Archive for Opinión

Salió Argumentos número 8, publicación del Instituto de Estudios Peruanos

Este número de Argumentos es el último del 2006 y también el último dedicado al análisis de coyunturas electorales, en un año en el que asistimos a una elección presidencial con segunda vuelta y a comicios regionales y municipales. En buena medida los artículos aquí presentados van contra un sentido común centralista que señala que ante la derrota de los partidos nacionales ha aumentado la desestructuración social. Lo que muestran los resultados regionales es el triunfo, en varios departamentos del país, de movimientos que tenazmente iniciaron procesos de construcción de nuevos referentes políticos, trabajando a veces distrito por distrito, provincia por provincia. El Perú sigue siendo un país de cambios. La coyuntura electoral que analizamos nos permite abordarlo desde una perspectiva política, social y cultural.

En este número presentamos:

Romeo Grompone, ALAN GARCÍA: ENTRE LA INICIATIVA Y LA ESPERA.

Carlos Meléndez y Sofía Vera, SI “TODOS PERDIERON” ¿QUIÉN GANÓ?

Mariel García Llorens, ELECCIONES REGIONALES Y LA (RE)PRODUCCIÓN DEL DISCURSO NACIONAL-LIMEÑO EN LOS MEDIOS.

Roberto Bustamante Vento, ESA LIMA QUE SE VA (O QUE YA SE FUE).

Rodrigo Barrenechea y Manuel Dammert, VENEZUELA Y ECUADOR: Elecciones y perspectivas.

Saika Uno, ¿EL TLC EN MANOS DE DIOS?

Argumentos 8 puede ser descargado desde el siguiente link www.cholonautas.edu.pe/argumentos08.pdf

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Derrida y otros cadáveres por Wilfrido H. Corral

Fuente: Letras Libres

Derrida sigue ocupando un lugar de referente dentro de la crítica literaria académica a pesar de su olvido, precisamente, de la literatura. Corral vuelve a Derrida y la polémica que se desató en Estados Unidos tras su muerte, para “deconstruir” a éste y otros propagadores del relativismo crítico.

El oscurantismo teórico que se apoderó de los estudios literarios parece estar llegando a su fin. En el ocaso del siglo pasado George Steiner se manifestó con argumentos irrebatibles acerca del “comentario sin fin”. Significativamente, Terry Eagleton publicó a fines del 2003 una especie de mea culpa: After theory. Poco después murió Edward Said, cuya penúltima posición (Humanism and democratic criticism, 2004) fue una sorpresa: “Para los jóvenes de la generación actual, la idea misma de la filología sugiere algo extremadamente antiguo y superado, cuando la filología es, en verdad, la más básica y creativa de las artes interpretativas.”

En octubre del 2004 falleció Jacques Derrida. Un día después de la muerte del autor de La escritura y la diferencia, el New York Times publicó una larga (y crítica) nota necrológica sobre él en las ediciones locales y nacionales. Casi inmediatamente, en una universidad estatal californiana que Derrida frecuentaba como profesor visitante, se estableció una página web en homenaje al teórico con el título “Remembering Jacques Derrida”. La fluidez epistémica, como dirían sus émulos de tercera categoría, no fue suficiente para evitar que éstos convirtieran el homenaje en protesta contra la “falta de respeto” del periódico.

Hasta mediados del 2006 habían fijado su adhesión en esa página web más de 4,200 signatarios. Una revisión somera de los firmantes y su trasfondo (desde un “estudiante” a un “empresario de internet” en la República Dominicana) revelaría que, si recuerdan a Derrida, probablemente no lo leyeron. Peor aún, es bastante obvio que esos sospechosos comunes no han leído lo que leyó Derrida, o a lo máximo han hojeado un libro sobre un libro sobre el propagador del relativismo de entre siglo.

¿Por qué se puede manifestar lo anterior con seguridad y sin intención de caer en revisiones subjetivas? En un año en que el mundo anglosajón “transatlántico” celebró, justamente, la publicación de dos novelas basadas en la vida de Henry James, y no supo qué decir de la correspondencia de Isaiah Berlin, la muerte de Derrida fue vista como un atentado de quién sabe quién contra la teoría. Si en un momento él fue una especie de sinécdoque para lo que se entendía por teórico, los excesos de la deconstrucción que propagó se ocuparon de crear otros pleonasmos o despilfarros interpretativos: el 2004 en verdad sirvió para que los teóricos reconstruyeran astutamente el giro conservador de Estados Unidos como el marco que amenazaba su quehacer, no como un momento para hacer un sano examen de conciencia. Si en el 2006 la teoría comienza a perder influencia no es debido a ensayos periodísticos conservadores, sino a que los lectores serios que no están pululando en las universidades no se tragaron el anzuelo académico.

La realidad es que la teoría siempre estará con nosotros después de que pasen sus autores, y debe ser así, no sólo porque, como disciplina, los estudios literarios deben tener el derecho de aproximarse a la literatura en maneras que no les gustan a los autores convencionales y críticos puristas, sino porque la necesidad teórica siempre ha sido defendida sabiamente por comparatistas políglotas, hoy considerados “tradicionales” o “conservadores” como René Wellek, desde fines de los años treinta, y mucho antes de que escribiera, con Austin Warren, su seminal Teoría literaria.

Hacia el fin de su vida, Wellek escribió un artículo (incluido en Theory’s empire, discutida a continuación) con el título “La destrucción de los estudios literarios”, y uno de los protagonistas del descalabro que vislumbra Wellek es la obra de Derrida. Cuarenta y un años antes, en una revisión de un artículo sobre la historia literaria que escribió originalmente para el Círculo Lingüístico de Praga, Wellek manifestaba que el desarrollo de la literatura no es un espejo de la historia de la filosofía. No debe sorprender que cuando un buen número de profesores de Cambridge protestó por el doctorado honoris causa que esa institución terminó otorgándole a Derrida, argumentos similares a los de Wellek surgieron de los filósofos y literatos que se opusieron.

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¿Respeto a la intimidad o patriarcalismo tradicional?

Fuente: Blog de Martín Tanaka

Artículo publicado en Perú21, martes 31 de octubre de 2006

Quiero decir algo que creo importante sobre la revelación reciente de los hijos extramatrimoniales de los ex presidentes García y Paniagua. Es un asunto que se debe tratar respetando la intimidad y la vida privada de los involucrados, pero hay varios temas de interés público implícitos que deben ser debatidos. Un ángulo desatendido es que acá, independientemente de las personas involucradas, están en discusión los roles de los sexos, los modelos de familia, el respecto entre las personas.

Se ha señalado que, si un varón tiene hijos fuera del matrimonio, tiene que “cumplir con su deber” de reconocerlo y proveerle del apoyo que merece. No hacerlo es censurable. Otra cosa censurable, se ha dicho, es la hipocresía: presentarse falsamente como un ferviente seguidor de los valores familiares tradicionales, e intentar sacar provecho de esa imagen. Pero si uno reconoce a sus hijos, y si uno es discreto en su vida familiar, parecería no haber problema. Se trataría, en estos casos, de situaciones privadas que merecerían un prudente silencio y respeto.

No estoy de acuerdo. Me preocupa sobremanera notar en estos razonamientos la presencia de un modelo patriarcal, machista, conservador, de relación entre los sexos, que a estas alturas de la vida creía en retirada. Se trata de una tradición según la cual a un varón casado le es permitido tener relaciones e hijos tanto con su esposa como con otras mujeres, siempre y cuando cumpla con su función de macho proveedor. La esposa debería ser comprensiva en nombre de la unidad familiar, y debería valorar su papel de esposa oficial, la “catedral”. La madre extramatrimonial debe aceptar su papel de “capilla” en tanto reciba compensaciones y los beneficios de su cercanía al macho. Mientras se evite el escándalo, se debe ser tolerante. Dentro de esta tradición, también corresponde ser permisivo con la violencia doméstica, e incluso, con el incesto y la pederastia. Al macho proveedor casi todo le está permitido, dentro de límites muy laxos. A las mujeres lo que les toca es someterse, resignarse, sufrir estoicamente. Así se comportarán como “toda una señora”.

El trasfondo machista de todo esto se hace evidente si pensamos en la situación contraria: una esposa que confiesa tener hijos con otro hombre. ¿Alabaríamos a la esposa por cumplir con su obligación de reconocer y dar amor a sus hijos extramatrimoniales? ¿Alabaríamos todos al esposo que, contrito, acepta la situación en nombre de la unidad de la familia? Creo que no.

Hoy consideramos que el patriarcalismo tradicional es inaceptable en cuanto al incesto y la pederastia, y quiero creer que también en cuanto a la violencia doméstica. Son prácticas censurables, aunque ocurran en el ámbito privado. Pero parece que todavía somos tolerantes frente a la libertad del macho para tener relaciones extramatrimoniales. Deberíamos defender modelos de familia y una redefinición de los roles de los sexos basados en la igualdad y el respeto entre las personas.

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Un vocero obsceno por Jorge Bruce

Fuente: Perú.21

Son varias las razones por las cuales los ataques del congresista Mulder a la defensora del Pueblo, Beatriz Merino, son inaceptables y deben ser parados en seco. Sería demasiado pedir que el insulto en sí fuera erradicado de la vida política. La agresividad es parte integrante de la lucha por el poder y, desgraciadamente, las personas como Valentín Paniagua, capaces de mantenerse estrictamente en el ámbito argumental, son excepcionales. Por eso es que desde ya lo extrañamos tanto. En cambio los congresistas con incontinencia verbal son la norma. En ese ambiente hostil y degradado, en que las ideas estorban, el que escupe, patea o insulta más rápido lleva las de ganar.

Pero todo esto lo aguantamos con resignación y hasta con cierto goce secreto por el escándalo y el vejamen infligido a otros. Es la naturaleza y circunstancias de lo que Mulder ha groseramente insinuado -si se permite el oxímoron- a Merino, lo que hace de este un caso ejemplar. “Hay que estar siempre sacando a la señora (Merino) y a la Defensoría del Pueblo del clóset”, dijo, refiriéndose a la posición de esa institución respecto del conflicto entre la empresa Pluspetrol y la comunidad achuar. “¿Por qué no viaja allí e impone el peso de su liderazgo y de su cargo y empieza a tratar de resolver los problemas, que es lo que le corresponde?”, agregó. De este modo condensó en su diatriba dos formas distintas de discriminación. Porque si traducimos la ‘elegante’ ironía del congresista aprista, lo que le ha dicho a la defensora es lesbiana y gorda.

Las vueltas que da la vida: algo parecido hizo su archienemigo Fernando Olivera durante el régimen anterior, agrediendo en parecidos términos a la entonces primera ministra Merino. Pueda que se odien, pero en la homofobia y la exclusión son hermanos. Para políticos como Mulder la opción sexual -sea cual fuere- o la apariencia física de una persona son materia de descalificación y eliminación. Excepto que se trate de Víctor Raúl, claro está. Fue el mismo congresista quien azuzó y justificó las agresiones físicas contra Toño Angulo por la publicación de su libro Llámalo amor si quieres, en una de cuyas crónicas se explora el antiguo rumor de la homosexualidad de Haya de la Torre. No obstante, el texto de Angulo está escrito con respeto y cariño por la figura del líder histórico del Apra. Asimismo, habría sido indigno y absurdo combatir las opiniones del Jefe Máximo aludiendo a su obesidad. Entonces, ¿lo que es inadmisible con Víctor Raúl está permitido con Beatriz?

Pero acaso lo más importante son las circunstancias en que se manifiestan esta intolerancia, estos prejuicios, esta discriminación. La señora Merino está cumpliendo con su deber cuando asume la defensa de los achuares. Ese es su trabajo. Ella representa a una institución que se ha ganado, cosa rara en nuestro país, el reconocimiento de la población, gracias al trabajo de los sucesivos equipos liderados por Jorge Santistevan, Walter Albán y Beatriz Merino. No podemos permitir que la discrepancia institucional sea tramitada en términos que, bien mirado, nos ofenden a todos. Nuestra sociedad requiere y exige precisamente lo contrario. Intervenciones como esas, en que el agravio viene manchado de infamias comparables a las racistas, solo acentúan las divisiones, alejan la integración, fomentan la discordia. El daño que causan a la vida pública es mucho más grave que unas cuantas carcajadas sarcásticas. Y el mensaje que propalan es de amedrentamiento lumpen: si te metes con nosotros, te vamos a romper el alma, es decir, la imagen. Sería muy útil que los máximos dirigentes gubernamentales se encargaran de moderar con firmeza, de preferencia públicamente, los exabruptos de Mauricio Mulder. Con su silencio están confirmando lo que sospechamos: les conviene contar con un operador obsceno, encargado del trabajo sucio.

¿Quiere opinar y compartir sus observaciones?
¿Quiere contar casos en los que se haya sentido discriminado/a?
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Estoy mejor calladito por Umberto Eco, filósofo

Fuente: El Comercio
Creo que han pasado ya quince años desde que escribía que Europa, al cabo de algunas décadas, se convertiría en un continente multicolor, pero que el proceso costaría lágrimas y sangre. No era un profeta, sencillamente una persona con sentido común. Sin pensar en los atentados terroristas, me basta con ver lo que agita los ánimos estos días.

En Francia, un profesor de bachillerato escribe cosas muy críticas hacia la religión musulmana y corre peligro de muerte. En Berlín se quita de la programación un Idomeneo de Mozart donde aparecen cortadas las cabezas no solo de Jesús y Buda, sino también de Mahoma. No hablo del Papa, que en el fondo, a su edad, debía entender que hay una cierta diferencia entre la lección universitaria de un profesor cualquiera y el discurso de un Pontífice transmitido por todas las televisiones y que, por lo tanto, quizá debía haber sido más cauto (claro que los que han tomado como pretexto una cita histórica para intentar desencadenar una nueva guerra de religión no están entre aquellos con los que querría salir a cenar).

Sobre el caso del profesor Redeker ha escrito un buen artículo Bernard-Henri Lévy: podemos no estar de acuerdo con lo que piensa, pero debemos defender su derecho a expresar una opinión libre en materia religiosa. Sobre el caso del Idomeneo, el ex embajador Sergio Romano escribe en “Corriere della Sera” lo que intento retomar con términos míos, de los cuales no es responsable él: si un director loco por estar a la última pone en escena una ópera de Mozart introduciendo en ella las cabezas cortadas de algunos fundadores de religiones, mientras a Mozart ni se le habría ocurrido, lo menos que se puede hacer es correrlo a patadas, pero por razones estéticas y filológicas, como a patadas habría que tratar a esos directores que representan el Edipo Rey con los personajes en traje de chaqueta. El mismo día en que todos esos artículos aparecían en el “Corriere”, en otro diario italiano, “La Repubblica”, un músico insigne como Daniel Barenboim, aun preguntándose con sensatez si de verdad estaba en el espíritu mozartiano aventurarse en esa puesta en escena, apelaba a la libertad del arte. Creo que mi amigo Daniel estaría de acuerdo en deplorar que hace años se criticara (o prohibiera) la puesta en escena del “Mercader de Venecia” de Shakespeare porque se inspiraba ciertamente en un antisemitismo común a su época (y antes aún, de Chaucer en adelante), pero que nos muestra en Shylock a un caso humano y patético. Pero he aquí ante qué nos encontramos: ante el miedo de hablar. Y recordando que estos tabúes no se les pueden imputar exclusivamente a los fundamentalistas musulmanes (que en cuanto a susceptibilidad no bromean), sino que empezaron con la ideología de lo políticamente correcto, inspirada de por sí en el sentido del respeto hacia todos, pero que a estas alturas impide contar, por lo menos en Estados Unidos, chistes no digo sobre los hebreos, musulmanes o minusválidos, sino sobre escoceses, genoveses, belgas, policías, bomberos, basureros y esquimales (que no debería llamarlos así, pero si los llamo como ellos quisieran, nadie entendería de quién hablo).

Hace unos veinte años, enseñaba en Nueva York y, para mostrar cómo se analiza un texto, elegí, casi por casualidad, un relato en donde (en una sola línea) un marinero con un lenguaje deslenguado definía la vulva de una prostituta “ancha como la misericordia de…” y pongo los puntos suspensivos en lugar del nombre de una divinidad. Al final, se me acercó un estudiante evidentemente musulmán que respetuosamente me regañó por haberle faltado el respeto a su religión. Le respondí, obviamente, que yo solo estaba citando una vulgaridad ajena, pero que en cualquier caso le pedía disculpas. Al día siguiente, introduje en mi discurso una alusión poco respetuosa a un personaje insigne del Panteón cristiano. Todos se echaron a reír, y él se unió a la hilaridad general. Entonces, al final, le tomé del brazo y le pregunté por qué le había faltado el respeto a ‘mi’ religión. Y luego intenté explicarle la diferencia entre hacer una alusión de broma, tomar el nombre de Dios en vano y proferir blasfemias, invitándolo a una mayor tolerancia. Las disculpas las pidió él; yo confío en que entendiera. Lo que quizá no entendiera es la extremada tolerancia del mundo católico: en una ‘cultura’ de la blasfemia, donde un creyente timorato de Dios puede definir al ente supremo con adjetivos que no se pueden repetir.

Claro que no todas las relaciones educativas pueden ser pacíficas y cívicas como las que tuve con mi estudiante. Para lo demás, mejor callar. ¿Pero qué sucederá en una cultura en la que, por temor a meter la pata, ni siquiera los estudiosos osarán ya referirse (lo digo por decir) a un filósofo árabe? Derivaría una damnatio memoriae, se borraría una respetable cultura distinta a través del silencio. Y no resultaría útil al conocimiento y a la comprensión recíprocas.

UMBERTO ECO ES AUTOR DE “EL NOMBRE DE LA ROSA” Y DE “EL PÉNDULO DE FOUCAULT”.
TRADUCCIÓN DE HELENA LOZANO MIRALLES
© 2006 UMBERTO ECO/L’ESPRESSO. DISTRIBUIDO POR THE NEW YORK TIMES SYNDICATE EXCLUSIVO PARA EL DIARIO EL COMERCIO EN EL PERÚ.

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Madeinusa: Dossier

En el mundo blog peruano se ha armado un gran debate alrededor de la película Madeinusa, dirigida por Claudia Llosa. Como muestra de lo que se viene discutiendo, presentamos aquí un dossier de la mayor parte de los argumentos (a favor y en contra) de esta ópera prima.

Entrevista a Claudia Llosa

- Zona de Noticias (Paolo de Lima)

- El Útero de Marita (Marco Sifuentes)

- Puente Aéreo (Gustavo Faverón)

- Blog de Gonzalo Portocarrero

- Moleskine (Iván Thays)

- Columna de Fernando Vivas

- Cinencuentro

- La cinefilia no es patriota

- Gran Combo Club (Silvio Rendón)

- Virtù e fortuna (Martín Tanaka)

- Servicio de Información indígena

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“América Latina todavía no acepta el Estado de derecho”. Entrevista a Fernando Henrique Cardoso

Fuente: El País

El diagnóstico de Fernando Henrique Cardoso (Río de Janeiro, 1931) sobre Brasil, y sobre América Latina en su conjunto, es solvente porque lo emite un sociólogo y un político que ha sido gobernante y ha dedicado toda su vida intelectual a procurar la convivencia de desarrollo y democracia. Los golpes militares y las crisis financieras ocurridos en una zona del mundo carente de sólida vertebración institucional lo impidieron durante decenios. Invitado por el Banco Privado Portugués, Cardoso imparte mañana una conferencia en el auditorio IESE Business School de Madrid. El socialdemócrata brasileño, que siempre prescindió del radicalismo en sus análisis, fundó el Partido de la Socialdemocracia Brasileño (PSDB), cuyo candidato, Geraldo Alckmin, disputará la presidencia de la república al presidente Inácio Lula Da Silva en la segunda vuelta electoral, fijada para el próximo día 29.
Pregunta. ¿Puede haber sorpresas en esa segunda vuelta?

Respuesta. Todavía es muy incierta. Pero yo diría que, hoy, Lula perdería.

P. El presidente tiene muy buena imagen entre los sectores progresistas de la sociedad española.

R. Porque saben menos que nosotros.

P. Usted lo elogió mucho. Ahora lo ataca. ¿Es electoralismo o Lula cambió mucho?

R. Sí. La verdad es que lo que pasó en estos últimos dos años ha sido una sucesión de escándalos y una confusión muy grande entre la esfera pública y la privada, y se entiende como privada el partido (Partido de los Trabajadores, izquierda, en el Gobierno). No veo que Lula haya tomado el liderazgo del asunto para poner un punto final a todo esto y abrir caminos nuevos, ni un diálogo nuevo. Nada. Se acomodó a la situación. Una elección que podía haber ganado con relativa facilidad, porque la situación económica es favorable, ahora la afronta con apuros.

P. ¿Lula era consciente de la corrupción?

R. No deseo hacer una afirmación categórica porque no lo sé, pero también sería escandaloso que no se hubiera dado cuenta después, y que no actuara en función de lo que pasó.

P. No parece que los escándalos hayan castigado a la economía brasileña.

R. No, no. La economía brasileña está fuerte y la economía internacional, también. A Lula le tocó una coyuntura muy favorable durante su mandato. Él siguió el mismo rumbo que nosotros habíamos empezado. No hubo ningún cambio significativo en esta materia. Quizá hubiera debido cambiar algo, pero no lo hizo. Sin embargo, el viento sopla a favor. El problema no viene por ahí. Lo más grave es la utilización del aparato público para fines partidistas. Eso es lo grave.

P. ¿Está muy generalizada esa práctica?

R. Tengo la impresión de que sí porque implica a mucha gente en diferentes sectores. Todo eso va encadenado, porque se ha descubierto también que en los municipios controlados por el PT ya había comenzado ese mismo deterioro.

P. Lula dice que Brasil está mucho mejor que cuando se lo entregó usted.

R. Ojalá fuera verdad, aunque en ciertos puntos quizá sí porque el tiempo pasa; pero la reforma del Estado, por ejemplo, está paralizada. Y tomemos el asunto donde el Gobierno hace más hincapié para defender su gestión: las becas para la distribución de renta. Empezaron en mi mandato. Aprobé tipos distintos de becas, pero él juntó todas en una sola y redujo el control de lo que se hace con esa plata (dinero). Por ejemplo, cuando yo era presidente teníamos la beca para la escuela. La madre recibía una plata a condición de que el hijo asistiera al 85% de las clases. Había otras becas para sacar del trabajo a los niños; otra para las mujeres embarazadas…, pero siempre con una contrapartida de promoción social. No se daba solamente plata. Ahora se ha convertido en un mecanismo de distribución de dinero sin un control más efectivo, una evaluación. Y además se ha hecho una politización del proceso. Pero no hay duda de que con eso ha mejorado la condición de vida de mucha gente. Yo lo empecé, pero avanzaron. Es verdad.

P. Gane quien gane, Brasil queda políticamente dividido. ¿Hasta qué punto se verá afectada la gobernabilidad del país?

R. Habrá dificultades, pero la división política no deriva de esta crisis, sino del sistema de votos proporcional para la Cámara de Diputados: la norma electoral de Brasil fragmenta mucho el sistea de partidos. Los partidos tienen poca capacidad de cohesionarse y el presidente tiene que negociar al por menor con los grupos políticos. Es un problema estructural. Yo lo tenía, pero no lo solucioné como Lula: comprando votos. Traté de hacer algunos acuerdos con los partidos grandes. Él lo hizo con los pequeños en un intercambio de apoyo por recursos políticos y financieros. Eso está mal.

P. ¿Es posible el entendimiento entre su partido y la izquierda?

R. En Chile hubo la concertación, que definió una pauta, y ellos siguen esa pauta hace mucho tiempo; acá no hubo concertación. Hay una pelea básicamente entre dos polos: el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Socialdemócrata, pero cuando se miden las políticas no son distintas. Hay una cierta continuidad, aunque cada uno defienda que hizo más que el otro. Desde el punto de vista nacional, eso no tiene sentido. Bien o mal, hay una cierta capacidad de avanzar en Brasil. Yo no soy pesimista en ese aspecto. No habrá una crisis institucional.

P. ¿Y América Latina? ¿Brasil ha perdido capacidad de liderazgo regional?

R. Sí. Creo que Brasil perdió la capacidad de liderazgo. América Latina tiene hoy un eje en el Pacífico y otro en el Atlántico. Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay) más Venezuela y Bolivia, por un lado, y Chile, que se ha asomado al mercado andino y a México. Es la primera vez que ocurre una división de esta naturaleza, que tiene un alcance casi ideológico en conjunto. Brasil, que nunca fue un país arrogante, no pretendía el liderazgo, pero por su peso y por su sentido común era capaz, de alguna manera, de equilibrar el continente. Y yo creo que eso lo hemos perdido. El liderazgo de Hugo Chávez es ahora visible.

P. ¿Qué opinión le merece el presidente venezolano?

R. Es un tipo con una formación militar y un interés popular. La suma de las dos características es Chávez. Tiene además una visión estratégica y militar. Ya tiene los enemigos: Estados Unidos y la globalización. Y como militar es audaz: va a Corea del Norte, va a Libia, va a Irán; pero simultáneamente cuenta con esa visión popular. Y ejecuta una fuerte distribución de renta con el petróleo, que paga todo eso.

P. Aunque elegido democráticamente, muchos no le reconocen como demócrata.

R. Es militar. Tiene una vocación más autoritaria, pero la verdad es que no ha sobrepasado el límite. Todavía busca el voto para la legitimación. Hay que incidir en ello. Pero aparte de la retórica sobre Bush u otros asuntos, la historia va a juzgar si fue o no capaz de utilizar los réditos del petróleo para cambiar la economía y la sociedad venezolana.

P. Un cuarto de siglo después de las dictaduras militares, las sociedades latinoamericanas presentan vicios muy antiguos: la corrupción, la fragilidad institucional, las carencias en educación, en vivienda o en sanidad, el clientelismo, la incompetencia política…

R. Así es, con la excepción quizá de Chile, Uruguay o incluso Colombia. No hemos dado el gran salto adelante para dejar atrás esos problemas.

P. ¿A qué atribuye el enquistamiento de tales lacras?

R. Hay un peso importante del patrimonialismo, que es ibérico también: portugués y español. Pero otro factor es que en América Latina nunca hemos aceptado realmente las economías de mercado. España sí tomo la decisión de hacerlo realmente, Chile también; pero en América Latina hay cierta ambigüedad en la materia y eso abre un espacio al patrimonialismo, al clientelismo. Las reglas son rígidas, no se acepta el Estado de derecho, ni siquiera la ley. Creo que es la pelea que tenemos que seguir dando. Yo por lo menos la doy todo el tiempo en Brasil.

P. Pero los partidos, que debieran liderar esas transformaciones, no tienen credibilidad social, ni, en muchos casos, voluntad.

R. No cabe duda. Nos falta una organización política más clara, envasada en valores, en principios, con una visión del mundo.

P. Algunas encuestas alertan sobre el debilitamiento de la democracia en América Latina, hasta el punto de que un porcentaje de sus habitantes aceptaría sacrificarla a cambio de prosperidad económica.

R. No. No lo creo. Son encuestas que deben ser analizadas en un contexto determinado. La realidad es que tan pronto empieza a disminuir la libertad, la gente reclama la libertad. Dos puntos han quedado solucionados en nuestro continente: la democracia, la libertad de prensa, sindical, de partidos, de religión. Y el otro es que hemos logrado, bien o mal, organizar nuestras economías para la globalización. No todos los países, pero Brasil, Chile, sí; México, sí… Hubo avances. No hay tanto retroceso como la gente piensa.

P. La integración latinoamericana apenas avanza, pero ¿qué futuro tiene el ALCA? (Área de Libre Comercio de las Américas, promovido por EE UU).

R. Estados Unidos y Brasil tomaron ya la decisión de no marchar más con el ALCA. Cada cual hace los acuerdos que quiera. ¿Qué hacen los Estados Unidos? Pues acuerdos bilaterales con México, Chile, Perú y Centroamérica, y aíslan el Mercosur. Perdimos las preferencias que teníamos. Las gana Estados Unidos.

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La (i)racionalidad de Sadam Hussein por Martín Tanaka

Fuente: Blog de Martín Tanaka

Como algunos saben, uno de los temas que me interesan es el estudio de las formas de racionalidad. Sobre el punto, escribí hace ya algunos años un texto, en el que me identifico con un modelo de racionalidad “complejo” y no con un modelo de racionalidad “ingenuo”. Ver “Individualismo metodológico, elección racional, movilización de recursos y movimientos sociales: elementos para el análisis” (en Debates en Sociología, nº 19, Revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1994).

Un tema muy interesante para analizar estos asuntos el de la invasión de Irak, y en particular, la racionalidad de Sadam Hussein. Sobre el tema en general me pronuncié en su momento, y mi posición puede verse en el artículo “”>El pensamiento de los ‘halcones’ de la Casa Blanca ” (en: Que Hacer, nº 141, marzo-abril 2003. Lima, DESCO (p. 7-13). Recientemente, se publicó en la revista Foreign Affairs en español un fascinante artículo que da luces sobre la racionalidad de Sadam Hussein:

“El engaño de Hussein visto desde dentro”, de Kevin Woods, James Lacey y Williamson Murray (Foreign Affairs en español, julio-septiembre 2006).

Ver aquí

A primera vista, Hussein aparece como un actor totalmente irracional: no tenía armas de destrucción masiva (ADM), pero no permitió una amplia inspección internacional que despejara las legítimas dudas al respecto; esto hizo posible que la suposición de su existencia justificara la invasión, lo que hizo que al final terminara derrocado y encarcelado. Si no tenía ADM, ¿por qué no colaborar entonces con los inspectores y evitar la invasión?

El artículo de Woods, Lacey y Murray da muchos elementos que ilustran la irracionalidad de Hussein, que en ciertos aspectos aparece como un dictadorzuelo de republiqueta bananera. Asesinar a quienes le dan malas noticias, o planear maniobras bélicas con ejércitos inexistentes, recuerdan al delirio de Hitler en el bunker del final de sus días. Si Hussein era un actor irracional, entonces no podía responder a incentivos, y por lo tanto, era muy poco lo que las potencias occidentales o la ONU podrían haber hecho para que cumpliera con los mandatos internacionales.

Sin embargo, el artículo señala también algunos supuestos de política internacional que manejaba Hussein, y que permiten darle inteligibilidad y razonabilidad a algunas de sus decisiones. Hussein pensó que E.U. nunca “se atrevería” a invadir, considerando la oposición interna que enfrentaría, así como la condena internacional, donde la conducta de Rusia y Francia aparece como fundamental. Bajo el supuesto de que E.U. no invadiría, Hussein jugó a ser ambiguo respecto a la existencia de ADM. La posibilidad de su existencia le permitía consolidar su frente interno, su imagen como potencia regional, y disuadir a potenciales agresores. La amenaza de E.U. no resultó creíble para Hussein, básicamente por la acción de otras potencias occidentales, que optaron por desempeñar un papel de “contrapoder” respecto a los E.U. Esto hizo que Hussein llegara a pensar, incluso cuando las tropas norteamericanas cercaban Bagdad, que no llegarían a derrocarlo.

Según estos cálculos, la conducta de Hussein muestra cierta racionalidad, y nos permite entender las decisiones que tomó antes de caída. Si este modelo de racionalidad es correcto, encuentro entonces evidencia que fortalece una de las tesis que sostuve en mi artículo de 2003: que si alguna opción existió de evitar la guerra y lograr el desarme de Irak, esto implicaba que para Hussein la amenaza de invasión fuera creíble, para lo cual era necesario que las potencias occidentales se mostraran unidas detrás de la exigencia de no poner ninguna restricción a la acción de los inspectores de la ONU. Ello no pudo ocurrir por la posición de Rusia, Francia y otros, que jugaron por el contrario a erigirse en contrapoderes a la acción de E.U. e Inglaterra.

Finalmente, creo que el tiempo también confirmó, lamentablemente, los temores respecto al fracaso de las tareas de “State-Building” y la ineficacia de la invasión para lograr el objetivo de lograr un mundo más seguro; así como la previsión del progresivo desgaste de la posición de los “halcones” dentro de la Casa Blanca.

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En la calle, de punta en blanco por Beatriz Sarlo

Fuente: El Clarín

Está todas las mañanas en la puerta del banco,sobre la avenida.Lo que vende es una originalidad dentro de las ofertas repetidas en la calle. En una caja de cartón blanco hay manteles,o mejor dicho lo que él llama cubremanteles de plástico transparente,un objeto que se impuso casi al mismo tiempo que llegaba el plástico a la Argentina, hace cincuenta años.

El cubremantel de plástico hizo inmediatamente sistema con los métodos barrocos y obsesivos de protección doméstica:carpetas para apoyar centros de mesa, tablitas para la pava o la tetera, bandejas para las bebidas,fundas para los sillones y las sillas, posavasos,posafuentes.El cubre mantel ofrece una especie de invisibilidad pactada:hago como si fuera invisible y todo el mundo hace como que no me ve,pero estoy allí para evitar los círculos morados de los vasos de vino tinto,las salpicaduras de salsa de tomate o de café con leche. Considerado siempre como un objeto poco distinguido ,el plástico transparente delataba que,en esa casa,la gente era prolija y no podía permitirse el riesgo de arruinar un buen mantel blanco,quizás bordado a mano.Incluso se da el caso de vistosos manteles de plástico, cubiertos a su vez por extensio- nes de otro plástico transparente que atenuarían la posible quemadura de un cigarrillo o la marca de una fuente recién sali- da del horno.El cubremantel es una especie de custodio de todas las distracciones. Hoy encuentra otros usos.

Los que viven en la calle aprecian una gran superficie de plástico que les permita envolver sus pertenencias durante el día,una especie de gran funda tendida sobre las bolsas que quedan estacionadas en zaguanes ciegos y en plazas,y que de noche protege la cama del que duerme a la intemperie.Carritos de supermercado,bolsos y plásticos son los muebles de los ambu- lantes.Lejos de la pulcritud de una casa que se libera de sus fundas y coberturas sólo en ocasiones especiales (oca- siones que,en general,producen un resultado abundante en manchas),el plástico tiene otra función para la pobreza urbana. El señor en la puerta del banco no le vende,por supuesto, a los sin casa,que ya han levantado sus cosas a esa hora de la mañana.Como sea,lo que interesa no es sólo el objeto que ofrece,sino él mismo.Todo en él evoca al empleado de una pequeña tienda de la década del cincuenta,precisamente los años donde se impuso la utilización de los manteles plásticos. Con un mantel doblado sobre el brazo,como si fuera una especie de servilleta o un lienzo que mostrará a alguna clienta, ofrece en voz baja su mercadería,sin mencionar el precio.Está impecable con su saco blanco, que usa casi todo el año,salvo en el corazón del invierno.El peinado con raya y los bigotes finos: alguien así hemos visto en películas,un hombre de buenos mo- dales y ropa que fue distinguida y sigue siendo prolija aunque los años transcurridos la coloquen irremediablemente en el pasado fatal de lo que ya no se usa.Al lado de gente envuelta en conjuntos deportivos, parece un figurín de 1920,un hombre vestido para mostrarse entre gente que no reconoce su atildamiento e,incluso,que puede tomarlo por una especie de caprichosa extravagancia.

¿Qué sucede con esta ausencia de sintonía entre el hombre y la gente que pasa a su lado?Me pregunto si él percibe su diferen- cia,si la búsqueda de una elegancia fuera de época es algo inevitable,porque no tiene otro ,o deliberado,porque es su forma de estar vestido para realizar un trabajo,su idea de la respetabilidad.El hombre tiene unos setenta años y,por lo tanto, puede darse cuenta de que,aunque esté vendiendo sus cubremanteles por la calle,se parece más a un dependiente de tienda que podría inclinar su cuerpo sobre el mostrador de madera lustrosa,bajar de un estante una pieza de lanilla o de viyela,tocarla con dos dedos para alentar a que su interlocutor haga lo mismo y experimente en la textura la calidad de la oferta,decir un precio,hacer cálculos de la cantidad necesaria,tomar el metro y cortar,por fin,lo que el cliente ha decidido. Vendiendo cubremanteles el hombre parece igualmente convencido de la calidad de la mercadería que ofrece;conoce todosobre esas piezas de plástico y podría dar consejos a sus compradores.Tiene una especie de dignidad de oficio,como si vender cubremanteles no fuera una actividad sencilla para la cual no es necesario saber nada,sino un comercio que requiere cierta experiencia y especialización. Cualquiera puede vender un plástico,pero un cubremantel es otra cosa,una especie de instrumento subsidiario pero indispensable de la decoración hogareña,el escudo protector de la pulcra domesticidad.El saco blanco es una extensión imaginaria de la promesa que el cubremantel simboliza:ni una mancha,todo tan impecablecomo los zapatos del hombre que,increíblemente,también son blancos.

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Lo estatal: ¿mal necesario o bien primario? Por Pepi Patrón

Fuente: La República

Hace algunas semanas hablábamos en esta columna de la debilidad de lo público en nuestro país. Por público aludíamos no a las empresas del Estado, sino a aquello que nos concierne a todos. Consignábamos cómo y cuánto lo público se ha vuelto sinónimo de deficiente, por ejemplo, en términos de salud, educación o transporte.

De la crítica de lo existente a la condena de lo necesario hay un abismo. Que el nuestro falle, no significa que todo lo que viene del Estado tenga que ser malo o condenable. Criticar instituciones del Estado o algunas de sus administraciones de turno no es condición necesaria ni suficiente para proponer su desaparición. Los problemas reales de la televisión estatal no implican que, por principio, un canal público no deba existir.

Son reiterativas, hace algún tiempo, críticas radicales, que se reclaman antiintervencionistas, a la existencia de cuotas electorales –sean de mujeres o de jóvenes–, a la existencia del canal estatal o a la posibilidad de limitar ciertos contenidos noticiosos.

Creo que lo que subyace a estas críticas es la idea, que es una petición de principio, que el mercado por sí solo, o por la famosa y manipulada mano invisible, puede ocuparse de todo y resolverlo todo, desigualdades incluidas. ¡Como si estas no fueran, también, causadas por el mercado! Locke, fundador del pensamiento liberal en el siglo XVIII, definió al Estado como un medio para defender la propiedad privada. Pero de eso hace varios siglos y ya suena un poco viejo. Resulta irónico hacer de todo lo estatal lo malo de la película, cuando hay muchos, muchísimos, lugares de nuestro país en los que se necesita su presencia (eso sí, eficaz, eficiente y transparente).

Con argumentos del mismo tipo se cuestionan las políticas de cuotas electorales. Son políticas temporales, para resolver desigualdades extremas. Caso de mujeres o de jóvenes. Se equivocan quienes creen que esto es reconocer una inferioridad que reclama un paternalismo o maternalismo protector. Es atender a diferencias que se convierten históricamente en serias asimetrías. En este caso de acceso al poder político.Y eso solo lo puede hacer el Estado. La crítica en nombre de un purismo de oferta y demanda electoral, supone que solo desde esta lógica se pueden resolver problemas que, sin embargo, requieren decisiones y acciones específicas.

Tampoco hay que satanizar la posibilidad del autocontrol o control de la calidad de la información que brindan los medios. Esto no es censura. Es cierto que la información por sí misma no provoca violaciones o crimen o terrorismo. ¿Pero acaso un poco de buen gusto, hasta estético, vendría mal?

Como dice la gente sensata, lo perfecto es enemigo de lo bueno. O como decía Aristóteles, ni el exceso ni el defecto: el justo medio. Como una buena experiencia, para el caso, el autocontrol del Consejo de la Prensa Peruana, cuyo Tribunal de Ética cumple un magnífico papel, intentando vincular el ejercicio de la profesión con la ética. Otra vez, se puede pensar en lo bueno para todos, lo público en su sentido más fuerte. Cuando los medios nos informan responsablemente sobre el robo de documentos de nuestros archivos, ello permite que instituciones del Estado intervengan y tomen el asunto en sus manos.

Si hay una distinción que debería ser fundamental en el Perú, y no lo es, es aquella entre Estado y gobierno. El canal estatal no puede, no debe ser en absoluto un canal del gobierno de turno. La magnífica tradición de medios de comunicación estatales de las democracias europeas está ahí para probarlo. Sin duda lo privado, desde los años ochenta en Europa surgió para diversificar la oferta, que era solo estatal. Será bueno, a la inversa, que en el Perú lo público/estatal sirva para diversificar la oferta de lo privado.

Un poco de cultura y de pluralidad no hace mal a nadie. El fundamentalismo del mercado, por más libertad que reclame, sigue siendo fundamentalismo.

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