tanto que, legitimando sobre el terreno teórico el desinterés por los problemas sociales y por la crítica política, ofrecía a los politólogos una zona franca donde sustraerse de los peligros del choque político e ideológico.

Según Easton, la falta de éxito de la ciencia política conductista se debe a su subestimación de las transformaciones reales en la sociedad estadunidense, a su incapacidad de previsión social, a su escasa atención a la dimensión histórica, a su confianza en una dogmática concepción del “método científico” deducida del neopositivismo, a su ingenua creencia en la neutralidad valorativa de la ciencia.

Después de la crisis del conductismo, la ciencia política estadounidense, sostiene Easton, carece de un punto de vista y de un fin común, está privada de tensión cognitiva e imaginación: en una palabra, está en una fase muy delicada de crisis respecto de su propia identidad disciplinaria. Y para salir de la crisis, Easton, al igual que Almond, propone abandonar las asunciones originarias del conductismo debido a sus conexiones con una idea de ciencia —la positivista— que se ha revelado insostenible. Desde el punto de vista de los niveles epistemológicos, la investigación política debe considerarse satisfactoria si logra recuperar las razones plausibles, aunque no “rigurosas”, del comportamiento político, junto con una capacidad de “comprensión” de los fenómenos que se refiera atentamente a los datos empíricos, pero que no pretenda fundarse sobre ellos en los términos cruciales de la verificación o falsación (Easton, 1985, p. 118).

LA “CIENCIA POLÍTICA” ITALIANA ENTRE SARTORI Y PASQUINO

¿Cómo reaccionan los politólogos italianos a esta situación de crisis de su disciplina en la tierra de sus orígenes? Giovanni Sartori sostiene que la ciencia política italiana siempre ha estado inmune de los defectos y excesos de la ciencia política estadounidense, que nunca ha sido propiamente ni conductista ni positivista, por lo que se encontraría hoy en una situación de ventaja respecto a Estados Unidos, sobre todo en lo que se refiere a la política comparada. No obstante esto, Sartori repropone la idea de que la ciencia política, en oposición a la filosofía política que a su juicio no produce un saber “controlable”, debe respetar “los cánones metodológicos del conocer empírico”. Y Sartori los identifica, una vez más, sine glossa, con el rigor lógico de las definiciones, la condición observable de los fenómenos, la verificabilidad empírica de las teorías, la acumulación de los conocimientos (Sartori, 1985, p. 118).

Como quiera que sea, la opinión de Giovanni Sartori parece representar una excepción, por cuanto autorizada. Intervenciones de Luigi Graciano (1984), Domenico Fisichella (1985), Alberto Marradi (1987), Stefano Bartolini (1986) y sobre todo, Gianfranco Pasquino (1986) muestran, respecto de Sartori, una muy alta sensibilidad frente a la situación de crisis de los “fundamentos” de su disciplina, y una dosis muy inferior de optimismo en relación con los resultados cognoscitivos alcanzados. Esta sensibilidad es a veces indirecta o parcialmente inconsciente, y se manifiesta a lo sumo en tentativas de compromiso epistemológico, en formulaciones inciertas y perplejas, o en la decisión de dejar en la sombra las cuestiones más candentes, como es el caso típico de la contribución metodológica de Stefano Bartolini en el Manuale di scienza della politica.

En mi opinión, este manual forja una indicación importante sobre el estado de la disciplina en Italia. Lo que en primer lugar parece probar, a despecho de un título demasiado comprometido, es su débil perfil metodológico, su sustancial ampliación disciplinaria. Se trata en realidad de una recopilación de ensayos dedicados a temas específicos, en ocasiones excelentes pero escasamente homogéneos entre sí, salvo por su implícita y “obvia” adhesión ideológica al marco de los valores democráticos occidentales. Su corte es primordialmente histórico-político y filosófico-político, las valoraciones son constantemente intercaladas con los análisis y las informaciones, aunque está ausente una explícita tematización crítica o reformadora. Casi nada, sin embargo, que recuerde y mucho menos convoque, a aplicar los cánones clásicos del conductismo, si se excluye el uso semánticamente retórico de términos como “cientificidad”, “observación”, “medición”, “control empírico”.

CONCLUSIÓN

En las páginas finales del ensayo “Natura ed evoluzione della disciplina” con el cual se abre el Manuale di scienza della politica que he citado ya varias veces, Gianfranco Pasquino señala en forma enérgica la exigencia de que la ciencia política se confronte de nuevo y se redefina respecto de la filosofía política, aceptando medirse con la rica complejidad de sus temas, muy por encima de toda batalla por la defensa de confines disciplinarios o por la conquista de mayores espacios académicos. Pasquino alienta la idea de que por la interacción entre científicos políticos y filósofos políticos emerja una nueva capacidad teórica, una nueva “teoría política”, en condiciones de medirse con la creciente complejidad de la realidad política contemporánea.

Considero muy interesante esta perspectiva, y más aún porque, junto con los postempiristas, pienso que no es posible trazar entre las dos disciplinas un riguroso confín de orden teórico, conceptual o lingüístico. En realidad, no disponemos de un estatuto epistemológico definido, y mucho menos definitivo, de las ciencias sociales y en particular de la ciencia política. En otras palabras, nuestros conocimientos sociales no tienen confines precisos ni fundamentos. Estamos todos, y es el mismo Pasquino quien lo recuerda (1986, p. 31), en la metafórica nave de Neurath, donde los marineros se empeñan en reparar y restructurar su nave en mar abierto, sosteniéndose sobre las viejas estructuras y sin la posibilidad de llevarla al muelle para reconstruirla desde el principio. Estamos todos involucrados en esta situación de circularidad.

Pero para que el diálogo entre filósofos y científicos de la política pueda tomarse en formas no puramente académicas y volverse fecundo también desde un punto de vista político, considero necesario que ambas disciplinas hagan con firmeza las cuentas con su historia y se liberen de una parte de su tradición. Asimismo, es necesario que ambas se ocupen mucho más de los “problemas” que de los “hechos” de la política, para no hablar sólo de los asuntos de método o de las rituales reverencias académicas por los clásicos del pensamiento político. Más que limitarse a promover recíprocas actiones finium regundorum, ambas disciplinas deberían recuperar sensibilidad e interés por las grandes interrogantes sociales y políticas de nuestro tiempo: del destino de la democracia en las sociedades complejas, dominadas por las tecnologías robóticas y telemáticas, a los crecientes poderes reflexivos del hombre sobre su ambiente y su misma identidad genética y antropológica; de la violencia creciente de las relaciones internacionales al abismo económico que separa los pueblos del área postindustrial del resto del mundo.

La filosofía política debería dejar a las espaldas algunos aspectos no secundarios de su tradición “vetero-europea”: su genérico humanismo, su moralismo, su tendencia especulativa a diseñar modelos de “óptima república”, su predilección por las grandes simplificaciones del mesianismo político, su desinterés por el análisis cuidadoso y resaltador de los fenómenos. En efecto, no parece que haya espacio, dentro de las sociedades complejas contemporáneas, para una filosofía política que pretenda “rehabilitar” y volver a recorrer los viejos caminos de la metafísica aristotélica o de la teología dogmática. Y de esto no parecen del todo conscientes los filósofos políticos italianos (Galli, 1988; Duso, 1988; Gozzi y Schiera, 1987) que, después de haber puesto brillantemente en duda el código “modelo” de las certezas vulgo-democráticas, se dirigen nostálgicos, en compañía de Carl Schmitt, Leo Strauss y Eric Voegelin, a la tradición teológico-metafísica, con su cortejo de ingenuidades ontológicas, de dogmatismos morales y de concepciones políticas jerárquicas y autoritarias. Tampoco parece haber espacio para una recuperación del moralismo iusnaturalista, en sus variantes utilitaristas o contractualistas (Veca, 1988), que se revelan poco más que esquemas elementales de justificación de los arreglos económicos-políticos existentes. Esquemas que la creciente complejidad social vuelve entre otras cosas ineficaces, incluso desde el punto de vista apologético.

 

La ciencia política, por su parte, debería liberarse de su obsesión metodológica, de las presunciones de su ideología cientificista, de su imposible aspiración a la neutralidad valorativa, de su débil sensibilidad por la historia y el cambio social. Con todo, la ciencia política no debería renunciar a su lección de rigor y claridad conceptuales, ni disminuir su vocación por la indagación “empírica” sobre la política, si esto significa, una vez abandonados los prejuicios positivistas, actividad de información, documentación y estudio comparativo de los sistemas políticos contemporáneos, sin la cual no se construye alguna “teoría política” digna de tal nombre.

REFERENCIAS

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Comentarios

¿Adiós a la Ciencia Política?

A continuación transcribimos un interesante artículo publicado en la edición número 49 de la revista virtual Metapolítica. El debate está abierto.

Adiós a la ciencia política - Crónica de una muerte anunciada

Para César Cansino, siguiendo a Sartori, la ciencia política terminó por sucumbir a las tentaciones prescriptivas de la filosofía política de las cuales trató obsesivamente de mantenerse al margen. Prueba de ello está en los estudios politológicos más recientes sobre la democracia.

César Cansino, director de Metapolitica.

En un ensayo reciente titulado “Where is Political Science Going?”, [1] el politólogo más famoso del mundo, Giovanni Sartori, estableció de manera tajante que la disciplina que él contribuyó a crear y desarrollar, la ciencia política, perdió el rumbo, hoy camina con pies de barro, y al abrazar con rigor los métodos cuantitativos y lógico-deductivos para demostrar hipótesis cada vez más irrelevantes para entender lo político, terminó alejándose del pensamiento y la reflexión, hasta hacer de esta ciencia un elefante blanco gigantesco, repleto de datos, pero sin ideas, ni sustancia, atrapada en saberes inútiles para aproximarse a la complejidad del mundo.

El planteamiento es doblemente impactante si recordamos que Sartori es el politólogo que más ha contribuido con sus obras a perfilar las características dominantes de la ciencia política en el mundo —es decir, una ciencia empírica, comparativa, altamente especializada y formalizada—. Por ello, nadie con más autoridad moral e intelectual que Sartori podía hacer este balance autocrítico y de apreciable honestidad sobre la disciplina que él mismo contribuyó a fundar.

No obstante, las afirmaciones del “viejo sabio”, como él mismo se calificó en el artículo referido, quizá para legitimar sus planteamientos, generaron un auténtico revuelo entre los cultivadores de la disciplina en todas partes. Así, por ejemplo, en una réplica a cargo del politólogo Joseph M. Colomer publicada en la misma revista donde Sartori expone su argumento, aquél se atreve a decir que la ciencia política, al ser cada vez más rigurosa y científica, nunca había estado mejor que ahora, y de un plumazo, en el colmo de la insensatez, descalifica a los “clásicos” como Maquiavelo o Montesquieu por ser altamente especulativos, oscuros y ambiguos, es decir, precientíficos. Otros politólogos, por su parte, se limitaron a señalar que Sartori estaba envejeciendo y que ya no era el Sartori que en su momento revolucionó la manera de aproximarse al estudio de la política.

Tal parece, a juzgar por este debate, que los politólogos defensores del dato duro y los métodos cuantitativos, de los modelos y esquemas supuestamente más científicos de la disciplina, denostadores a ultranza de todo aquello que no soporte la prueba de la empiria y que no pueda ser formalizado o matematizado, prefieren seguir alimentando una ilusión sobre los méritos de la ciencia política antes que iniciar una reflexión seria y autocrítica de la misma, prefieren mantener su estatus en el mundo académico antes que reconocer las debilidades de los saberes producidos con esos criterios, prefieren descalificar visceralmente a Sartori antes que confrontarse con él en un debate de altura. El hecho es que, a pesar de lo que estos científicos puros quisieran, la ciencia política actual sí está en crisis. El diagnóstico de Sartori es en ese sentido impecable. La ciencia política hoy, la que estos politólogos practican y defienden como la única disciplina capaz de producir saberes rigurosos y acumulativos sobre lo político, no tiene rumbo y camina con pies de barro. Esa ciencia política le ha dado la espalda a la vida, es decir a la experiencia política. De ella sólo pueden salir datos inútiles e irrelevantes. La tesis de Sartori merece pues una mejor suerte. En el presente ensayo trataré de ofrecer más elementos para completarla, previa descripción de lo que la ciencia política es y no es en la actualidad. Mi convicción personal es que el pensamiento político, la sabiduría política, hay que buscarla en otra parte. ¡Adiós a la ciencia política!

¿QUÉ ES LA CIENCIA POLÍTICA?

En palabras de Sartori, la ciencia política es la disciplina que estudia o investiga, con la metodología de las ciencias empíricas, los diversos aspectos de la realidad política, con el fin de explicarla lo más completamente posible.[2]

Sin embargo, debe advertirse que la ciencia política presenta una gran diversidad de concepciones sobre su objeto específico de estudio. En los hechos, al igual que otras ciencias sociales, muestra un marcado pluralismo teórico, lo cual no necesariamente va en detrimento de su afirmación institucional, sino que simplemente refleja la dificultad de caracterizar de una vez por todas su ámbito de aplicación. Más aún, para algunos autores, este pluralismo teórico, al producir un debate permanente entre escuelas y paradigmas, ha coadyuvado al propio desarrollo de la disciplina.

Con esta salvedad, en la configuración de la ciencia política han convergido históricamente dos ejes fundamentales. Uno, delimitado por la propia realidad compleja y cambiante de su objeto de estudio, la realidad política en sus diversos dominios y dimensiones: instituciones y prácticas, procesos y procedimientos, sujetos, acciones y sentidos, símbolos y significados. El otro, definible como el de la producción teórica y la indagación científica que constituye el propio campo científico de la política, cuyos límites han sido establecidos a través de siglos de formulaciones. En un permanente diálogo con las teorías precedentes o contemporáneas, en líneas de continuidad o ruptura, se ha ido configurando el arsenal conceptual y el andamiaje metodológico que constituyen el contenido de la disciplina.

En esta línea de pensamiento, la ciencia política define su objeto de estudio a partir de la interacción de estos dos grandes ejes o momentos. En uno de ellos se condensan múltiples perspectivas teórico-metodológicas, en las cuales se especifican construcciones conceptuales y categoriales de cuya lógica de movimiento interno depende el lugar que ocupan las construcciones sociales referentes a los fenómenos de convivencia humana, conflicto y orden. El otro está compuesto por una agregación de causalidades generadas por las prácticas de las sociedades existentes: procesos (institucionalizados), procedimientos, acciones y decisiones colectivas e individuales que configuran históricamente y de un modo cambiante el espacio político y el ámbito de intervención de lo político. De esta agregación, a la luz del grado de diferenciación estructural de los componentes humanos, la ciencia política distingue determinados hechos y comportamientos acotados simultáneamente por correspondientes manejos conceptuales.

En consecuencia, el objeto de estudio de la ciencia política se explica básicamente a partir de concepciones y no de una definición unívoca. Los discursos científicos abocados a comprender y explicar los hechos configuran un ordenamiento singular respecto de la relevancia y comportamiento de distintos factores identificados como políticos. Estado, poder, institucionalidad, formas de gobierno y eticidad, acción, representaciones y valores, en diferentes coordenadas espacio-temporales, son momentos y factores indisolubles para la reflexión ampliada de lo político, a la luz de una dimensión social múltiple, heterogénea y fragmentada.

En una perspectiva que como la anterior reconoce la diversidad paradigmática de la ciencia política, su objeto de estudio se circunscribe entonces al tipo y el nivel de la investigación científica. En otras palabras, el objeto se refiere a su método y éste, a su vez, construye, ordena, clasifica sus elementos, dilucida su sentido y aspira a trazar coordenadas de su desarrollo. De este modo, la ciencia política parte de referentes empíricos que en mayor o menor rango pueden tratarse y desagregarse en planos ideológicos, políticos, filosóficos y científicos. En otros términos, de la clasificación de los discursos y de sus fines cognitivos se desprende el tratamiento efectuado sobre determinados acontecimientos.

Pero la ciencia política tiene también como objeto de estudio a las distintas corrientes teóricas concernientes a lo político, de modo tal que su estudio supone la construcción crítica de un orden teórico. En esta línea, si aceptamos que un campo de investigación es en buena medida el producto de diversas aproximaciones definitorias, el campo de la política puede ser considerado como un ámbito cuyos límites han sido establecidos a la largo de siglos de reflexión por una tradición especial, compleja y variada de discurso: la filosofía política. Trazando en la diversidad de respuestas una continuidad de preocupaciones y temas problemáticos —entre los que pueden enumerarse desde una óptica complementaria las relaciones de poder entre gobernantes y gobernados, la índole de la autoridad, los problemas planteados por el conflicto social y la jerarquía de ciertos fines como objetivos de la acción política—, el estudio sistemático de la ciencia política no puede ignorar el peso de esta tradición en su desarrollo.

En síntesis, pensar hoy lo político nos remite a un universo más complejo y difícil de delimitar que el que pudiera haberse encontrado en otras épocas. Se exhibe un amplio abanico de dimensiones, componentes y niveles que redefinen sus nexos e interacciones y plantean a la ciencia política el desafío de generar nuevas categorizaciones.

Aún así, en la concepción moderna de la disciplina, el objeto de estudio que le permitió a ésta ganar autonomía respecto a disciplinas afines es el de “sistema político”. Con ello, los cultivadores de la disciplina, quienes también se ocupan de los fenómenos del poder y el Estado, no se refieren a un sistema político concreto (o a un simple sinónimo actualizado del “Estado”), sino al conjunto de procesos a cualquier nivel que producen “asignaciones autoritativas de valores”. Esta definición, hoy ampliamente aceptada por quienes conciben a la disciplina como el estudio de la realidad política con los métodos empíricos, sugiere que la ciencia política se ocupa de las modalidades con las cuales los valores (y los
recursos) son asignados y distribuidos en el interior de cualquier sistema político, por pequeño o grande que sea. El carácter autoritativo o imperativo de las decisiones políticas depende del hecho de que los pertenecientes al sistema en el cual las decisiones son tomadas consideran que es necesario o que deben obedecerlas.

Las motivaciones por las cuales los miembros de un sistema llegan a esa convicción y los instrumentos a disposición de las autoridades para aplicar sus decisiones constituyen ulteriores elementos implícitos en la definición del objeto de la ciencia política. El campo de estudio del politólogo resulta así ampliado más allá de los solos fenómenos del poder, obviamente comprendiéndolos (y, por lo demás, no todos los fenómenos de poder pueden ser definidos como políticos: se habla, en efecto, de poder económico, social, psicológico, etcétera; ni todos los fenómenos políticos implican necesariamente el ejercicio del poder: la formación de alianzas y coaliciones, por ejemplo). Lo cual rebasa los confines físicos del Estado, naturalmente incluyéndolo en el propio análisis siempre que se verifiquen aquí procesos de asignación autoritativa de valores, para estudiar todos aquellos sistemas en los cuales se manifiestan estos procesos: a nivel más elevado de los sistemas estatales, el sistema internacional; a nivel inferior, los partidos políticos, los sindicatos, las asambleas electivas, etcétera.

Si la ciencia política es —y en qué medida— una ciencia es una cuestión importante. Naturalmente, quienes asumen como parámetro de referencia las ciencias naturales y sus procedimientos niegan la posibilidad para todas las ciencias sociales de constituirse en ciencias en sentido estricto. Más aún, algunos cuestionan que sea posible (u oportuno) analizar la política con el método científico.

No obstante, la ciencia política se caracteriza por el esfuerzo de analizar los procesos y las actividades políticas con el método científico. Es decir, procede en su análisis mediante pasos y estadios que consienten la elaboración de hipótesis y explicaciones empíricamente fundadas, que encuentran una confrontación con la realidad. En síntesis, sobre la base de una o más hipótesis y de la observación de determinados fenómenos, el estudioso propone una descripción lo más cuidadosa y exhaustiva posible. Si es factible, procede a la medición del o de los fenómenos examinados, para después clasificarlos en categorías definidas con base en elementos comunes. Las causas y las condiciones de la verificación de determinados acontecimientos son investigadas o descritas, así como sus eventuales consecuencias. Sobre esta base, el estudioso desarrollará generalizaciones del tipo “si… (se verifican los eventos a, b y c) entonces… (se obtendrán los efectos x, y y z)”. Finalmente, las hipótesis y las teorías así formuladas serán sometidas a verificación. Si de la verificación emergen confirmaciones se podrán también plantear previsiones de eventos futuros cada vez que se presenten las mismas condiciones (la previsión no es, sin embargo, esencial para la cientificidad de una disciplina); si la teoría es falsificada por fenómenos que se le escapan o que contrastan con las explicaciones ofrecidas, será reformulada o enriquecida y/o se procederá a nuevas observaciones, nuevas hipótesis, nuevas verificaciones.

Para el estudio científico de la política es fundamental que el método, así esquemáticamente presentado, sea utilizado conscientemente y de manera rigurosa con plena transparencia de los procedimientos en todos los estadios del análisis. La limpieza conceptual, el rigor definicional y la formulación de las hipótesis y las clasificaciones son esenciales para la cientificidad de la disciplina y para la transmisión entre los especialistas de las generalizaciones y de las teorías así elaboradas. En algunos sectores, en particular en el del comportamiento electoral, en el de las relaciones entre fórmulas electorales y sistemas de partidos, y en el de la formación de coaliciones de gobierno, existen ya generalizaciones consolidadas y teorías de rango medio confiables. En otros sectores, la investigación politológica afina viejas hipótesis y constantemente produce nuevas, las combina en generalizaciones que propician nuevas investigaciones.

Todo ello es realizado con el convencimiento de que la política puede ser estudiada como cualquier otra actividad humana de manera científica. El uso consciente del método científico distingue a los politólogos de todos aquellos que escriben de política, desde los comentaristas políticos (aunque también es cierto que muchos politólogos no son otra cosa que comentaristas políticos).

El problema con esta disciplina, para volver al argumento de Sartori, es que el método científico terminó convirtiéndose en una especie de camisa de fuerza que llevó a sus cultivadores a ocuparse de asuntos sumamente especializados, factibles de ser demostrados empíricamente pero cada vez más irrelevantes para dar cuenta de lo político en toda su complejidad. De ahí que la ciencia política haya perdido el rumbo. De hecho, como veremos en el siguiente inciso, Sartori ya vislumbraba este posible derrotero desde hace muchos años, por lo que sugería emprender ciertos ajustes de enfoque y orientación para no sucumbir ante la trivialización de los saberes especializados.

UN POCO DE HISTORIA

A raíz de la publicación en 1987 de The Theory of Democracy Revisited,[3] uno de los libros más controvertidos de Sartori, se reavivó la discusión sobre el estatuto de cientificidad de la ciencia política, sobre su método y sus posibilidades heurísticas. Para el autor italiano, que los politólogos vuelvan intermitentemente a dicho debate estaría revelando una deficiencia de fondo de la disciplina que cultivan.

El propio Sartori, mucho tiempo antes de decretar el acta de defunción de la ciencia política en el 2004, ya se había ocupado del tema de manera casi obsesiva. En su polémica obra Tower of Babel, del lejano 1975, encontraba el principal problema de la disciplina en una deficiente y muy poco ortodoxa definición y empleo del instrumental conceptual de la comunidad politológica.[4]

Después de Sartori, quedó claro que no puede confundirse una teoría política de impronta empírica con una teoría política de origen filosófico. Cada una responde a lógicas de construcción y persigue objetivos completamente distintos. Distinguirlas netamente fue para Sartori un empeño recurrente, pues de ello dependía la legitimidad y la especificidad de una disciplina tan nueva como pretenciosa como lo era entonces la ciencia política.[5] Lo que debe advertirse en todo caso es que desde entonces la filosofía política y la ciencia política no sólo se escindieron sino que cada una se cerró en sí misma, impidiéndose el diálogo constructivo entre ellas.

Quizá Italia es el ejemplo más notable de dicho desencuentro. En la senda de la riquísima tradición filosófico-política italiana y que en el siglo XX tuvo en Norberto Bobbio a su figura más destacada y universal, la ciencia política empiricista se introducía en Italia con carta de naturalización ajena. Ciertamente, la obra de Mosca y de Pareto constituye un antecedente fundamental y no muy lejano en el tiempo,[6] pero la politología que después de la Segunda Guerra Mundial se institucionaliza en Italia es precisamente la anglosajona, funcionalista y conductista, introducida con gran éxito por Sartori, quien desde entonces se convirtió en la figura central de la ciencia política italiana.

Para ello, Sartori destacó en reiteradas ocasiones el potencial explicativo y científico de la nueva disciplina, en contraste con la excesiva especulación y subjetividad de la filosofía. Al respecto, el politólogo italiano delimitó con celosa precisión las características y diferencias de ambas formas de aproximarse al estudio de lo político.

Es precisamente en este punto que la “revisitación” que Sartori realizó hace veinte años a su teoría de la democracia vino a constituirse en la punta de lanza de esta recurrente polémica. En efecto, Sartori reconoció en su libro de 1987 las deficiencias del empiricismo en su versión más factualista, pero rechazó igualmente las perspectivas filosóficas cargadas de ideología. En este sentido, explica, su objetivo era dar lugar a una teoría política de la democracia libre de la tentación de los extremos, de sus mutuamente excluyentes obsesiones. Independientemente de haberlo logrado o no, cuestión que se examinará después, la intención de Sartori fue saludada favorablemente, pues dejaba entrever una senda posible para transitar hacia una teoría política, en este caso de la democracia, menos esquemática y purista que la que existía entonces.

En suma, ya en este libro Sartori deja ver alguna insatisfacción con la ciencia que él mismo contribuyó a crear, y busca subsanar sus deficiencias tendiendo puentes con la filosofía política. Veinte años después, cuando Sartori decreta la muerte de la ciencia política, es claro que sus insatisfacciones no sólo no se subsanaron sino que se acumularon, afectando su propia animosidad.

Ni duda cabe que discutir a Sartori puede decirnos mucho sobre la pertinencia y las posibilidades del análisis politológico; nos obliga a fijar posiciones de manera muy crítica sobre el sentido de nuestro quehacer como estudiosos de la política.

Para quien conocía el libro Democratic Theory[7] del mismo Sartori, publicado originalmente en Italia en 1957,[8] no se topó con grandes
novedades al leer The Theory of Democracy Revisited. Incluso, la “revisitación” sartoriana fue fuertemente criticada entonces por limitada. No obstante ello, por las razones expuestas arriba, constituye un aporte invaluable.

En su momento, la “revisitación” de Sartori le mereció duras críticas por parte del socialdemócrata Bobbio, quien calificó al primero de ser un pensador conservador, más liberal que demócrata.[9] Ciertamente, el juicio de Bobbio es correcto. Sartori nunca ha maquillado sus preferencias políticas. Pero ello no empaña la contribución que Sartori ha hecho a la ciencia política. Si bien su teoría de la democracia posee una orientación política implícita, no puede negarse su potencial heurístico derivado en este libro, como ya se dijo, de su intención de generar una teoría tanto empírico-racional como filosófico-valorativa de la democracia, en un intento bastante interesante de complementar a la ciencia y la filosofía políticas, aunque sin dejar de reconocer en todo momento la legitimidad y la especificidad de ambas lógicas de construcción de saberes.[10]

De hecho, este objetivo ha estado presente en mayor o menor medida en el conjunto de la obra de Sartori. Para quien revisa, por ejemplo, su Parties and Party Systems[11] podrá toparse con la tipología de los sistemas partidistas más socorrida y reconocida para el análisis de dichos sistemas en la realidad concreta. Su formulación —señala Sartori— deriva del método comparativo de casos pero en permanente discusión con las principales orientaciones teóricas, empíricas y filosóficas, sobre pluralismo y democracia.

En el caso de The Theory of Democracy Revisited, el hilo conductor lo constituye el conflicto permanente entre los hechos y los valores, lo ideal y lo real, la teoría normativa y la teoría empírica, la democracia prescriptiva y la democracia descriptiva. Su análisis confluye de esta manera en la observación de que la teoría política se ha ido desarrollando y perfeccionando mediante la exclusión de su seno de definiciones inadecuadas o de significados erróneos de conceptos fundamentales. Esta tarea, sin embargo, para Sartori, debe ser permanente. Reconocer su necesidad es el primer paso para avanzar y lograr el entendimiento entre filósofos y científicos. La teoría política saldría ganando.

Se ha criticado que Sartori en realidad se quedó corto en la persecución de este propósito. Probablemente es verdad, pero como suele suceder, las grandes construcciones requieren de varias manos. Sartori indicó un camino posible y deseable. Con todo, a juzgar por su desencanto reciente por el derrotero seguido por la ciencia política dominante en el mundo, nadie lo secundó. Por el contrario, la disciplina perdió de vista el bosque para concentrarse en los árboles, le dio la espalda al pensamiento político y el método se convirtió en una camisa de fuerza. Una manera de documentar este hecho es precisamente examinando los diversos análisis que sobre la democracia ha realizado la ciencia política, después de que Sartori escribiera su revisitación sobre el tema. Aquí, como veremos a continuación, el análisis politológico no sólo se empobreció sino que terminó siendo colonizado para bien o para mal, y sin darse cuenta, por la filosofía.

LOS LÍMITES DE LA CIENCIA POLÍTICA

Desde su constitución como una disciplina con pretensiones científicas, es decir, empírica, demostrativa y rigurosa en el plano metodológico y conceptual, la ciencia política ha estado obsesionada en ofrecer una definición objetiva y lo suficientemente precisa como para estudiar científicamente cualquier régimen que se presuma como democrático y establecer comparaciones bien conducidas de diferentes democracias.

La pauta fue establecida desde antes de la constitución formal de la ciencia política en la segunda posguerra en Estados Unidos, por un economista austriaco, Joseph Schumpeter, quien en su libro de 1942, Capitalism, Socialism and Democracy, [12] propuso una definición “realista” de la democracia distinta a las definiciones idealistas que habían prevalecido hasta entonces. Posteriormente, ya en el seno de la ciencia política, en un libro cuya primera edición data de 1957, Democrazia e definizioni,[13] Sartori insistió puntualmente en la necesidad de avanzar hacia una definición empírica de la democracia que permitiera conducir investigaciones comparadas y sistemáticas sobre las democracias modernas. Sin embargo, no fue sino hasta la aparición en 1971 del famoso libro Poliarchy. Participation and Opposition, de Robert Dahl,[14] que la ciencia política dispuso de una definición aparentemente confiable y rigurosa de democracia, misma que adquirió gran difusión y aceptación en la creciente comunidad politológica al grado de que aún hoy, tres décadas después de formulada, sigue considerándose como la definición empírica más autorizada. Como se sabe, Dahl parte de señalar que toda definición de democracia ha contenido siempre un elemento ideal, de deber ser, y otro real, objetivamente perceptible en términos de procedimientos, instituciones y reglas del juego. De ahí que, con el objetivo de distinguir entre ambos niveles, Dahl acuña el concepto de “poliarquía” para referirse exclusivamente a las democracias reales. Según esta definición una poliarquía es una forma de gobierno caracterizada por la existencia de condiciones reales para la competencia (pluralismo) y la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos (inclusión).

Mucha agua ha corrido desde entonces en el seno de la ciencia política. Sobre la senda abierta por Sartori y Dahl se han elaborado un sinnúmero de investigaciones empíricas sobre las democracias modernas. El interés en el tema se ha movido entre distintos tópicos: estudios comparados para establecer cuáles democracias son en los hechos más democráticas según indicadores preestablecidos; las transiciones a las democracias; las crisis de las democracias, el cálculo del consenso, la agregación de intereses, la representación política, etcétera. Sin embargo, la definición empírica de democracia avanzada inicialmente por Dahl y que posibilitó todos estos desarrollos científicos, parece haberse topado finalmente con una piedra que le impide ir más lejos. En efecto, a juzgar por el debate que desde hace cuatro o cinco años se ha venido ventilando en el seno de la ciencia política en torno a la así llamada “calidad de la democracia”, se ha puesto en cuestión la pertinencia de la definición empírica de democracia largamente dominante si de lo que se trata es de evaluar qué tan “buenas” son las democracias realmente existentes o si tienen o no calidad.[15]

El tema de la calidad de la democracia surge de la necesidad de introducir criterios más pertinentes y realistas para examinar a las democracias contemporáneas, la mayoría de ellas (sobre todo las de América Latina, Europa del Este, África y Asia) muy por debajo de los estándares mínimos de calidad deseables. Por la vía de los hechos, el concepto precedente de “consolidación democrática”, con el que se pretendían establecer parámetros precisos para que una democracia recién instaurada pudiera consolidarse, terminó siendo insustancial, pues fueron muy pocas las transiciones que durante la “tercera ola” de democratizaciones, para decirlo en palabras de Samuel P. Huntington,[16] pudieron efectivamente consolidarse. Por el contrario, la mayoría de las democracias recién instauradas si bien han podido perdurar lo han hecho en condiciones francamente delicadas y han sido institucionalmente muy frágiles. De ahí que si la constante empírica ha sido más la persistencia que la consolidación de las democracias instauradas durante los últimos treinta años, se volvía necesario introducir una serie de criterios más pertinentes para dar cuenta de manera rigurosa de las insuficiencias y los innumerables problemas que en la realidad experimentan la mayoría de las democracias en el mundo.

En principio, la noción de “calidad de la democracia” vino a colmar este vacío y hasta ahora sus promotores intelectuales han aportado criterios muy útiles y sugerentes para la investigación empírica. Sin embargo, conforme este enfoque ganaba adeptos entre los politólogos, la ciencia política fue entrando casi imperceptiblemente en un terreno movedizo que hacía tambalear muchos de los presupuestos que trabajosamente había construido y que le daban identidad y sentido. Baste señalar por ahora que el concepto de calidad de la democracia adopta criterios abiertamente normativos e ideales para evaluar a las democracias existentes, con lo que se trastoca el imperativo de prescindir de conceptos cuya carga valorativa pudiera entorpecer el estudio objetivo de la realidad. Así, por ejemplo, los introductores de este concepto a la jerga de la politología, académicos tan reconocidos como Leonardo Morlino, Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter, entre muchos otros, plantean como criterio para evaluar qué tan buena es una democracia establecer si dicha democracia se aproxima o se aleja de los ideales de libertad e igualdad inherentes a la propia democracia.

Como se puede observar, al proceder así la ciencia política ha dejado entrar por la ventana aquello que celosamente intentó expulsar desde su constitución, es decir, elementos abiertamente normativos y prescriptivos. Pero más allá de ponderar lo que esta contradicción supone para la ciencia política, en términos de su congruencia, pertinencia e incluso vigencia, muy en la línea de lo que Sartori plantea sobre la crisis actual de la ciencia política, el asunto muestra con toda claridad la imposibilidad de evaluar a las democracias realmente existentes si no es adoptando criterios de deber ser que la politología siempre miró con desdén. Dicho de otra manera, lo que el debate sobre la calidad de la democracia revela es que hoy no se puede decir nada interesante y sugerente sobre la realidad de las democracias si no es recurriendo a una definición ideal de la democracia que oriente nuestras búsquedas e interrogantes sobre el fenómeno democrático.

Se puede o no estar de acuerdo con los criterios que hoy la ciencia política propone para evaluar la calidad de las democracias, pero habrá que reconocer en todo caso que dichos criterios son claramente normativos y que por lo tanto sólo flexibilizando sus premisas constitutivas esta disciplina puede decir hoy algo original sobre las democracias. En este sentido, habrá que concebir esta propuesta sobre la calidad de la democracia como un modelo ideal o normativo de democracia, igual que muchos otros, por más que sus partidarios se enfrasquen en profundas disquisiciones metodológicas y conceptuales a fin de encontrar definiciones empíricas pertinentes que consientan la medición precisa de las democracias existentes en términos de su mayor o menor calidad.

Tiene mucho sentido para las politólogos que han incursionado en el tema de la calidad de la democracia partir de una nueva definición de democracia, distinta a la que ha prevalecido durante décadas en el seno de la disciplina, más preocupada en los procedimientos electorales que aseguran la circulación de las élites políticas que en aspectos relativos a la afirmación de los ciudadanos en todos sus derechos y obligaciones, y no sólo en lo tocante al sufragio. Así lo entendió hace tiempo Schmitter, quien explícitamente se propuso en un ensayo muy citado ofrecer una definición alternativa: “la democracia es un régimen o sistema de gobierno en el que las acciones de los gobernantes son vigiladas por los ciudadanos que actúan indirectamente a través de la competencia y la cooperación de sus representantes”.[17]

Con esta definición se abría la puerta a la idea de democracia que hoy comparten muchos politólogos que se han propuesto evaluar qué tan buenas (o malas) son las democracias realmente existentes. La premisa fuerte de todos estos autores es considerar a la democracia desde el punto de vista del ciudadano; es decir, todos ellos se preguntan qué tanto una democracia respeta, promueve y asegura los derechos del ciudadano en relación con sus gobernantes. Así, entre más una democracia posibilita que los ciudadanos, además de elegir a sus representantes, puedan sancionarlos, vigilarlos, controlarlos y exigirles que tomen decisiones acordes a sus necesidades y demandas, dicha democracia será de mayor calidad, y viceversa.

A primera vista, la noción de democracia de calidad resulta muy sugerente para el análisis de las democracias modernas, a condición de considerarlo como un modelo típico-ideal que anteponer a la realidad siempre imperfecta y llena de contradicciones. Por esta vía, se establecen parámetros de idoneidad cuya consecución puede alentar soluciones y correcciones prácticas, pues no debe olvidarse que el deber ser que alienta las acciones adquiere de algún modo materialidad en el momento mismo en que es incorporado en forma de proyectos o metas deseables o alternativos. Además, por las características de los criterios adoptados en la definición de democracia de calidad, se trata de un modelo abiertamente normativo y prescriptivo que incluso podría emparentarse sin dificultad con la idea de Estado de derecho democrático; es decir, con una noción jurídica que se alimenta de las filosofías liberal y democrática y que se traduce en preceptos para asegurar los derechos individuales y la equidad propia de una sociedad soberana y políticamente responsable.

El punto es que abrazar esta noción de democracia, por sus obvias implicaciones normativas y valorativas, no puede hacerse sin moverse hacia la filosofía política y el derecho. En ella están en juego no sólo principios normativos sino también valores políticos defendidos por diversas corrientes de pensamiento no siempre coincidentes. Dicho de otro modo, tal parece que la ciencia política se encontró con sus propios límites y casi sin darse cuenta ya estaba moviéndose en la filosofía. Para quien hace tiempo asumió que el estudio pretendidamente científico de la política sólo podía conducir a la trivialización de los saberes, que la ciencia política hoy se “contamine” de fil