Archive for nacionalismos

Estoy mejor calladito por Umberto Eco, filósofo

Fuente: El Comercio
Creo que han pasado ya quince años desde que escribía que Europa, al cabo de algunas décadas, se convertiría en un continente multicolor, pero que el proceso costaría lágrimas y sangre. No era un profeta, sencillamente una persona con sentido común. Sin pensar en los atentados terroristas, me basta con ver lo que agita los ánimos estos días.

En Francia, un profesor de bachillerato escribe cosas muy críticas hacia la religión musulmana y corre peligro de muerte. En Berlín se quita de la programación un Idomeneo de Mozart donde aparecen cortadas las cabezas no solo de Jesús y Buda, sino también de Mahoma. No hablo del Papa, que en el fondo, a su edad, debía entender que hay una cierta diferencia entre la lección universitaria de un profesor cualquiera y el discurso de un Pontífice transmitido por todas las televisiones y que, por lo tanto, quizá debía haber sido más cauto (claro que los que han tomado como pretexto una cita histórica para intentar desencadenar una nueva guerra de religión no están entre aquellos con los que querría salir a cenar).

Sobre el caso del profesor Redeker ha escrito un buen artículo Bernard-Henri Lévy: podemos no estar de acuerdo con lo que piensa, pero debemos defender su derecho a expresar una opinión libre en materia religiosa. Sobre el caso del Idomeneo, el ex embajador Sergio Romano escribe en “Corriere della Sera” lo que intento retomar con términos míos, de los cuales no es responsable él: si un director loco por estar a la última pone en escena una ópera de Mozart introduciendo en ella las cabezas cortadas de algunos fundadores de religiones, mientras a Mozart ni se le habría ocurrido, lo menos que se puede hacer es correrlo a patadas, pero por razones estéticas y filológicas, como a patadas habría que tratar a esos directores que representan el Edipo Rey con los personajes en traje de chaqueta. El mismo día en que todos esos artículos aparecían en el “Corriere”, en otro diario italiano, “La Repubblica”, un músico insigne como Daniel Barenboim, aun preguntándose con sensatez si de verdad estaba en el espíritu mozartiano aventurarse en esa puesta en escena, apelaba a la libertad del arte. Creo que mi amigo Daniel estaría de acuerdo en deplorar que hace años se criticara (o prohibiera) la puesta en escena del “Mercader de Venecia” de Shakespeare porque se inspiraba ciertamente en un antisemitismo común a su época (y antes aún, de Chaucer en adelante), pero que nos muestra en Shylock a un caso humano y patético. Pero he aquí ante qué nos encontramos: ante el miedo de hablar. Y recordando que estos tabúes no se les pueden imputar exclusivamente a los fundamentalistas musulmanes (que en cuanto a susceptibilidad no bromean), sino que empezaron con la ideología de lo políticamente correcto, inspirada de por sí en el sentido del respeto hacia todos, pero que a estas alturas impide contar, por lo menos en Estados Unidos, chistes no digo sobre los hebreos, musulmanes o minusválidos, sino sobre escoceses, genoveses, belgas, policías, bomberos, basureros y esquimales (que no debería llamarlos así, pero si los llamo como ellos quisieran, nadie entendería de quién hablo).

Hace unos veinte años, enseñaba en Nueva York y, para mostrar cómo se analiza un texto, elegí, casi por casualidad, un relato en donde (en una sola línea) un marinero con un lenguaje deslenguado definía la vulva de una prostituta “ancha como la misericordia de…” y pongo los puntos suspensivos en lugar del nombre de una divinidad. Al final, se me acercó un estudiante evidentemente musulmán que respetuosamente me regañó por haberle faltado el respeto a su religión. Le respondí, obviamente, que yo solo estaba citando una vulgaridad ajena, pero que en cualquier caso le pedía disculpas. Al día siguiente, introduje en mi discurso una alusión poco respetuosa a un personaje insigne del Panteón cristiano. Todos se echaron a reír, y él se unió a la hilaridad general. Entonces, al final, le tomé del brazo y le pregunté por qué le había faltado el respeto a ‘mi’ religión. Y luego intenté explicarle la diferencia entre hacer una alusión de broma, tomar el nombre de Dios en vano y proferir blasfemias, invitándolo a una mayor tolerancia. Las disculpas las pidió él; yo confío en que entendiera. Lo que quizá no entendiera es la extremada tolerancia del mundo católico: en una ‘cultura’ de la blasfemia, donde un creyente timorato de Dios puede definir al ente supremo con adjetivos que no se pueden repetir.

Claro que no todas las relaciones educativas pueden ser pacíficas y cívicas como las que tuve con mi estudiante. Para lo demás, mejor callar. ¿Pero qué sucederá en una cultura en la que, por temor a meter la pata, ni siquiera los estudiosos osarán ya referirse (lo digo por decir) a un filósofo árabe? Derivaría una damnatio memoriae, se borraría una respetable cultura distinta a través del silencio. Y no resultaría útil al conocimiento y a la comprensión recíprocas.

UMBERTO ECO ES AUTOR DE “EL NOMBRE DE LA ROSA” Y DE “EL PÉNDULO DE FOUCAULT”.
TRADUCCIÓN DE HELENA LOZANO MIRALLES
© 2006 UMBERTO ECO/L’ESPRESSO. DISTRIBUIDO POR THE NEW YORK TIMES SYNDICATE EXCLUSIVO PARA EL DIARIO EL COMERCIO EN EL PERÚ.

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La deshonra rusa por Josep Ramoneda

Fuente: El País

En La deshonra rusa, Ana Politkovskaya señalaba tres razones por las que no le gustaba Putin: el racismo, un racismo a menudo invisible, como es propio del siglo XXI, que se va extendiendo por todo el país; la antirreconciliación, es decir, la voluntad de mantener a la ciudadanía en permanente combate contra un enemigo, en este caso, el mal caucasiano; y la justicia sumaria, “cargarse a los terroristas en los meaderos”, conforme a la célebre frase de Putin; otorgar a las fuerzas de seguridad y sus círculos concéntricos poder para actuar permanentemente bajo el principio de excepción de la ley.
El pasado sábado Ana Politkovskaya fue víctima de esta justicia sumaria que ella denunció. Es muy probable -sobre todo si Estados Unidos y Europa siguen hipnotizados ante Putin- que las versiones oficiales del caso atribuyan el asesinato a un perturbado, un borracho, un asaltante callejero o un enemigo personal de la periodista. Ana Politkovskaya, como todo periodista crítico en Rusia (y quedan ya muy pocos) había sido amenazada desde todo tipo de instancias oficiales y paraoficiales y había sido señalada repetidamente como un enemigo, especialmente por parte del Gobierno títere que Putin instala en Chechenia. De modo que sólo hay dos hipótesis verosímiles para su asesinato: o ha sido ordenado y organizado directamente desde el poder ruso, ya sea en su versión central o en su versión chechena, a través de cualquier terminal de los servicios de seguridad (la hipótesis más probable); o ha sido obra de gente contaminada y alentada por el discurso nacionalista desplegado por los medios del poder, es decir, casi todos los medios de comunicación, que convierten a cualquier discrepante en traidor a la patria.

“La Rusia de Putin -había escrito la Politkovskaya- es moralmente aún más sucia que la de Yeltsin. Se parece a un vertedero cubierto de basura y de zarzas”. La infección que produjo “la gangrena moral” de Rusia tiene sus orígenes en el pasado soviético, pero su raíz inmediata en la guerra de Chechenia. “La guerra no se habría iniciado -dice la periodista- si el teniente coronel Putin, poco conocido de la opinión pública, no hubiese necesitado aumentar sus cuotas de popularidad para las elecciones presidenciales”. Putin buscó en la sangre de Chechenia su legitimidad y sobre ella ha construido un régimen neoautoritario que se caracteriza porque todos los hilos del poder (ejecutivo, judicial, legislativo, económico y mediático) convergen ya no sólo en el Kremlin, sino directamente en el despacho del presidente; y porque la Constitución -al modo de lo que ocurría en la Unión Soviética- es irrelevante, porque son las prácticas políticas y judiciales que la arbitrariedad del poder único impone lo único que cuenta.

Decía Tzvetan Todorov en Memoria del mal, Tentación del bien que “dado que (en la Unión Soviética) el poder del partido sustituía la autoridad del Estado, la caída de uno ha revelado la desaparición del otro. La ausencia de Estado es peor que la presencia de un Estado injusto porque deja el campo libre a la pura confrontación de fuerzas brutas, y a un ascenso impresionante de la criminalidad”. Años después, sobre estas fuerzas brutas, Putin ha construido su Estado personal, en el que se persigue a cualquier medio de comunicación que no acepte el juego del Kremlin; se destruye a los empresarios que no forman parte del núcleo de amistades; se somete al poder legislativo, convirtiendo a cualquier oponente en invisible; se aplica la justicia sumaria a los que estorban; y se ejerce -conforme a la tradición rusa- un nihilismo de Estado para que nadie olvide que el material humano es, para el poder, carne de basura. La Politkovskaya estaba investigando una de las más abrumadoras demostraciones de esta creencia de que matar es un fin en sí mismo: la matanza de la Escuela de Beslán, en que Putin demostró que para él los niños no eran más que figurantes de su orgía nihilista.

Esta es la Rusia que Putin está construyendo con el petróleo como arma estratégica para hacerse respetar, ante la complicidad de los líderes occidentales, que le blanquean todos sus crímenes a cambio del suministro energético y de un control, sin reparar en medios, de su inmenso país. La economía rusa se aguanta con el dinero del petróleo, la arbitrariedad de un Estado de derecho sometido al capricho del poder dificulta enormemente las inversiones extranjeras y da como resultado una economía mafiosa, fundada en el amiguismo y las simpatías cambiantes del poder político. Dice Javier Solana que un día le dijo a Putin: “No se ha visto nunca un solo producto made in Rusia en las tiendas de Europa. Y eso sí debería preocuparte”. Así es de artificial la economía rusa.

Y, sin embargo, Bush trata a Putin como un socio privilegiado y fiable; Schroeder, que siempre miró a Moscú, no tiene ningún reparo, al dejar el poder, en irse a ganar dinero en una terminal del complejo energético ruso; Aznar le apoyaba incondicionalmente contra los chechenos, porque todos los terrorismos son iguales; Chirac y Zapatero le ven como un aliado útilen sus desencuentros con los americanos. Y así sucesivamente. ¿Después del asesinato de Ana Politkovskaya, seguirá todo igual? Me temo que sí, que las cosas no irán mucho más lejos que diplomáticas protestas de ritual con expresiones de confianza en la justicia rusa. Puro sarcasmo.

¿Por qué este temor de Putin? La razón presuntamente objetiva que me han dado en conversaciones privadas algunos dirigentes políticos tanto de la derecha como de la izquierda europea es el miedo a Rusia. La Unión Soviética era una bomba retardada cuya explosión podía haber hecho saltar el mundo. Putin ha sido capaz de poner orden y ha evitado el caos. Nuestros líderes demócratas no hacen ascos a los líderes autoritarios cuando se trata de resolver conflictos en territorio ajeno.

El razonamiento, sin embargo, encubre errores anteriores y es de una cortedad manifiesta. Encubre errores anteriores: el régimen autoritario de Putin ha sido posible, en buena parte, porque la presión de Estados Unidos forzó un paso brusco del socialismo al capitalismo, sin crear previamente las condiciones legales necesarias, sin buscar los ritmos adecuados para que el proceso fuera asumible por la sociedad. El resultado fue que un sector de la misma nomenclatura soviética se metamorfoseó en poder económico y político a la vez. Y así se impidió la construcción de una democracia sosegada. De cortedad manifiesta: ¿qué es más peligroso para Occidente, el caos que dicen que Putin ha evitado o el régimen autoritario que este hombre ha construido, que como todo el mundo sabe dispone de petróleo y de armas de destrucción masiva?

No creo en el fatalismo de los pueblos. Pero es posible que, como escribía Ana Politkovskaya, “la esclavitud es nuestra perdición. Pero también nuestro fetiche. Nos encanta ser esclavos”, todo el mundo tiene la costumbre de “alinearse con el zar, nuestro padre”. Sobre estos hábitos de sumisión y con el eterno recurso al discurso nacionalista, Putin ha construido su sistema. Ahí están los resultados: La ejecución sumaria de gentes incómodas por la salud del zar y de la patria. El nacionalismo mostrando cada día un poco más su feroz y violenta cara en las calles de Moscú. Ahí están los gobiernos occidentales, dejando a su triste suerte a los demócratas rusos, y apuntalando, cada día un poco más, el régimen de Putin. ¿Servirá la muerte de Politkovskaya para que se empiece a mirar a Rusia de otra manera? ¿O se permitirá que el Cáucaso siga siendo el territorio en que Putin enciende la llama del nuevo nacionalismo autoritario ruso?

Cuando la indiferencia y el miedo se imponen, cuando todo se justificaba por la lucha contra el enemigo, cuando política, justicia y dinero se conjugan en una misma persona, la democracia languidece, el poder se concentra y los matones campan a sus anchas. Y cuando se juega, como ocurre ahora en el mundo, con las doctrinas de homogeneidad étnica y con la apología del comunitarismo nadie está a salvo de esta deriva. Politkovskaya nos lo recordó mil veces y nadie le hizo caso. Ella está muerta. Y Rusia profundamente enferma.

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Nación y nacionalismos. Abriendo el debate

El debate sobre la nación y los nacionalismos resurge en nuestros tiempos globales. Como una forma de abrir el terreno para la discusión, hemos seleccionado algunos de los textos sobre este tema, tan histórico y al mismo tiempo tan actual.

Todos son artículos que se encuentra en la biblioteca virtual de Cholonautas.

Comunidades Imaginadas - Introducción
Anderson, Benedict
nación / nacionalismo / cultura / teoría social
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Narrando la nación
Bhabha, Homi K.
nación / cultura / estudios poscoloniales / historia
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La nación y sus campesinos
Chatterjee, Partha
estudios poscoloniales / nación / campesinado / India
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Comunidad imaginada: ¿Por quién?
Chatterjee, Partha
comunidad / estado-nación / colonial
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¿Qué es una nación?
Gellner, Ernest
nación / nacionalismo / cultura / historia
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Naciones y nacionalismos desde 1780 - Introducción
Hobsbawn, Eric
nación / nacionalismo / debate conceptual / historia
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Estado y nación vistos desde el margen: Reconfigurando la arena moral en el Perú durante el siglo XX
Nugent Colby, David
nación / Estado / modernidad / Perú
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¿Gastronomía o geología? El rol del nacionalismo en la reconstrucción de las naciones
Smith, Anthony D.
nación / nacionalismo / cultura / teoría social
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También puede revisar los siguientes posts sobre nacionalismos:
«La noción de igualdad no está funcionando» - Conversación con Partha Chatterjee en el Instituto de Estudios Peruanos

Educación: ¿arma o instrumento para la construcción de la nación y los nacionalismos? de Rocío Trinidad

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«La noción de igualdad no está funcionando» - Conversación con Partha Chatterjee en el Instituto de Estudios Peruanos

Partha Chatterjee (Calcuta, 1947) es uno de los intelectuales más importantes de la escena mundial contemporánea. Formado en ciencias políticas, Chatterjee destaca por sus trabajos históricos y por sus sólidas reflexiones antropológicas. Ha publicado muchos libros sobre la construcción del nacionalismo en la India (Nationalist Thought and the Colonial World, 1986; The Nation and its Fragments, 1993), que hoy son citados en diversas disciplinas por su originalidad teórica. En uno de sus últimos trabajos (The Politics of Governed, 2004) arremete contra algunas de las categorías centrales de la ciencia política, a las que hace explotar en los contextos de países postcoloniales. Su visita al Perú congregó a un gran número de estudiantes en las universidades de San Marcos y Católica, y en el IEP. Aquí una conversación con él.

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Educación: ¿arma o instrumento para la construcción de la nación y los nacionalismos?

Por Rocío Trinidad (1)

desco / Revista Quehacer Nro. 160 / May. – Jun. 2006

La importancia y las expectativas que la población tiene en la educación son hechos indudables. Sin embargo, lo debatible es ¿por qué también para el Estado y sus representantes la educación es importante y genera expectativas? ¿Por qué su interés en que las jóvenes generaciones formen parte del sistema educativo? ¿Es solo el ejercicio de la responsabilidad estatal u obedece a una estrategia de supervivencia? ¿Cuál es el rol de la educación y el uso que hace de la memoria y la historia en la manutención de la supervivencia del Estado? ¿Cómo juegan la memoria y la historia en la construcción de la nación y de los nacionalismos? Intentaré responder a estas preguntas presentando los casos de los Estados Unidos, Ucrania, Serbia, Ruanda y la Alemania nazi, incidiendo en los excesos y riesgos de la utilización del sistema educativo como instrumento para la construcción de la nación y como arma para construir nacionalismos, ello con el fin de repensar nuestra experiencia a la luz de los últimos acontecimientos.
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