Archive for Opinión

Estudiar, el mayor de los caprichos, por Beatriz Sarlo

Fuente: Clarín.Com

En la cocina de una posada en Tafí del Valle,escuché una exposición sobre igualdad de oportunidades.

La mujer dijo:”Soy de aquí, un poco más arriba,siguiendo el curso del río,donde las casas y el cerco de pirca grande,después de la obra del puente.El año pasado fui a la ciudad,porque se supo que los del gobierno estaban repartiendo chapas y yo necesito arreglar el techo;me prometieron las chapas,así no tengo que andar cambiando de lugar las camas cuando llueve.Me anoté en una lista,con número de documento y cuántos somos de familia.Ahora vamos a ver si cumplen pero yo pido lo justo porque mi techo está que se ven las estrellas.No le voy a exagerar pero yo sé defenderme y no me enredo con los papeles.

Terminé la escuela primaria pero mis padres no quisieron que siguiera.Ellos no tenían estudio y les pareció que no iba a servirme de nada,que no era un oficio para el medio del campo,¿vio dónde vivo?,a una hora y media caminando desde el pueblo,la casa a la izquierda del corral, que tiene también su corralito. En esa época,los padres mandaban más que ahora y no tuve más remedio que hacerles caso. También me di cuenta de que me necesitaban para el trabajo,teníamos algunos animalitos,se da cuenta,mi padre era habilidoso, sabía arreglar motores,bombas de agua,pero tampoco había arreglos todo el tiempo,y el que no hacía nada era una carga en el momento de llevarse algo a la boca.Siempre me quedó clavada esa espina,como quien dice:yo me hubiera recibido en el secundario agrotécnico,pero no.

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El primer concepto de cultura por Gabriel Zaid

Fuente: Letras Libres

A partir de su raíz etimológica, Gabriel Zaid repasa en este ensayo los significados de la palabra “cultura”, que empezó refiriéndose al trabajo de la tierra, a sacar provecho del campo, y hoy sigue conservando felizmente en su seno el sentido de sembrar, cuidar y multiplicar.

Algo tienen algunas personas (haber leído mucho, por ejemplo) y todas (hablar su lengua materna). Que igual se aplica a las adivinanzas (cultura popular), la poesía de Góngora (culterana), el levantamiento de pesas (fisiculturismo), los buenos hábitos (cultura del ahorro) y las computadoras (cibercultura). Sin hablar del letrero en un museo arqueológico (“Los españoles nos trajeron su cultura, no la cultura”), la subcultura de la pobreza (Oscar Lewis), la cultura animal estudiada por los etólogos, el multiculturalismo o los llamados estudios culturales. Cuentan que André Malraux, siendo ministro de Cultura, respondió alguna vez: ¿Ustedes saben qué es la cultura? Yo no.

La confusión empezó dando a esto y aquello el espaldarazo cultural. Era un paternalismo que decía: Yo, que soy culto, te legitimo como igual. En México, tuvo rasgos de humor en un lema festivo: “La rumba es cultura”. Suena a carnavalesco, pero no lo era. La afirmación no venía de abajo, de una insurrección niveladora, sino de arriba, de una concesión gratuita. A las rumberas les tenía sin cuidado.

El mundo moderno acepta las jerarquías medibles del Guiness Book of Records, pero no sabe qué hacer con las otras. ¿Cómo afirmar que una obra es objetivamente mediocre, si la calidad no se puede medir? ¿Cómo declarar inferiores ciertos usos y costumbres? ¿Cómo reconciliar igualdad y excelencia? Esta dificultad parece resolverse en una confusión sentimental: el deseo de no parecer arrogante, de que nada sea visto como inferior. Pero qué le vamos a hacer: hay grandes obras, y no todas lo son.

El rechazo de la arrogancia puede tomar otro camino: la retórica milenaria que acepta el desnivel, pero lo invierte. Eurípides (Electra) dice que un campesino puede ser más noble que los nobles (afirmación que, inteligentemente, pone en boca de un noble, no del campesino). Jesús (Lucas 18) declara que el publicano compungido está más cerca de Dios que el fariseo satisfecho. Baudelaire y Agustín Lara exaltan la pureza de Las flores del mal.

Para situar la confusión, conviene distinguir entre palabras, conceptos y realidades. La cultura griega floreció sin tener el concepto de cultura, ni una palabra para eso (Werner Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega). La palabra cultura (en latín) es anterior a los conceptos de cultura. El primer concepto de cultura apareció entre los romanos, sin recibir un nombre especial. La palabra culturas (en plural) es tardía.

La raíz indoeuropea kwel- tiene dos campos semánticos. El que agrupa los significados de ‘lejos’, de donde vienen las raíces griegas tele (lejos en el espacio, como en telescopio) y paleo (lejos en el tiempo, como en paleografía). Y otro, más rico en derivaciones, que agrupa los significados de ‘girar’, ‘hacer girar’, ‘revolver’, ‘dar la vuelta’, ‘andar por ahí’, ‘estar o establecerse ahí’, de donde vienen las raíces griegas de bucólico, calesa, ciclo, ciclón, collar, degollar, palíndromo, palinodia, polea, polo, talismán (Roberts y Pastor, Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española). De kwel- vienen, además, las raíces latinas de agrícola, colono, cultivar, culto (a los dioses), inquilino y quizá domicilio. A este subgrupo (que no tiene antecedentes griegos) pertenece cultura, que deriva de colo.

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Disolución de la familia por Ignacio Sotelo

Fuente: El País de España

En una institución tan central como la familia queda patente la perennidad del orden social vigente. Las grandes modificaciones que trajo consigo la modernidad capitalista acabaron con el modelo tradicional de la gran familia, y hoy asistimos a la disolución veloz del nuevo tipo de familia nuclear que le había sucedido. Con el primer despliegue de la sociedad industrial se eclipsó la familia tradicional, vinculada desde sus orígenes a la sociedad rural. Con la agricultura nace la familia como entidad política, económica y social, y de la conjunción de varias familias, de creer a Aristóteles, la Ciudad-Estado, como una entidad política superior que absorbe la mayor parte de las funciones políticas y sociales que había ejercido la gran familia, reducida ahora a las tareas reproductora y económica. La familia tradicional se caracteriza justamente por el hecho de que en su interior se llevaron a cabo las labores económicas y sociales indispensables para cubrir las necesidades de sus miembros.

Determinante de la familia nuclear moderna ha sido que las actividades económicas se hayan trasladado a la sociedad, lo que permite al individuo sobrevivir al margen de la familia. Cesa como coacción social y adquiere una primera dimensión voluntaria. La familia moderna se funda en el matrimonio contraído por el libre consentimiento de los cónyuges (entra en escena el amor romántico), expresión de la libertad individual que introduce la sociedad burguesa. La libertad de que gozan sus miembros da a la familia una nueva dimensión espiritual, pero también la hace perecedera. Surge del consentimiento libre y dura mientras se mantenga, a más tardar, hasta que los hijos lleguen a la mayoría de edad y se establezcan por su cuenta, funden o no una nueva familia.

El rasgo fundamental que define a la familia nuclear es que la actividad económica se realiza fuera de la órbita familiar, por lo general a cargo del marido, mientras que la mujer se consagra a las labores domésticas y al cuidado de los hijos. En cuanto los hijos llegan a adultos se desprenden de la familia para trabajar por su cuenta, con lo que se elimina el carácter impositivo que tuvo en el pasado. El equilibrio de la familia nuclear, siempre inestable en libertad, proviene ahora de los distintos roles que desempeñan los cónyuges. El que sea el varón, el que con su trabajo fuera de casa aporte los bienes necesarios para el mantenimiento de la familia le otorga una cierta preeminencia que aprovecha para conservar algunos de los atributos que tuvo el patriarca. Cuando a finales del siglo XIX el salario alcanza a alimentar a una familia -en la primera etapa del capitalismo industrial apenas llegaba para una boca, obligados a trabajar mujeres y niños-, la familia nuclear se generaliza. Pues bien, este modelo es el que se disuelve a gran velocidad en la sociedad capitalista avanzada.

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La voz de los sobrevivientes de la Guerra del Pacífico. Por Alejandro Reyes Flores*

Fuente: El Comercio

La televisión chilena transmitió en estos días un reportaje-documental titulado Epopeya. La Guerra del Pacífico, con entrevistas a descendientes de quienes combatieron en dicho conflicto. A manera de respuesta, este artículo trata sobre los peruanos que combatieron y sobrevivieron a la guerra.

Las generaciones posteriores a la Guerra del Pacífico perdieron la oportunidad de rescatar los testimonios de algunos de los miles de peruanos combatientes y sobrevivientes a tan infausto acontecimiento. Hoy ya no es posible hacerlo. Sin embargo, no todo está perdido, pues en el archivo Histórico Militar del Perú existen algunas decenas de expedientes bajo el título de “sobrevivientes del 79″. Este archivo responde a personas que debían demostrar su participación en la guerra para obtener una pensión del Estado. Es una historia testimonial, realizada cuando la mayoría de ellos ya se encontraban en el ocaso de sus vidas.

Se trata de “microhistorias” de venerables ancianos “sobrevivientes del 79″ que vivieron hasta mediados del siglo XX, como don Luis Aguirre Benavides, “chorrillano”, fallecido en 1944 a los 90 años; don Fernando Acero Aguilar, “chalaco”, que muere en 1957 a los 94 años o don Antonio Adrianzén, natural de la Huaca, Piura, quien en 1954 a los 92 años aun trabajaba como profesor en el Alto, Talara, y declaraba haber combatido a órdenes del comandante Ricardo Ortiz de Zevallos y Vidaurre. La ancianidad y la necesidad de una pensión, se conjugan para que surja un testimonio rico en hechos inéditos sobre la Guerra del Pacífico, narrados por los mismos protagonistas.

Se lee: “Heroicos soldados que lucharon bravamente el 79 para defender nuestra Patria”, detallando los batallones donde sirvieron: “Unión Nº 87″, “Chupaca Nº 2″, “Tarapacá Nº 5″, “Callao”, “Junín”, “Glorioso batallón Ayacucho Nº 3″. Asimismo, aparece la oficialidad intermedia que estuvo en la primera línea de combate, como Maximiliano Frías, Salvador Lazón, Pío Alcalá, Aurelio Barbieri, Samuel Leyva, Augusto Bedoya, Antonio Aza, Amaro La Rosa, Eusebio Román, Enrique Luque entre muchos más.

“Relatar los sufrimientos sería interminable”

En uno de los expedientes el chorrillano y combatiente de San Juan y Miraflores, don Luis Aguirre Benavides, relata que a las seis de la mañana “rompimos el fuego sobre la escuadra chilena (…) el buque Angamos nos hacia fuego con sus cañones de largo alcance que llegaban al lugar denominado San Tadeo (…) continuamos con ese valor indomable de peruanos”. Sin embargo, la superioridad bélica chilena los obligó a retirarse y muchos, entre ellos Aguirre Benavides, fueron capturados. “Fui prisionero en la Isla San Lorenzo, donde relatar todos los sufrimientos que fuimos victimas, sería interminable”, dice el aludido. Por su parte, don José Balbín afirma que en Cerro de Pasco “se formó el segundo Ejército del Centro, compuesto por el batallón Junín y una columna de artillería”, a la cual él se enroló como voluntario.

Farmacéuticos, mecánicos.

Se encuentran entre los “sobrevivientes del 79″ profesionales como el farmacéutico don Adán Acevedo, que desde el inicio de la guerra, el 16 de mayo de 1879, se embarcó en el vapor Luxor rumbo a Iquique, a órdenes del general Cáceres. Estuvo en “todas las batallas que se dieron en el sur” hasta San Juan, preparando los botiquines y asistiendo a los heridos, hechos corroborados por Cáceres en estos términos: “supo cumplir sus sagrados deberes de ciudadano patriota con abnegación y espíritu de disciplina que lo honra y enaltece”.

De igual manera don Francisco Aguirre, chalaco de nacimiento, escribe que sirvió a la Patria “en calidad de mecánico preparando los elementos bélicos que se necesitaron durante la guerra, como son las espoletas de acero para la fabricación de las bombas que usaron contra el enemigo”. Dice que su maestro fue el italiano Gabriel Cartotti. También se encuentra el testimonio del “caldelero” don Fernando Acero Aguilar, quien después de la guerra, trabajó en la International Petroleum Company de Talara. Se da cuenta que falleció a los 94 años de edad en Lima.

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La universidad (im)posible por Manuel Burga

Fuente: La República

Este título del libro de Jacques Marcovitch, La universidad (im)posible (Madrid, 2002), no es ambiguo sino que resume su recomendación central: la “universidad perfecta” es imposible, busquemos la universidad posible, la que verdaderamente necesitamos. Si el título llama la atención, un atractivo mayor es quien lo escribe: un ex rector de la Universidad de Sao Paulo, la famosa USP, quien lo hace con fe en el futuro y a pesar de ser un técnico, un administrador de empresas, se complace hablando de arte, cultura, historia, ciencia y por supuesto de moderna gestión institucional. No conozco ningún informe sobre su rectorado (1997-2001), pero sí sabemos del reconocimiento internacional que ahora tiene esta universidad.

¿Sabe Ud. que la universidad es una institución muy moderna en Brasil? La primera, la Federal de Río de Janeiro, fue fundada en 1920 y la USP, la que quisiera brevemente presentar, en 1934. Pero quizá en lo que Ud. no ha reparado es que a pesar de esta sorprendente juventud cinco brasileñas aparecen en el Ranking Mundial de las 500 Mejores Universidades del Mundo, donde también aparecen la UNAM de México, la UBA de Buenos Aires y la Universidad de Chile; las tres muy antiguas. Pero hay un detalle muy significativo: estas tres últimas figuran por sus puntajes en la columna de egresados de sus aulas con Premio Nobel. Las brasileñas, y en particular la USP, más bien por la producción de sus docentes en ciencias exactas, de la naturaleza, médicas y sociales. Por eso se vuelve más interesante este libro.

Entonces, nos interesa saber qué es lo que hace grande a la USP y para eso un buen camino podría ser la comparación con la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El 2005, la USP tuvo 77.205 alumnos matriculados: 58,5 % en el pregrado y 41,5 % en el posgrado. Se graduaron 2.750 de magíster y 2.041 de doctor: ambas cifras representan un 19,6% del total de los 24.408 matriculados en el posgrado. En San Marcos la matrícula fue de 32.466 estudiantes: 90% en el pregrado y 10 % en el posgrado, proporciones incomparablemente diferentes que hacen de San Marcos una universidad contrariamente adolescente frente a la “madura” USP. La USP tiene 5.078 docentes: el 95,3% con grado de doctor. En San Marcos tenemos 3.157 docentes: el 17,3% con grado de doctor. Pero lo que más debe sorprender es que la USP tenga 15.008 trabajadores administrativos, mientras que San Marcos escasamente 3.425: 1,1 trabajadores por docente en San Marcos y 2,7 en la USP. Donde no hay sorpresa es en la inversión anual por estudiante: US$ 5.000 en la USP y menos de US$ 2.000 en San Marcos.

Por otro lado, ambas son públicas, con presupuestos del Estado y con gobiernos colegiados, pero con participación estudiantil muy desigual en los órganos de gobierno: 15% en la USP y 33,3% en San Marcos. Ambas son muy codiciadas por los estudiantes de secundaria: 120.000 postulan anualmente a la USP e ingresan 7.000. A San Marcos, entre el 2001 y el 2005, postulaban 50.000 en promedio e ingresaban 5.250. Un 65% de los que ingresan a San Marcos provienen de colegios públicos, a diferencia de la USP donde un 80% proviene de colegios privados de la clase media paulista. Ambas –como gratuitas– descienden del modelo napoleónico, el que surgió después de la Revolución Francesa con la finalidad de democratizar a la tradicional sociedad aristocrática. Este modelo que impulsó la movilidad social en la vieja Europa, ha tenido resultados paradójicos en América Latina. En Brasil, la clase media se ha apropiado de las excelentes universidades públicas a las cuales se ingresa a través de un exigente examen de admisión y han dejado las privadas a los sectores populares. En nuestro país ocurre exactamente lo contrario: las públicas son para los sectores populares y las clases medias se refugian en las universidades privadas, con lo que nuestra educación superior pública –a diferencia de su intención original– juega un papel retrógrado: es un mecanismo de desintegración social, que promueve más bien la agitación política y la sociedad estamental.

Por lo tanto, con el realismo del caso, debemos buscar una universidad de calidad, donde se investigue, con un posgrado más grande, con más doctores, con más administrativos calificados, pero asimismo debemos promover la reforma gradual, la inversión estatal y la gestión responsable y eficiente. En nuestro caso, quizá más que en Brasil, hay los que piensan que la universidad pública no tiene salida, que hay que dejar la cancha libre a la universidad privada, sin embargo este libro –escrito desde una excelente universidad pública– nos deja la sana sensación que debemos persistir en la búsqueda de un modelo que promueva la cohesión social, una universidad emprendedora y generosa, como dice Marcovitch: “La universidad es emprendedora cuando utiliza sus recursos con racionalidad y sabe anticiparse al futuro. Anticiparse al futuro significa cultivar el sentido de responsabilidad y de innovación”.

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Savater ante el camino de la libertad por Pedro Escribano

Fuente: La República

En su última visita a Lima, en noviembre del 2005, invitado por la Universidad de Ciencias Aplicadas, UPC, el filósofo español Fernando Savater ventiló en una conferencia de dos sesiones los dilemas de lo que es la libertad del individuo, sobre todo en el sentido de la libertad de elegir. La conferencia se tituló Antropología de la libertad y esta acaba de ser publicada en forma de libro por la referida casa de estudios.

Una de las grandes virtudes de Savater es que suele descolgar a los pies del lector común y silvestre los altos y complejos problemas filosóficos. Y eso es lo que hace con este tema, que es más cotidiano que el pan nuestro de cada día, porque en cada momento estamos ante la situación de decidir.

Por eso, el filósofo no habla de la libertad en tanto libertad social, institucional, política, sino de la libertad personal e intransferible.

“No una libertad que podamos tener o no tener en cuanto a hombres, sino una libertad que obligadamente tenemos y por la cual nos definimos como humanos”, dice.

Savater, quien señala que los seres humanos somos especialistas en la autopromoción y en la publicidad de que somos una especie superior, especula que el verdadero secreto del hombre es que quizás “somos los menos evolucionados de los animales nómadas”. Cita una serie de ejemplos en los que quedamos entre las patas de los animales. La salvedad es que el hombre nunca deja de transformarse, de innovarse, “justamente porque no está determinado a nada”, como sí los animales. Savater arguye que mientras los animales tienen y están determinados a su medio ambiente, los hombres tienen un mundo donde se incluye medio ambiente y todo los demás. Es en ese mundo socialmente organizado donde el hombre tiene que decidir: “Somos libres dentro de unas condiciones que no hemos elegido, dentro de unas circunstancias que se nos imponen. Somos libres, en medio de la tormenta, en medio de esa tormenta que nos zarandea, tenemos una cierta libertad. De eso se trata cuando se habla de antropología de la libertad …”.

La libertad en la mano

En ese mundo de zarandeos, Savater señala tres requisitos que favorecen un buen ejercicio de la libertad. Según el filósofo, el primer requisito de la libertad es el conocimiento. No se puede elegir algo que no conocemos. En este campo la educación resulta imprescindible.

El segundo elemento vital en una elección es la capacidad de manejar alternativas de acción. Aduce que hay que tener la capacidad de representarnos mentalmente en alternativas distintas. O sea, el poder de la imaginación.

Y el tercer elemento para Savater es la decisión propiamente dicha. Comenta que por más que conozcamos el mundo, que nos lo imaginemos, es la voluntad quien tiene que decidir. Es el momento del gran dilema. Uno decide ante lo desconocido y nunca sabe si es para bien o para mal. El filósofo recuerda un hecho real, cuando un hombre ante la posibilidad de salvar a uno de dos niños, optó por uno. Veintún años más tarde, ese niño creció y fue miembro del ETA y asesinó al hombre que lo había salvado. Una muestra de cómo uno actúa en lo desconocido y el drama que también encierra la libertad de elegir.

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Los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres por Elfriede Harth (*)

Fuente: Redes Cristianas

Es un gran honor para mí poder tomar aquí y hoy la palabra, en remplazo de mi colega Maria José Rosado Nunez de São Paolo, directora de Católicas por el Derecho a Decidir del Brasil. Me invitaron a que aportara mi grano de arena a la reflexión que como cristianas y cristianos estamos llevando a cabo aquí en este Congreso sobre la bioética con un enfoque desde la perspectiva de los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres.

Quizá sea bueno empezar por intentar examinar qué es lo que entendemos por “Derechos reproductivos y sexuales”. Me gusta mucho una definición que dieron unas mujeres campesinas mexicanas en uno de los muchos talleres de capacitación que realizan Católicas por el Derecho a Decidir allá en México y en los demás países latinoamericanos en donde trabajamos. Más o menos fueron formulandolo de la manera siguiente: es el derecho de las personas a sentirse agradecidas por el cuerpo que Dios les dió, un cuerpo dotado por una parte de la capacidad del placer y por otro de la capacidad de producir seres humanos nuevos. Es el derecho a explorar y a vivir plena y positivamente esas dos capacidades, y a vivir y a gozar plenamente cada una por separado. Es el derecho a construirse como persona moralmente autónoma, adulta y responsable a través del ejercicio de esas capacidades y para poder ejercerlas plenamente. Es el derecho a la integridad física y sicológica. Es el derecho a saber y a postular que el principio fundamental de cada relación íntima de pareja es la justicia, la responsabilidad por el propio cuerpo y bienestar así como al mismo tiempo por el cuerpo y el bienestar de la pareja. Es el derecho a determinar el número de hijos que se quiere tener así como el momento en que se quieren tener. Es el respeto por ese don tan precioso que Dios nos dio, nuestro cuerpo. Respeto que nuestra tradición católica proclama y ritualiza por ejemplo en el sacramento de la unción de los enfermos y en los ritos de la sepultura de los muertos.

Cuáles son las condiciones para vivir esos derechos? - El matrimonio a vida es sin duda alguna una institución muy importante en el contexto del ejercicio de la sexualidad humana, antetodo cuando una persona o una pareja optan por la procreación, si se trata de una relación estable que proporcione seguridad y continuidad en la tarea de la crianza de los hijos. Pero sabemos todas y todos que no es la forma jurídica de una relación, ni su caracter heterosexual o monosexual lo que garantiza su calidad. Y por lo tanto la forma jurídica de una relación no es el principio fundamental para vivir lo que llamamos “derechos sexuales y reproductivos”, sino la justicia que reine dentro de la relación de pareja. Para poder gozar sus derechos sexuales y reproductivos, las personas tienen que respetarse primero que todo, tienen que respetarse ellas mismas y luego respetar a la pareja.

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Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián

Fuente: El País

Tanto el Oxford Dictionary como el DRAE coinciden en que civilizar es sacar a algo o alguien de un estado bárbaro o salvaje, instruyéndole en las artes de la vida -añade el libro inglés- de modo que pueda progresar en la escala humana. O sea que, aunque una civilización sea el conjunto de creencias y valores que conforman una comunidad, a la civilización en sí podemos definirla como el progreso a secas. Las civilizaciones, en cambio, constituyen un concepto más ambiguo e impuro: hacen referencia no sólo a los valores culturales, éticos o de cualquier otro tipo que sustentan la sociedad, sino también a sistemas o mecanismos de organización de la misma. Tienen, por eso, que ver con la cultura y la educación, pero también, y en gran medida, con el poder.

En la historia de las culturas desempeña, a no dudar, un papel relevante la de las religiones, y de ahí se deriva el frecuente abuso intelectual que tiende a confundir éstas con las civilizaciones propiamente dichas. Sería absurdo negar que la religión, y su práctica, han tenido enorme influencia en el devenir de los humanos. Pero, a estas alturas, resulta un dislate hablar de civilización cristiana (últimamente convertida incluso en judeo-cristiana, contra toda evidencia) o de civilización musulmana, tanto como hablar de la civilización occidental, a secas. No obstante, estos son términos de uso común en los que hemos sido aleccionados desde la escuela y cuya utilización en el debate comienza a ser casi imprescindible. ¿Qué tiene que ver el pentecostalismo americano o el fundamentalismo de sus telepredicadores con la iglesia de Roma, por mucho que todos reclamen el cristianismo como patrimonio propio? ¿Definiríamos a Indonesia como una muestra ejemplar de la civilización musulmana, por el solo hecho de ser un país cuya inmensa población practica en gran medida dicha creencia? La deriva a confundir o identificar las civilizaciones con las religiones -especialmente con las del libro- permite ignorar el pluralismo que anida en cada una de ellas y del que, sin ir más lejos, constituye una trágica demostración el enfrentamiento en Irak entre suníes y chiíes.

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Nuestro cercano (lejano) oriente - El mundo de los asháninka. Por Jorge Paredes

Fuente: El Comercio

Casi cuarenta años después de su primera edición, el Fondo Editorial del Congreso reedita La sal de los cerros del historiador y antropólogo peruano Stefano Varese, un libro capital de los estudios sociales peruanos, que marcó un hito en las investigaciones sobre nuestra amazonía y sus poblaciones originarias.

La historia tradicional peruana suele ser una historia incompleta: atrapada con frecuencia entre los Andes y la costa, ha dejado fuera de su radio de acción a esa selva inexpugnable, cuyas poblaciones, para muchos, todavía están inmersas en un espacio anacrónico, lejos de la modernidad, del progreso y del mercado, por lo que historiar sobre ellas resulta poco menos que exótico. En 1968, cuando apareció la primera edición de La sal de los cerros, esta premisa todavía era más pesimista, y se dudaba incluso de si estas etnias estaban conformadas realmente por personas con derechos y deberes.

En este escenario, marcado además por la irrupción de las guerrillas marxistas, este libro escrito por un hijo de inmigrantes italianos, ferviente seguidor de Gramsci, descubrió al mundo académico nuestro cercano y lejano oriente, la tierra que circunda los márgenes de los ríos Apurímac, Ene, Perené, Tambo y Alto Ucayali, así como el Gran Pajonal y la orilla derecha del río Pachitea. El territorio de los asháninka, entonces conocidos como campa.

Las dos casas

¿Quiénes eran estos extraños hombres y mujeres que cada cierto tiempo cumplían una especie de peregrinación al cerro de la sal, ubicado en el Gran Pajonal, de donde tomaban un insumo para ellos sagrado? El trabajo de Varese fue una revelación. Los campa-asháninka reproducían un sistema de vida que los hacía resistir desde por lo menos cuatro siglos la invasión occidental, multiplicándose por la selva en un territorio de más de 100.000 km2.

Los capítulos más interesantes de La sal de los cerros son precisamente los referidos a la vida familiar campa-asháninka y a los efectos que tuvo en esta población la rebelión de Juan Santos Atahualpa en el siglo XVIII.

Los asháninka se dedican al cultivo de yuca y en menor medida a la caza y la pesca. Las tierras del Gran Pajonal no son aptas para una agricultura sostenida, por lo que cada cierto tiempo, ellos deben cambiar de lugar de residencia, levantando una nueva chacra en el espesor de la selva. Muchas de estas tierras con el tiempo fueron dadas a colonos, en la creencia de que estaban “abandonadas”. Cada familia tiene dos casas: la intómoe y la kaápa. La primera es la de los hombres solteros y de los huéspedes, mientras que la segunda es la casa femenina, donde vive la familia nuclear, donde se cocina y se duerme. El hijo varón vive en esta casa hasta la pubertad y luego pasa a la kaápa, desde donde saldrá a cazar, a realizar actividades comerciales y sobre todo a buscar compañera. Este cambio a veces es traumático. Varese cuenta que un muchacho le narró que lloró durante muchas noches, solo, rodeado por la oscuridad de la selva. El matrimonio asháninka pasa por un periodo de prueba, donde el varón “presta servicios” en la casa de los padres de la futura esposa. Solo si la unión se consolida, le será permitido formar su propia kaápa. Por eso, para una familia asháninka es importante engendrar hijas mujeres, que traerán yernos a la casa; en cambio los hijos varones son siempre móviles.

El dilema de la inclusión

Por siglos, los cronistas creyeron que los asháninka no tenían religión porque, a diferencia de otros pueblos, no exhibían grandes ritos paganos. Varese descubre en ellos un “sentimiento mesiánico” que desde los tiempos iniciales los impulsó al intercambio de bienes con sus pares y otros pueblos en la creencia de que este flujo satisfacía a un dios que algún día vendría al mundo a restablecer el orden, alterado por la presencia de los viracochas (blancos) y chori (mestizos).

Obviamente que La sal de los cerros no vislumbró que dos décadas después los asháninka serían protagonistas de un terrible fuego cruzado en el corazón de la selva central (se estima que por lo menos unos cinco mil de ellos fueron asesinados por las huestes senderistas). Sin embargo, sí intuyó que para estas poblaciones amazónicas cada vez el cerco se angostaba más.

Al final, se incluyen dos apéndices y cuatro ensayos que colocan el estudio de Varese (catedrático y director de estudios indígenas en la Universidad de California) en el debate actual: ¿Es necesario incluir estas poblaciones en el proyecto de la modernidad o es mejor reconocerlas y respetarlas como tales? ¿Una cosa excluye a la otra? ¿Ha funcionado la integración de estas etnias o solo las ha destruido y proletarizado? El debate de fondo de La sal de los cerros sigue abierto.

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“La mentira de la invasión silenciosa” - ELIZABETH JELIN, SERGIO CAGGIANO Y ALEJANDRO GRIMSON: MITOS SOBRE LOS INMIGRANTES DE PAISES LIMITROFES

Fuente: Página/12

Bolivianos, paraguayos, peruanos, chilenos y uruguayos han sido chivos expiatorios muchas veces de un discurso político que prefiere no asumir su propia responsabilidad. Los inmigrantes de países limítrofes han sido culpabilizados de la desocupación o el mal funcionamiento de los hospitales, entre otros mitos.
Por Mariana Carbajal

–¿Hubo un aluvión migratorio de países limítrofes en la década del ’90?

Elizabeth Jelin: –La investigación histórica muestra que la proporción de población argentina originaria de países limítrofes ha sido constante por casi 150 años. Desde que se tienen datos –la primera mención es en el censo de 1869– hasta el último censo, entre 2 y 3 por ciento de la población del país es nacida en Paraguay, Bolivia, Uruguay, Chile, y Perú. De modo que en términos de peso en la población de Argentina no ha habido grandes variaciones. En general, cuando el tipo de cambio está alto la gente viene, y cuando baja, se va; cuando hay más crecimiento económico, viene, cuando hay más recesión, se va. Pero estas circunstancias, además, están cruzadas por exilios políticos y por otro fenómeno que ocurren en las migraciones, una especie de inercia por la cual cuando viene un miembro de la familia, empiezan a venir otros, independientemente de que el contexto económico mejore o empeore.

–¿Qué cantidad de inmigrantes de países limítrofes y de Perú llegaron en los noventa?

Sergio Caggiano: –No hay números absolutos. En la medida en que se presupone que hay una cantidad importante de indocumentados, es muy difícil tener una cifra real. De acuerdo con los distintos informantes, las cifras varían entre 2 millones y 700 mil inmigrantes.

–¿A qué nacionalidad corresponde el flujo mayor de inmigrantes?

E.J.: –La comunidad de residentes de países cercanos más importante es la de paraguayos. Pero en los últimos años hubo un crecimiento del número de bolivianos en relación con los paraguayos y tuvo un peso más significativo la inmigración de peruanos, que no tenía tradición histórica.

–¿Qué factores influyeron para que tuviera mayor visibilización la inmigración de los países limítrofes y del Perú en los ’90?

S.C.: –Hubo una concentración de la población proveniente de países limítrofes en la Capital Federal y áreas metropolitanas de Buenos Aires. Pero a ese fenómeno se sumó el papel que jugaron actores políticos, sociales y grandes medios de comunicación en la estigmatización y visibilización de esos inmigrantes, sobre todo asociándolos a problemas sociales como la desocupación, la crisis en el sistema de salud y al crecimiento de la inseguridad. Carlos Corach, que era el ministro del Interior, declaraba que había una “extranjerización de la delincuencia”. Uno podía comprobar que en las cárceles había un porcentaje mayor de personas de países limítrofes, pero eso no quería decir que fueran más delincuentes sino que eran más detenidos por la policía. Entre la detención y la comprobación del delito se iban depurando los porcentajes.

–Recuerdo unos carteles de un sindicato acusando a los inmigrantes de la desocupación…

E.J.: –La Uocra pegó carteles en todo el país diciendo que los migrantes eran los que nos quitaban el trabajo.
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