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Apartheid a la peruana

A continuación reproducimos un artículo que cuenta tres historias de horror, tres historias de discriminación. Por desgracia, parece que parte de ser peruano es haber sido alguna vez discriminado y maltratado por un compatriota por “tener cara” de algo que motiva desprecio y agresión, o porque, comparados con los extranjeros, nos consideramos a nosotros mismos como ciudadanos de segunda. El siguiente texto, publicado en La República el 1 de abril, es otro llamado a la indignación.

Apartheid a la peruana

Tres historias de discriminación en el Perú del 2007. Las víctimas son dos peruanos –un músico que volvía de Italia con su familia europea, un sociólogo que le mostraba los Andes a su hija francesa– y una ecuatoriana que llegó invitada y se fue con una enorme decepción.

Por Claudio Chaparro

Habían llegado una mañana de marzo, envueltos en la fantasía de un viaje esperado. Pero de pronto aquel sueño tanto tiempo acariciado se convirtió en pesadilla. El motivo que eclipsó tanta expectativa era absurdo: ella era europea y blanca. Y él, peruano y cholo.

El cholo en cuestión es el músico peruano Luis Becerra Celis. Hace dieciocho años se fue a Italia. Formó allí su agrupación de danzas latinoamericanas Takillakta del Perú y se casó con la italiana Valentina del Conte (la europea y blanca). Hasta que decidieron venir al Perú para grabar un DVD.

Emocionados, con su hija María Shakira de cuatro años de edad (también italiana), pasearon y filmaron por Lambayeque, Puno, Abancay, Arequipa, Nasca,… hasta que llegaron al Cusco.

Allí, como reviviendo el despreciable apartheid sudafricano, Luis y Valentina fueron obligados a viajar por separado a Machu Picchu.

La niña tuvo que ir con el padre. La familia fue dividida “por orden de la empresa”, como les dijo una empleada de PerúRail, la ruta ferroviaria que conduce a la ciudadela perdida de los Incas. Era segregación racial en su rango más alto y abusivo.

Todo ocurrió el 10 de marzo pasado. El músico peruano fue a comprar los pasajes para ir en tren de Cusco a Aguas Calientes. Y en las oficinas de PerúRail ni se inmutaron con la respuesta: “Usted no puede viajar con su esposa en el mismo tren”.

“Me dijeron que hay un tren en donde solo van peruanos, con un sistema de subsidio –dice Becerra Celis, a través del hilo telefónico, desde Módena, ciudad italiana donde radica–. Teníamos que pagar 60 soles por persona. Luego, hay otro para extranjeros. Ahí el pasaje cuesta 60 dólares. Mi intención era viajar con mi esposa y mi hija, juntos, pero todo fue un vía crucis”.

Primero buscó que su esposa –pagando los 60 dólares– viajara en el tren “en el que solo van los peruanos”. “No, pues, eso no se puede”, le dijo la empleada.

Después intentó pagar él esos 60 dólares y viajar en el tren “en el que solo van los extranjeros”. Pero nada. “Ahí los únicos que viajan son los turistas foráneos”, le respondieron.

¿Consecuencia? Si querían ir a Machu Picchu, cada uno en ‘su tren’. El cholo y peruano –con su hija incluida– por un lado; la blanca y extranjera por otro. Y al diablo con la familia, los sentimientos y el anhelo del esperado viaje compartido.

El músico llegó hasta las oficinas de PerúRail. “Me dijeron que así pagara la tarifa más cara no iríamos juntos. Ni porque le pedí comprensión con mi familia”, cuenta.

Hubo que seguir adelante. Valentina viajó ‘en su tren’, que sí va directo. Y llegó a Aguas Calientes dos horas antes que su esposo y su hija. El músico y la niña fueron en el otro, que hace un montón de paradas.

“Valentina estaba muy mal por la altura. Ni eso les importó. Y en Aguas Calientes, encima, al estar sola, la Policía la revisó por gusto. Apenas nos vimos en Machu Picchu un par de horas. Ella salió antes, o su tren la dejaba. El de peruanos es un suplicio: asientos duros y rígidos, demasiada gente, mucha de pie a lo largo de casi cinco horas de viaje…, eso también es discriminación pura. Me parecía mentira, pero en mi propio país, al que llegaba luego de varios años, mi familia fue víctima de la segregación. Yo lo sentí de la manera más cruda”, añade Becerra Celis.

Peruano maltrata a peruano

Hugo Neira no quiere ni recordar aquella vez. El actual director de la Biblioteca Nacional también sufrió la discriminación en un viaje por el interior del Perú. “Mi hija y yo fuimos maltratados por los propios peruanos”, dice con vehemencia.

Fue en setiembre del año pasado. Marion, de 16 años, hija de su primer matrimonio, regresaba al país luego de vivir en Francia. Su ilusión: conocer el Perú profundo.

Y don Hugo no escatimó gastos. Compró los pasajes más caros en PerúRail en la ruta Cusco-Puno. Ambos debían ir en el cuarto vagón. Sin embargo, por falta de gente, les dijeron que ese vagón no partiría.

“¿Y si vamos en el tercer vagón?”, preguntaron ambos con inocencia. “No –les contestaron–, ese ya está lleno”. Neira averiguó. Y en el tercer vagón había varios asientos vacíos. Pero solo había turistas extranjeros. Los peruanos –aún con el pasaje más caro en mano– no podían viajar con ellos.

“Todos eran empleados peruanos –agrega–. Mi tesis es que el peruano maltrata a su propio coterráneo. Hice un escándalo de proporciones. Grité a todo el mundo. Los amenacé con serias denuncias. Y recién al final accedieron. ¿Por qué el trato al peruano es distinto?”.

El delito de ser indígena

Ella jamás lo imaginó. Creyó que en el Perú el trato sería el mismo que en Ecuador. Sin embargo, Rebeca Llasag, responsable de Comunicaciones de Ecuarunari, organización indígena de Ecuador, se llevó en Lima la impresión más desagradable de su vida.

Había llegado invitada por la ministra de la Mujer y Promoción Social para un congreso sobre la mujer indígena.

El 5 de marzo se hospedó en el Hotel María Angola. Dos días después decidió dejar el hotel. Quería estar más cerca del Museo de la Nación, lugar del evento. Pero cuando canceló lo adeudado y entregó las llaves le dijeron: “Ud. no se puede ir hasta que verifiquemos que nada falta en la habitación. Es una orden”.

“Me sorprendí –revela Llasag–. ¿Verificar qué?, le dije. Pasaron diez minutos. Y no me dejaban salir. Como si fuera una ladrona. Solo por un amigo que llegó al hotel, se solucionó el problema. ¿Por qué creen que me discriminaron? ¿Por ser mujer? No, lo hicieron porque soy indígena. Eso dije en mi exposición. He viajado por todo el mundo y nunca me pasó eso. En el Perú hay segregación racial, algo que en Ecuador no ocurre. Es una lástima que aquí subsistan estas prácticas”.

“Ese señor miente”

Gonzalo Rojas, representante de la empresa PerúRail, dio su versión respecto del caso de Becerra Celis. “Este señor quería subir con una persona extranjera al tren local. Y ese es solo para personas que viven en zonas aledañas. No hay discriminación. En los otros trenes puede subir cualquiera. Paga y listo. ¿Que tampoco lo dejaron? Eso es mentira. Persona que paga, sube. Si no, Indecopi nos sanciona. El tren de regreso sí es incómodo. Va mucha gente. Es un servicio subsidiado. Pedimos comprensión, no se puede contentar a todos”.

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Un vocero obsceno por Jorge Bruce

Fuente: Perú.21

Son varias las razones por las cuales los ataques del congresista Mulder a la defensora del Pueblo, Beatriz Merino, son inaceptables y deben ser parados en seco. Sería demasiado pedir que el insulto en sí fuera erradicado de la vida política. La agresividad es parte integrante de la lucha por el poder y, desgraciadamente, las personas como Valentín Paniagua, capaces de mantenerse estrictamente en el ámbito argumental, son excepcionales. Por eso es que desde ya lo extrañamos tanto. En cambio los congresistas con incontinencia verbal son la norma. En ese ambiente hostil y degradado, en que las ideas estorban, el que escupe, patea o insulta más rápido lleva las de ganar.

Pero todo esto lo aguantamos con resignación y hasta con cierto goce secreto por el escándalo y el vejamen infligido a otros. Es la naturaleza y circunstancias de lo que Mulder ha groseramente insinuado -si se permite el oxímoron- a Merino, lo que hace de este un caso ejemplar. “Hay que estar siempre sacando a la señora (Merino) y a la Defensoría del Pueblo del clóset”, dijo, refiriéndose a la posición de esa institución respecto del conflicto entre la empresa Pluspetrol y la comunidad achuar. “¿Por qué no viaja allí e impone el peso de su liderazgo y de su cargo y empieza a tratar de resolver los problemas, que es lo que le corresponde?”, agregó. De este modo condensó en su diatriba dos formas distintas de discriminación. Porque si traducimos la ‘elegante’ ironía del congresista aprista, lo que le ha dicho a la defensora es lesbiana y gorda.

Las vueltas que da la vida: algo parecido hizo su archienemigo Fernando Olivera durante el régimen anterior, agrediendo en parecidos términos a la entonces primera ministra Merino. Pueda que se odien, pero en la homofobia y la exclusión son hermanos. Para políticos como Mulder la opción sexual -sea cual fuere- o la apariencia física de una persona son materia de descalificación y eliminación. Excepto que se trate de Víctor Raúl, claro está. Fue el mismo congresista quien azuzó y justificó las agresiones físicas contra Toño Angulo por la publicación de su libro Llámalo amor si quieres, en una de cuyas crónicas se explora el antiguo rumor de la homosexualidad de Haya de la Torre. No obstante, el texto de Angulo está escrito con respeto y cariño por la figura del líder histórico del Apra. Asimismo, habría sido indigno y absurdo combatir las opiniones del Jefe Máximo aludiendo a su obesidad. Entonces, ¿lo que es inadmisible con Víctor Raúl está permitido con Beatriz?

Pero acaso lo más importante son las circunstancias en que se manifiestan esta intolerancia, estos prejuicios, esta discriminación. La señora Merino está cumpliendo con su deber cuando asume la defensa de los achuares. Ese es su trabajo. Ella representa a una institución que se ha ganado, cosa rara en nuestro país, el reconocimiento de la población, gracias al trabajo de los sucesivos equipos liderados por Jorge Santistevan, Walter Albán y Beatriz Merino. No podemos permitir que la discrepancia institucional sea tramitada en términos que, bien mirado, nos ofenden a todos. Nuestra sociedad requiere y exige precisamente lo contrario. Intervenciones como esas, en que el agravio viene manchado de infamias comparables a las racistas, solo acentúan las divisiones, alejan la integración, fomentan la discordia. El daño que causan a la vida pública es mucho más grave que unas cuantas carcajadas sarcásticas. Y el mensaje que propalan es de amedrentamiento lumpen: si te metes con nosotros, te vamos a romper el alma, es decir, la imagen. Sería muy útil que los máximos dirigentes gubernamentales se encargaran de moderar con firmeza, de preferencia públicamente, los exabruptos de Mauricio Mulder. Con su silencio están confirmando lo que sospechamos: les conviene contar con un operador obsceno, encargado del trabajo sucio.

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Estoy mejor calladito por Umberto Eco, filósofo

Fuente: El Comercio
Creo que han pasado ya quince años desde que escribía que Europa, al cabo de algunas décadas, se convertiría en un continente multicolor, pero que el proceso costaría lágrimas y sangre. No era un profeta, sencillamente una persona con sentido común. Sin pensar en los atentados terroristas, me basta con ver lo que agita los ánimos estos días.

En Francia, un profesor de bachillerato escribe cosas muy críticas hacia la religión musulmana y corre peligro de muerte. En Berlín se quita de la programación un Idomeneo de Mozart donde aparecen cortadas las cabezas no solo de Jesús y Buda, sino también de Mahoma. No hablo del Papa, que en el fondo, a su edad, debía entender que hay una cierta diferencia entre la lección universitaria de un profesor cualquiera y el discurso de un Pontífice transmitido por todas las televisiones y que, por lo tanto, quizá debía haber sido más cauto (claro que los que han tomado como pretexto una cita histórica para intentar desencadenar una nueva guerra de religión no están entre aquellos con los que querría salir a cenar).

Sobre el caso del profesor Redeker ha escrito un buen artículo Bernard-Henri Lévy: podemos no estar de acuerdo con lo que piensa, pero debemos defender su derecho a expresar una opinión libre en materia religiosa. Sobre el caso del Idomeneo, el ex embajador Sergio Romano escribe en “Corriere della Sera” lo que intento retomar con términos míos, de los cuales no es responsable él: si un director loco por estar a la última pone en escena una ópera de Mozart introduciendo en ella las cabezas cortadas de algunos fundadores de religiones, mientras a Mozart ni se le habría ocurrido, lo menos que se puede hacer es correrlo a patadas, pero por razones estéticas y filológicas, como a patadas habría que tratar a esos directores que representan el Edipo Rey con los personajes en traje de chaqueta. El mismo día en que todos esos artículos aparecían en el “Corriere”, en otro diario italiano, “La Repubblica”, un músico insigne como Daniel Barenboim, aun preguntándose con sensatez si de verdad estaba en el espíritu mozartiano aventurarse en esa puesta en escena, apelaba a la libertad del arte. Creo que mi amigo Daniel estaría de acuerdo en deplorar que hace años se criticara (o prohibiera) la puesta en escena del “Mercader de Venecia” de Shakespeare porque se inspiraba ciertamente en un antisemitismo común a su época (y antes aún, de Chaucer en adelante), pero que nos muestra en Shylock a un caso humano y patético. Pero he aquí ante qué nos encontramos: ante el miedo de hablar. Y recordando que estos tabúes no se les pueden imputar exclusivamente a los fundamentalistas musulmanes (que en cuanto a susceptibilidad no bromean), sino que empezaron con la ideología de lo políticamente correcto, inspirada de por sí en el sentido del respeto hacia todos, pero que a estas alturas impide contar, por lo menos en Estados Unidos, chistes no digo sobre los hebreos, musulmanes o minusválidos, sino sobre escoceses, genoveses, belgas, policías, bomberos, basureros y esquimales (que no debería llamarlos así, pero si los llamo como ellos quisieran, nadie entendería de quién hablo).

Hace unos veinte años, enseñaba en Nueva York y, para mostrar cómo se analiza un texto, elegí, casi por casualidad, un relato en donde (en una sola línea) un marinero con un lenguaje deslenguado definía la vulva de una prostituta “ancha como la misericordia de…” y pongo los puntos suspensivos en lugar del nombre de una divinidad. Al final, se me acercó un estudiante evidentemente musulmán que respetuosamente me regañó por haberle faltado el respeto a su religión. Le respondí, obviamente, que yo solo estaba citando una vulgaridad ajena, pero que en cualquier caso le pedía disculpas. Al día siguiente, introduje en mi discurso una alusión poco respetuosa a un personaje insigne del Panteón cristiano. Todos se echaron a reír, y él se unió a la hilaridad general. Entonces, al final, le tomé del brazo y le pregunté por qué le había faltado el respeto a ‘mi’ religión. Y luego intenté explicarle la diferencia entre hacer una alusión de broma, tomar el nombre de Dios en vano y proferir blasfemias, invitándolo a una mayor tolerancia. Las disculpas las pidió él; yo confío en que entendiera. Lo que quizá no entendiera es la extremada tolerancia del mundo católico: en una ‘cultura’ de la blasfemia, donde un creyente timorato de Dios puede definir al ente supremo con adjetivos que no se pueden repetir.

Claro que no todas las relaciones educativas pueden ser pacíficas y cívicas como las que tuve con mi estudiante. Para lo demás, mejor callar. ¿Pero qué sucederá en una cultura en la que, por temor a meter la pata, ni siquiera los estudiosos osarán ya referirse (lo digo por decir) a un filósofo árabe? Derivaría una damnatio memoriae, se borraría una respetable cultura distinta a través del silencio. Y no resultaría útil al conocimiento y a la comprensión recíprocas.

UMBERTO ECO ES AUTOR DE “EL NOMBRE DE LA ROSA” Y DE “EL PÉNDULO DE FOUCAULT”.
TRADUCCIÓN DE HELENA LOZANO MIRALLES
© 2006 UMBERTO ECO/L’ESPRESSO. DISTRIBUIDO POR THE NEW YORK TIMES SYNDICATE EXCLUSIVO PARA EL DIARIO EL COMERCIO EN EL PERÚ.

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Informe sobre racismo

Tomado de: Choike, un portal sobre la sociedad civil del Sur

En América Latina, la abolición de la esclavitud no trajo consigo la abolición de la condición de servidumbre de las comunidades negras. El racismo perduró en los proyectos de sociedad de las élites dominantes que remplazaron a los colonizadores.

Fueron rotas las cadenas pero se construyeron nuevas ataduras. Algunas de ellas han conrtibuido a hacer invisibles la discriminación racial y situación económica, social y cultural de las comunidades negras e indígenas, como la lógica del blanqueamiento o el llamado “mito de la igualdad racial”.

Con esta lógica se intentaba cerrar las heridas producidas por el choque de diferentes civilizaciones, pero en realidad situó la imagen del blanco europeo como referente civilizatorio, ivisibilizando a los africanos y sus descendientes, según analizan Emilio Ruchansky, Jean Arsène Yao, Lucía Dominga Molina o el Observatorio Afro brasileño, entre otros. Sueli Carneiro (directora de GELEDES, Instituto de la Mujer Negra de Sao Paulo)aporta elementos comunes a la región.

Una de las dificultades -entre varias- que trae consigo esta invisibilidad serían los obstáculos para obtener cifras de la población negra. Muchos países de América Latina no agregan variables sobre el origen africano en sus censos nacionales, sólo Colombia, Brasil, Bolivia, Ecuador y Costa Rica ofrecen en sus censos la opción de clasificarse como afrolatino, según informa el BID en “Las otras caras de América Latina”, texto que puede leerse más abajo. En el mismo informe se agrega que “No existe duda sobre la necesidad de producir información sobre la composición racial, étnica y cultural de las poblaciones de los diferentes países latinoamericanos y sobre sus condiciones socioeconómicas”.

Ir al Informe sobre afrodescendientes y racismo

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“Nuestro racismo es soluble en dinero” Entrevista a Álvaro Rey de Castro por Jorge Paredes

Fuente: El Comercio

La corrupción, el terrorismo y la sociedad peruana bajo la lupa del psicoanálisis. Entre el próximo 5 y 8 de octubre se desarrollará en Lima el Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis (Hotel Los Delfines) con la presencia de 500 especialistas de todo el continente. Al respecto, conversamos con el presidente de la Federación Psicoanalítica de América Latina, el peruano Álvaro Rey de Castro.

El congreso coincide con la celebración de los 150 años del nacimiento de Freud, ¿cuál es la importancia del psicoanálisis hoy cuando se le acusa de haber perdido vigencia e incluso de ser una pseudociencia?

Estas acusaciones vienen ya desde un primer momento, cuando se produce la ruptura entre Freud y Adler. Es cierto que durante un período relativamente largo ha existido una división entre la psiquiatría y el psicoanálisis, sobre todo de la psiquiatría farmacológica. Ahora, en mi opinión, contrariamente a lo que piensa mucha gente, esa diferencia es cada vez menor, porque cada uno de estos campos se ha dado cuenta de que no lo puede abarcar todo. El psicoanalista sabe que él no puede cubrir todos los frentes y el psicofarmacólogo sabe que no todos los problemas se pueden solucionar con fármacos. Yo conozco casos de psicofarmacólogos que transfieren pacientes al psicoanalista y de psicoanalistas que transfieren pacientes al psiquiatra.

¿Cree que al margen de lo que opinan los críticos del psicoanálisis se está creando un puente entre ambas disciplinas?

A diferencia de cuando yo era estudiante, ahora no hay un clima de hostilidad. Existe más bien un clima de diálogo, y no solamente con la psiquiatría sino también con la neurología. Yo creo que lo que pasó es que cuando el psicoanálisis se puso de moda, sobre todo en Estados Unidos, los psicoanalistas coparon todas las cátedras de psiquiatría y dejaban afuera a quienes no lo eran, a todos los que no tenían la verdadera fe (risas). Ahora con el fabuloso avance de los estudios sobre el cerebro ha llegado la venganza, y los que dominan son los psicofarmacólogos, pero eso no quiere decir que haya hostilidad.

A partir de los avances en el conocimiento del cerebro, ¿qué aspectos del psicoanálisis se mantienen y qué han perdido actualidad?

Por ejemplo, las tesis freudianas sobre el sueño no solo no están negadas por la fisiología, sino ahora están comprobadas. Hoy en día ya no es apropiado hablar del psicoanálisis en singular sino debemos referirnos a los psicoanálisis, en concreto veo dos polos opuestos: uno conocido como ortopédico, que dice que debemos “normalizar” al sujeto y adaptarlo a la sociedad; y otro que para mí es fascinante, pues es, y hay que rescatar la palabra del vocabulario policial, subversivo, en el sentido de que trata de romper con las convicciones que el sujeto tiene respecto a sí mismo. También ahora hay un acercamiento entre las escuelas conductivas y las psicoanalíticas, que antes nos odiábamos a muerte, porque las primeras han tenido que aceptar que existe una cierta noción de inconsciente.

¿Este acercamiento también se da con las llamadas psicoterapias?

Primero, debo decir que hay psicoterapias y psicoterapias. En el fondo el psicoanálisis es una forma de terapia intensiva. Ahora, hay gente que me va a matar por afirmar esto, pero yo creo que para nuestro medio la psicoterapia puede resultar incluso más útil que el mismo psicoanálisis. Usted tiene una zona como Ayacucho, a donde colegas de la sociedad no han podido llegar a psicoanalizar a las víctimas, pero sí han tratado a quienes han visto estos casos terribles, porque acá hay una realidad evidente: el psicoanálisis es elitista, y no puede dejar de serlo, porque es un entrenamiento largo, caro y complicado. Ahora, la cualidad del psicoanalista es que siempre verá al paciente de manera horizontal, nunca, por ejemplo, pondrá una mesa en el medio. Puede parecer trivial, pero el saber escuchar es tan importante, sobre todo en un país como el nuestro, donde ya nadie escucha a nadie.

Existe también una relación permanente entre el psicoanálisis y los fenómenos sociales contemporáneos, viendo los temas que se tratarán en este congreso, destaca el referido al terrorismo y la violencia, ¿cree que el psicoanálisis es también un intérprete del malestar de la sociedad actual?

Creo que ese es uno de los grandes progresos del psicoanálisis, de los que más me alegran y por los cuales personalmente he luchado. Una cosa es que, por su característica, sea elitista y otra cosa es que no se comprometa. Felizmente, el psicoanálisis peruano se ha interesado en los últimos años por el tema social. Tiene, por ejemplo, a Max Hernández en el Acuerdo Nacional, y yo mismo trabajé en la comisión anticorrupción durante el gobierno de Valentín Paniagua. Ahora, ¿por qué esta preocupación? Yo creo que porque tenemos que entender finalmente que hay muchos elementos subjetivos en los fenómenos sociales y que no basta una ciencia para entenderlos. Yo no discuto ni el valor de la sociología ni el valor de la antropología, pero no bastan. Son ángulos parciales. Cuando estábamos en la locura del terrorismo y la gente veía como mataban a sus hijos reaccionaba de manera visceral y decía que maten a todos estos terroristas. Freud decía que la civilización nació, cuando nació el insulto. Es decir, en lugar de matar a alguien se le insultaba. A lo que voy es que hay una dimensión subjetiva en todos estos problemas.

Otra mesa del congreso se llama Odio y perdón en la historia del Perú. Uno de los títulos dice “sobre el odio indígena al conquistador” y podríamos repetir la premisa desde el otro lado, ¿cree nuestra sociedad es producto de odios entrecruzados?

En ese aspecto el trabajo que hizo la Comisión de la Verdad fue interesante porque había que remover las cosas que habían pasado, justamente para que las víctimas hablen de lo sucedido y se pueda alcanzar la reconciliación. Definitivamente, es una respuesta difícil. Para empezar el Perú es un país multicultural, multirracial, pero absolutamente mal constituido. Somos racistas en todos los niveles sociales, y tengo la impresión de que nuestro racismo ya no tiene que ver exclusivamente con la raza, sino yo diría más bien que el racismo peruano es altamente soluble en dinero. Por otra parte, todavía circula ese mito que dice que se debió importar más blancos de Europa para mejorar la raza peruana.

Y como contrapartida está la idea de que son los blancos los que arruinaron al país al segregar a la raza cobriza.

Tanto lo uno como lo otro son racismos terribles. Otro mito que se ha fabricado es que el Perú es el país más corrupto del mundo, creo que en ese aspecto estamos a media tabla, aunque lo que sí tenemos es la corrupción mejor documentada del planeta. En este tema, creo que la lucha anticorrupción debe plantearse a partir de hacer entender a la gente cómo este hecho la afecta en lo cotidiano. Es decir, habría que explicarle que si todo el dinero empleado en la corrupción durante el régimen de Fujimori se hubiera destinado a obras de desarrollo, se habría aliviado la pobreza en un 7 por ciento. Acá todavía existe la percepción de que el corrupto es el que recibe una coima y no quien la da. Los pocos programas anticorrupción que han funcionado en el mundo han demorado como promedio 20 a 30 años, porque se requieren cambios a todo nivel. Pero si usted quiere ver el problema de manera facilista, entonces agarre a tres o cuatro corruptos y métalos a la cárcel. Tendrá buena prensa, pero con eso no acabará con la corrupción.

Ahora yo no creo que todo sea negativo. No soy pesimista. Hace poco una colega me contaba que en una localidad de la sierra de Piura, la policía prácticamente había desaparecido y los que ponían el orden son los ronderos, que tienen todo un sistema ético, controlado y administrado por ellos. Es increíble la capacidad que tiene la sociedad peruana para solucionar los problemas.

Ahora en el mundo se está fomentado el odio al musulmán.

Es algo terrible. En primer lugar se olvidan de que los que inventaron la guerra santa fueron los cristianos, con las cruzadas, porque la jihad es una respuesta a esas cruzadas. Los que fomentan esto tampoco se dan cuenta de que hay una variedad enorme de musulmanes, chiítas, sunitas, fanáticos, etcétera, y todos ellos con tantas diferencias como las que hay entre un bautista y Cipriani. Pero los ponen a todos en un mismo bloque y solo están consiguiendo que se unan, alimentando un absurdo choque de civilizaciones. Al congreso viene Lord John Alderdice, un psiquiatra y psicoanalista irlandés, quien es una de las personas que más conoce sobre terrorismo en el mundo y participará en una mesa sobre el tema.

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¿Los blancos solo pecan? por Víctor Vich

Cuando durante la campaña presidencial sus adversarios etiquetaron a Lourdes Flores como la “candidata de los ricos” no solo se referían a las vinculaciones de su partido con los intereses económicos de los más poderosos sino también a rasgos culturales de honda importancia en el Perú. El mensaje implícito era que Lourdes representaba algo muy especial de la comunidad nacional. Por mi parte, entendía que su grupo incluye a quienes se han apropiado de las playas públicas de Lima y han construido en ellas sólidas fortalezas medievales; a los propietarios de restaurantes y discotecas cuyas puertas están cerradas para un gran sector de la población; a personajes (a pesar de sus pleitos) como Antero Flores Araoz, quien sostuvo que “las vicuñas no pueden opinar sobre el TLC.”  En fin, la candidata terminaba asociada con una ideología racista ejemplificada por aquellos a los que, por ejemplo, les parece inconcebible bañarse con sus empleadas domésticas en una misma piscina.

La noticia de que Lourdes Flores ha sido nombrada rectora de una universidad del país podría llamar la atención por muchas razones, pero sobre todo porque el dueño de la misma es nada menos que Raúl Diez Canseco, personaje que para una parte de las clases altas, al igual que Luis Bedoya de Vivanco, solo cometió “un pecadillo” en su carera pública. Ello a pesar de que el antiguo socio de aquella universidad era nada menos que Carlos Bologna. Pero lo que quiero resaltar aquí es que la condescendencia permanente de Lourdes Flores Nano para censurar la corrupción exhibe una evidente complicidad de “raza” y de “clase”.

Los periodistas han señalado los continuos coqueteos de Lourdes con el fujimorisimo pero lo cierto es que sus puntos ciegos exceden ampliamente su actitud hacia aquel régimen. Lourdes no censuró con la debida fuerza a su padre por su actitud racista (debió haber entendido el asunto como un problema cultural que excedía a su padre ya que éste solo reproducía una vergonzosa ideología establecida), ni se desmarcó de Luis Bedoya de Vivanco como debió hacerlo, atacando firmemente la corrupción montesinista, y ahora, lo que es peor, ella aparece –al parecer, “inocentemente”- junto a quien representa uno de los lados más grotescos de la política peruana: el empresario criollo que quiere manejar lo público con los peores estilos de lo privado.

Pereceríamos entonces que nos encontramos ante la versión light de la famosa frase de Oscar R. Benavides: “Para mis amigos todo, para mis enemigos la ley” (que, a su vez, viene de otra de un famoso político italiano: “ con mis enemigos la ley se cumple; con mis amigos, se interpreta”). No se puede leer, entonces, la posición de Lourdes Flores si no es desde el racismo y la solidaridad de clase. Siempre se ha afirmado que ella no sabe hacer alianzas políticas puesto que, de alguna u otra manera, son sus compañeros los que han terminado por perjudicarla. No es cierto. El problema no son “los otros”. Es ella misma, ella solita, por su vergonzosa complicidad -consciente o inconsciente- con buena parte de lo más retrógrado de este país.

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“La mentira de la invasión silenciosa” - ELIZABETH JELIN, SERGIO CAGGIANO Y ALEJANDRO GRIMSON: MITOS SOBRE LOS INMIGRANTES DE PAISES LIMITROFES

Fuente: Página/12

Bolivianos, paraguayos, peruanos, chilenos y uruguayos han sido chivos expiatorios muchas veces de un discurso político que prefiere no asumir su propia responsabilidad. Los inmigrantes de países limítrofes han sido culpabilizados de la desocupación o el mal funcionamiento de los hospitales, entre otros mitos.
Por Mariana Carbajal

–¿Hubo un aluvión migratorio de países limítrofes en la década del ’90?

Elizabeth Jelin: –La investigación histórica muestra que la proporción de población argentina originaria de países limítrofes ha sido constante por casi 150 años. Desde que se tienen datos –la primera mención es en el censo de 1869– hasta el último censo, entre 2 y 3 por ciento de la población del país es nacida en Paraguay, Bolivia, Uruguay, Chile, y Perú. De modo que en términos de peso en la población de Argentina no ha habido grandes variaciones. En general, cuando el tipo de cambio está alto la gente viene, y cuando baja, se va; cuando hay más crecimiento económico, viene, cuando hay más recesión, se va. Pero estas circunstancias, además, están cruzadas por exilios políticos y por otro fenómeno que ocurren en las migraciones, una especie de inercia por la cual cuando viene un miembro de la familia, empiezan a venir otros, independientemente de que el contexto económico mejore o empeore.

–¿Qué cantidad de inmigrantes de países limítrofes y de Perú llegaron en los noventa?

Sergio Caggiano: –No hay números absolutos. En la medida en que se presupone que hay una cantidad importante de indocumentados, es muy difícil tener una cifra real. De acuerdo con los distintos informantes, las cifras varían entre 2 millones y 700 mil inmigrantes.

–¿A qué nacionalidad corresponde el flujo mayor de inmigrantes?

E.J.: –La comunidad de residentes de países cercanos más importante es la de paraguayos. Pero en los últimos años hubo un crecimiento del número de bolivianos en relación con los paraguayos y tuvo un peso más significativo la inmigración de peruanos, que no tenía tradición histórica.

–¿Qué factores influyeron para que tuviera mayor visibilización la inmigración de los países limítrofes y del Perú en los ’90?

S.C.: –Hubo una concentración de la población proveniente de países limítrofes en la Capital Federal y áreas metropolitanas de Buenos Aires. Pero a ese fenómeno se sumó el papel que jugaron actores políticos, sociales y grandes medios de comunicación en la estigmatización y visibilización de esos inmigrantes, sobre todo asociándolos a problemas sociales como la desocupación, la crisis en el sistema de salud y al crecimiento de la inseguridad. Carlos Corach, que era el ministro del Interior, declaraba que había una “extranjerización de la delincuencia”. Uno podía comprobar que en las cárceles había un porcentaje mayor de personas de países limítrofes, pero eso no quería decir que fueran más delincuentes sino que eran más detenidos por la policía. Entre la detención y la comprobación del delito se iban depurando los porcentajes.

–Recuerdo unos carteles de un sindicato acusando a los inmigrantes de la desocupación…

E.J.: –La Uocra pegó carteles en todo el país diciendo que los migrantes eran los que nos quitaban el trabajo.
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Discriminación e impunidad por Nelson Manrique

Fuente: Perú.21

El tercer aniversario de la entrega del Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra actitud frente a la posguerra y sus secuelas.

Cuando hace algunos años viajé a Chile me sorprendió saber que las bajas provocadas por la represión de Pinochet no eran treinta mil, sino alrededor de 3 mil muertos y algo así como mil desaparecidos, cifras de las Comisiones de la Verdad aceptadas por el grueso de los chilenos. Cada chileno muerto resonó, pues, en los medios de comunicación como si fuera diez. En cambio, en el Perú, se hablaba de 25 mil muertos, pero según el informe de la CVR el saldo final fue tres veces superior. Por cada tres peruanos desaparecidos los medios registraron uno.

Creo que esto expresa bien cómo se relacionan las sociedades chilena y peruana con las víctimas de la violencia. Para su sociedad la vida de un chileno vale mucho, mientras que en nuestro país la vida de un peruano vale muy poco.

La razón de esta diferencia no es un misterio: en Chile, y en general en todo el Cono Sur, las víctimas de la violencia pertenecían mayoritariamente a la clase media y esta tiene visibilidad social y política; capacidad de presionar, movilizarse y crear opinión pública. En Argentina el movimiento de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo tiene ya tres décadas presionando, habiendo impedido que los intentos por lograr la impunidad para los asesinos tengan éxito. En Chile, el Estado, las Fuerzas Armadas y hasta la Marina han reconocido su responsabilidad y pedido perdón a la sociedad chilena y a los deudos por lo sucedido. Se ha reparado e indemnizado individualmente no solo a los deudos de los asesinados, sino también a las 36 mil víctimas de la tortura, cosas que entre nosotros suenan a un sueño imposible. En cambio en el Perú las tres cuartas partes de los muertos eran indígenas: gente con una ciudadanía de segunda, muchos de ellos indocumentados. La violencia se inició justamente cuando por primera vez los analfabetos iban a votar, y aproximadamente el 20% de los peruanos en edad de votar no tenían documentos de identidad, gente de las zonas más pobres del país, precisamente las más afectadas por la violencia.

Por eso tantos muertos (que superan largamente los de nuestros más grandes conflictos internacionales, la independencia y la guerra con Chile) pesan muy poco sobre la conciencia de los peruanos. No se percibe a las víctimas como compatriotas a plenitud y por momentos se tiene la impresión de que esta fuera una guerra que se desarrolló en otro país. Precisamente esta sensación de extrañeza, que duró durante el conflicto interno mientras la guerra no golpeaba en Lima, es una de las razones que permitió la impunidad, la que a su vez alimentó las nuevas violaciones de los derechos humanos.

¿Cómo podríamos construir una democracia consistente si entre nosotros seguimos tratándonos de esta manera?

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El racismo en el Perú de nuestros días por Luis Jaime Cisneros

Fuente: La República

‘Qui genus estis?’ Esta pregunta frecuente en la prosa clásica latina da idea de una organización social ahora felizmente periclitada. Preguntar hoy a alguien a qué raza o clase social pertenece es, desde todo punto de vista, realmente ominoso. La raza no nos hace. Somos por esencia humanos, y esa condición nos hace fuertes, libres, listos para emprender la marcha hacia el horizonte. Preguntar a alguien por su raza es signo de pobreza espiritual. Y en boca de gente culta, crimen de alta gravedad. ¡Qué pena que nos veamos obligados a reconocer esta verdad en pleno siglo XXI!

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Babieca y rocinante. Gustavo Faverón sobre Pedro Pablo Kuczynski

Durante los ya largos años en que Jaime Bayly ha venido vendiendo la idea (sobre todo en el extranjero) de que él es un artista incomprendido por la pacata sociedad peruana, un paria, un forzoso exiliado, una suerte de peruano del futuro que ha tenido que lidiar escandalosamente con los lastres del conservadurismo limeño, escribiendo unas novelas libérrimas y revolucionarias en las que todos los tabúes son rotos, yo he sospechado (y lo he escrito varias veces) que Bayly es, más bien, la suma total de esos lastres, la cúspide de las taras de la pituquería peruana: una vieja limeña disfrazada de niño (Goyito) terrible.

Como si sus libros no bastaran, hace poco Bayly dio un ejemplo perfecto de cómo es que en él encarna la mediocridad intelectual de la aristocracia hiperconservadora limeña. Lo hizo al deslizar su explicación para el hecho de que Ollanta Humala recibiera grandes votaciones de apoyo, sobre todo, entre el electorado andino. ¿Qué dijo Bayly? En resumen, dijo que a mayor altitud, menor oxígeno, y que, por tanto, era entendible que los serranos tuvieran menor rendimiento intelectual. O sea, dijo que los cholos son brutos. Y lo dijo él, que es blanquito y brillante.

Pues bien, días después, Pedro Pablo Kuczynski (arriba, izquierda), otra de las cumbres de nuestra intelectualidad, el tipo que lleva las riendas de la economía peruana, tuvo uno de esos raptos de originalidad que sólo les son dados a los genios. En medio de un discurso público, aludiendo a los hechos de la política peruana reciente, Kuczynski produjo la siguiente frase: “Esto de cambiar las reglas, cambiar los contratos, nacionalizar, que es un poco una idea de una parte de los Andes, lugares donde la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro, eso es fatal y funesto…”. O sea, los cholos son brutos.

Uno se pregunta si Kuczynski y Bayly no habrán estado buceando mucho rato sin su snorkel en las cristalinas aguas de nuestras playas del sur. Pero uno se pregunta eso para tomarse las cosas a la broma, para no decir, uno también, alguna bestialidad, como que personajes como estos deberían acercarse a los micrófonos con bozal, o amordazados. Más acertado puede ser optar por la moderación, como lo ha hecho, por ejemplo, Carlos Iván Degregori, y señalar únicamente una cosa: Kuczynski y Bayly son la explicación perfecta de por qué el Perú está tan atrasado y subdesarrollado como está: porque su clase dirigente es una clase atrasada y subdesarrollada.

Un par de preguntas: ¿se podía esperar que Kuczynski, el hombre clave de la economía peruana, hiciera algo para solucionar aunque fuera en parte la situación de desesperada pobreza de la población andina cuando es tan evidente el total desprecio que siente hacia esa población? ¿Se merece un cargo en el gobierno alguien que ve a los gobernados como imbéciles simplemente porque consideran que parte de su desgracia se debe a que gente como Kuczynski esté en el poder desde siempre y, aparentemente, para siempre.

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