“Nuestros odios vienen de muy atrás” Por Jorge Paredes
Fuente: El Comercio
Odio y perdón en la historia del Perú. Entre las numerosas mesas del XXVI Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis, que se clausura hoy en el Hotel Los Delfines, se abordó un tema novedoso y clave para entender la realidad peruana: odio y perdón en la historia del Perú. Conversamos con la historiadora Claudia Rosas, la coordinadora de dicha mesa.
Esta idea de odio e historia no es común. ¿Cómo hacer una historia del odio sin caer en el juego peligroso de estigmatizar los hechos?
Para el historiador acercarse al odio no es sencillo. Históricamente, se ha tocado el tema de manera tangencial, vinculado mayormente con la violencia y el conflicto. Por eso tenemos que apoyarnos en otros campos, como la filosofía, Paul Ricoeur, Jacques Derrida; pero es importante tratar este tema históricamente, especialmente en un país como el nuestro, donde desde los años setenta ha existido la tendencia de leer la historia peruana en negativo. Por eso, hacemos este contrapunto entre odio y perdón, similar a lo que hace Georges Lefebvre con miedo y esperanza. Yo creo que estas son ventanas que nos permiten entender ciertos hechos; y no es que nuestra historia haya estado hecha solo de odios.
Para muchos el Perú se funda en el momento en que Atahualpa arroja el libro sagrado y es apresado por los españoles en Cajamarca, y se habla incluso del trauma de la Conquista. Esta palabra tan fuerte recorre la historia peruana, ¿cuánto de lo que ha sucedido y sucede en el Perú se puede comprender a partir de este hecho? ¿Cómo enfocar el odio en nuestra historia?
El odio en realidad es un sentimiento vinculado al conflicto y a lo que señalas, la incomunicación. Todos estos perdones postergados, estos traumas fundantes necesitan ser analizados. Justamente en la mesa hemos abordado la problemática de la Conquista, cómo se fue gestando el odio indígena hacia el conquistador o desde otra óptica cómo el perdón real en la rebelión de Gonzalo Pizarro permitió la consolidación del virreinato. Pero también está el tema de la guerra con Chile. Ahí hay elementos para preguntarnos por qué en la historia del Perú hay ciertos hechos, como la Conquista o la Guerra del Pacífico, nuestros dos grandes traumas históricos de larga duración, que no han sido resueltos debidamente. Tal vez nos ha faltado una reparación de daños, una conciencia de parte del agresor del daño infringido, pero la intención de la mesa partió de esas preguntas, por qué arrastramos, no solo individualmente, sino colectivamente estos lastres. Tradicionalmente, nuestra historiografía ha estado dividida en dos polos opuestos: un lado negativo, pesimista, que acentúa el trauma, el odio y el deseo de venganza; y otro extremo mucho más rosa, más romántico, que resalta el valor, la fraternidad. Yo creo que en la actualidad la historiografía tiende a un equilibrio entre esos dos polos.
Me parece que en la historia peruana el odio le ha ganado de lejos la batalla al perdón. Tanto después de la Conquista como de la guerra con Chile, el Perú quedó devastado, y eso ha marcado mucho a la sociedad peruana. ¿La pregunta es cómo la historia puede ayudar a resolver estos problemas? ¿De repente necesitamos más psicoterapeutas que historiadores?
Lo que pasa es que cada uno reflexiona desde su campo. Pero es muy interesante lo que planteas, porque nosotros hemos tomado dos hechos que nos crean una suerte de enemigos externos. Los españoles en el caso de la Conquista y los chilenos en el caso de la guerra, y esto sucede porque la historia, que se funda en el siglo diecinueve, está enmarcada en un discurso nacionalista, un imaginario que fundamenta el estado-nación, que es el Perú. Ahora la historia intenta desembarazarse de estos elementos para lograr otra comprensión de los hechos. Por eso, debemos atender también los odios generados al interior de nuestra sociedad, que tienen que ver con el racismo, la exclusión, la discriminación, y el historiador está llamado a discutir estos temas. El ser humano no es solo un ser político, económico, sino tiene también una dimensión mental, social, cultural, entonces el historiador debe dar cuenta de eso, de la historia de las mujeres, de los niños, de los pobres. En el Perú no se ha hecho una historia de la pobreza, a pesar de que somos un país con más del cincuenta por ciento de la población en esa condición. Ahí está el reto.
¿Por qué crees que estos odios perduran en el tiempo?
Creo que se han mezclado muchos elementos, la incomunicación, la diversidad cultural, el tema de la discriminación, el racismo. Como decía Fernand Braudel una cosa es lo coyuntural y otra es lo estructural. Uno puede analizar el momento de la Guerra del Pacífico o de la época de Velasco, como el trabajo de Cecilia Méndez, pero muchas veces un acontecimiento que sucede en un tiempo determinado puede hacer saltar odios que vienen de muy atrás, y que han estado en la base misma del proceso de formación del Perú. Y lo que hemos tenido ha sido un contrapunto entre conflicto y convivencia; entre resistencia y adaptación.
Hablas del odio a Velasco, pero yo traería la pregunta al presente y hablaría del odio a Toledo, a Karp, ¿qué se expresa en estos odios?
Jean Delumeau cuando estudia el miedo en occidente, decía que no hay un solo miedo, sino muchos miedos juntos: el miedo a la bruja, es el miedo a la mujer; el miedo al diablo, es el miedo al judío. Creo que en los odios sucede lo mismo. En el ejemplo del ex presidente y su esposa, también se encubren otros odios, como al extranjero, al invasor; pero también al indígena, al otro, a ese que es del pueblo, o, como se decía en el diecinueve, de la indiada. Muchos de estos odios vienen de atrás y para superarlos, desde el punto de vista histórico, debemos discutirlos y entenderlos. Por ejemplo, si rastreamos la imagen del indígena desde el siglo XVI, veremos que ya se le decía holgazán, alcohólico, idólatra, litigioso.
Tenemos muchas reparaciones por hacer, pero en el presente está todo el tema de la Comisión de la Verdad, ¿no sería una salida empezar por ahí?
Claro, pero el pasado nos ilumina el camino. En el mismo siglo XVI, Las Casas propone el Tratado de las doce dudas donde expone la idea de la “restitución”. Dice que los españoles deben restituir lo que han tomado o robado de manos de los indios. Ya entonces había una corriente criticista por los derechos del indígena. En el mismo momento de la conquista ya había voces de alarma. La historia puede aportar para la comprensión de fenómenos más actuales.
¿Cómo podemos pedir que surja el perdón cuando cierta oficialidad reclama más bien el olvido, esconder los muertos bajo la alfombra y seguir adelante? ¿Hacer esto no es acaso una trampa porque uno nunca puede olvidar algo que no ha sido reparado o restituido de alguna manera?
La idea de esta mesa partió justamente de la Comisión de la Verdad. Cuando hicimos el proyecto del miedo yo pensaba que así como Chomsky hablaba de un miedo a la democracia y Eric Fromm de un miedo a la libertad, en el país había un miedo a la verdad, a conocer lo que sucedió; pero como dices es una trampa no hacerlo. El gran valor de la CVR ha sido poner sobre el tapete temas que habían sido olvidados, eso me parece fundamental, porque son las premisas para la reconciliación. Lo que pasa es que la palabra perdón muchas veces se ha usado en el país, de manera malintencionada, como sinónimo de impunidad; pero el perdón no amnistía. Primo Levi, quien vivió el holocausto, uno de los eventos más dramáticos del siglo XX, decía que el perdón requería de tres condiciones: que el agresor tome conciencia del daño infligido; que no pase mucho tiempo para que ello suceda; y que haya una reparación para que impere la idea de justicia y de equidad. Condenar los principios de violencia, muerte y exclusión también es una forma de reconciliación.

