Archive for Conflicto Medio Oriente

La (i)racionalidad de Sadam Hussein por Martín Tanaka

Fuente: Blog de Martín Tanaka

Como algunos saben, uno de los temas que me interesan es el estudio de las formas de racionalidad. Sobre el punto, escribí hace ya algunos años un texto, en el que me identifico con un modelo de racionalidad “complejo” y no con un modelo de racionalidad “ingenuo”. Ver “Individualismo metodológico, elección racional, movilización de recursos y movimientos sociales: elementos para el análisis” (en Debates en Sociología, nº 19, Revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1994).

Un tema muy interesante para analizar estos asuntos el de la invasión de Irak, y en particular, la racionalidad de Sadam Hussein. Sobre el tema en general me pronuncié en su momento, y mi posición puede verse en el artículo “”>El pensamiento de los ‘halcones’ de la Casa Blanca ” (en: Que Hacer, nº 141, marzo-abril 2003. Lima, DESCO (p. 7-13). Recientemente, se publicó en la revista Foreign Affairs en español un fascinante artículo que da luces sobre la racionalidad de Sadam Hussein:

“El engaño de Hussein visto desde dentro”, de Kevin Woods, James Lacey y Williamson Murray (Foreign Affairs en español, julio-septiembre 2006).

Ver aquí

A primera vista, Hussein aparece como un actor totalmente irracional: no tenía armas de destrucción masiva (ADM), pero no permitió una amplia inspección internacional que despejara las legítimas dudas al respecto; esto hizo posible que la suposición de su existencia justificara la invasión, lo que hizo que al final terminara derrocado y encarcelado. Si no tenía ADM, ¿por qué no colaborar entonces con los inspectores y evitar la invasión?

El artículo de Woods, Lacey y Murray da muchos elementos que ilustran la irracionalidad de Hussein, que en ciertos aspectos aparece como un dictadorzuelo de republiqueta bananera. Asesinar a quienes le dan malas noticias, o planear maniobras bélicas con ejércitos inexistentes, recuerdan al delirio de Hitler en el bunker del final de sus días. Si Hussein era un actor irracional, entonces no podía responder a incentivos, y por lo tanto, era muy poco lo que las potencias occidentales o la ONU podrían haber hecho para que cumpliera con los mandatos internacionales.

Sin embargo, el artículo señala también algunos supuestos de política internacional que manejaba Hussein, y que permiten darle inteligibilidad y razonabilidad a algunas de sus decisiones. Hussein pensó que E.U. nunca “se atrevería” a invadir, considerando la oposición interna que enfrentaría, así como la condena internacional, donde la conducta de Rusia y Francia aparece como fundamental. Bajo el supuesto de que E.U. no invadiría, Hussein jugó a ser ambiguo respecto a la existencia de ADM. La posibilidad de su existencia le permitía consolidar su frente interno, su imagen como potencia regional, y disuadir a potenciales agresores. La amenaza de E.U. no resultó creíble para Hussein, básicamente por la acción de otras potencias occidentales, que optaron por desempeñar un papel de “contrapoder” respecto a los E.U. Esto hizo que Hussein llegara a pensar, incluso cuando las tropas norteamericanas cercaban Bagdad, que no llegarían a derrocarlo.

Según estos cálculos, la conducta de Hussein muestra cierta racionalidad, y nos permite entender las decisiones que tomó antes de caída. Si este modelo de racionalidad es correcto, encuentro entonces evidencia que fortalece una de las tesis que sostuve en mi artículo de 2003: que si alguna opción existió de evitar la guerra y lograr el desarme de Irak, esto implicaba que para Hussein la amenaza de invasión fuera creíble, para lo cual era necesario que las potencias occidentales se mostraran unidas detrás de la exigencia de no poner ninguna restricción a la acción de los inspectores de la ONU. Ello no pudo ocurrir por la posición de Rusia, Francia y otros, que jugaron por el contrario a erigirse en contrapoderes a la acción de E.U. e Inglaterra.

Finalmente, creo que el tiempo también confirmó, lamentablemente, los temores respecto al fracaso de las tareas de “State-Building” y la ineficacia de la invasión para lograr el objetivo de lograr un mundo más seguro; así como la previsión del progresivo desgaste de la posición de los “halcones” dentro de la Casa Blanca.

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Discurso de papa Benedicto XVI en Alemania

Fuente: El Comercio

Encuentro con los representantes de la ciencia en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona

(12 de septiembre de 2006)
Fe, razón y universidad
Recuerdos y reflexiones
¡Ilustres Señores, gentiles Señoras!

Es emocionante para mí estar nuevamente en la cátedra de la universidad y poder dar una vez más una lección. Mi pensamiento regresa a aquellos años en los que, tras un hermoso periodo en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad de profesor académico en la Universidad de Bonn. 1959 era todavía tiempo vieja universidad de los profesores ordinarios. Para las cátedras individuales no existían ni asistentes ni dactilógrafos, pero en compensación había un contacto muy directo con los estudiantes y sobre todo también entre los profesores. Se daban encuentros antes y después de las lecciones en los cuartos de los docentes. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un así llamado dies academicus , en el que los profesores de todas las facultades se presentaban delante de los estudiantes de toda la universidad, haciendo posible una verdadera experiencia de universitas : el hecho que nosotros, no obstante todas las especializaciones, que a veces nos hacen incapaces de comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus varias dimensiones, estando así juntos también en la común responsabilidad por el recto uso de la razón; lo convertía en experiencia viva. La universidad, sin duda, estaba orgullosa también de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionalidad de la fe, desarrollan un trabajo que necesariamente hace parte del “todo” de la universitas scientiarum , incluso si no todos podían compartir la fe, por cuya correlación con la razón común se esfuerzan los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón tampoco fue perturbada cuando se supo que uno de los colegas había dicho que en nuestra universidad había una extrañeza: dos facultades que se ocupaban de una cosa que no existía: Dios. Que también frente a un escepticismo así de radical permanece necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y aquello deba ser hecho en el contexto de la tradición de la fe cristiana; en el conjunto de la universidad era una convicción indiscutida.

Todo esto vino a mi mente cuando recientemente leí la parte editada por el profesor Theodore Khoury (Münster) del diálogo que el docto Emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez durante el tiempo de invierno del 1391 en Ankara, tuvo con un persa culto sobre el Cristianismo y el Islam, y la verdad de ambos. Fue probablemente el Emperador mismo quien anotó, durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402, este diálogo. Se explica esto porque sus razonamientos son reportados mucho más detalladamente que las respuestas del erudito persa. El diálogo trata el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero necesariamente también en la relación entre las “tres Leyes”: Antiguo Testamento -Nuevo Testamento- Corán. Quisiera tocar en esta lección solo un argumento -más que nada marginal en la estructura del diálogo- que, en el contexto del tema “fe y razón” me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre este tema.

En el séptimo coloquio editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la jihad (guerra santa). Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 se lee: “Ninguna constricción en las cosas de la fe”. Es una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el Emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca la guerra santa. Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre aquellos que poseen el “Libro” y los “incrédulos”, él, en modo sorprendentemente brusco, se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. El Emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es una cosa irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. “Dios no goza de la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Quien por lo tanto quiere conducir a otro a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, no de la violencia ni de la amenaza. Para convencer a un alma razonable no es necesario disponer ni del propio brazo, ni de instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte.”.

La afirmación decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El editor, Theodore Khoury, comenta que para el emperador, como bizantino crecido en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a aquella de la racionalidad. En este contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, que a destaca a Ibh Hazn quien va hasta el punto de declarar que Dios no estaría ligado ni siquiera por su misma palabra y que nada lo obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre debería practicar también la idolatría.

Aquí se abre, en la comprensión de Dios y por lo tanto en la realización concreta de la religión, un dilema que hoy nos desafía en un modo muy directo. La convicción de actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda concordancia entre aquello que es griego en el mejor sentido y aquello que es fe en Dios sobre el fundamento de la Biblia. Modificando el primer verso del Libro del Génesis, Juan ha iniciado el prólogo de su Evangelio con las palabras: “Al principio era el logos”. Es justamente esta palabra la que usa el emperador: Dios actúa con logos . Logos significa conjunto de razón y palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero, como razón. Juan con aquello nos ha donado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra en la que todas las vías frecuentemente fatigosas y tortuosas de la fe bíblica alcanzan su meta, encontrando su síntesis. En principio era el logos , y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de San Pablo, delante del cual se había cerrado los caminos de Asia y que, en sueños, vio un macedonio y escuchó su súplica: “¡Ven a Macedonia y ayúdanos!”, esta visión puede ser interpretada como una “condensación” de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el interrogarse griego.

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El discurso de Ratisbona por Juan José Tamayo (*)

Fuente: El País

El discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, que ha irritado a tirios y troyanos, se sitúa dentro de la lógica de su pensamiento desde que iniciara el giro conservador en la década de los setenta del siglo XX. Como presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger condenó a varios teólogos que estaban elaborando una teología del pluralismo religioso en diálogo con otras religiones. El ceilandés Tissa Balasurya fue suspendido a divinis y posteriormente rehabilitado. El jesuita belga Jacques Dupuis, profesor de Teología durante casi cuarenta años en la India, sufrió un largo calvario por su obra Hacia una teología del pluralismo religioso, acusada de graves errores contra principios fundamentales de la fe divina y católica. También fueron condenadas algunas obras del jesuita indio Tony de Mello. Pero los tres tuvieron defensores de lujo: la conferencia de provinciales jesuitas de Asia se pronunció a favor de Tony de Mello; el arzobispo de Calcuta, Henry d’ Suoza, y el arzobispo emérito de Viena, cardenal Franz König, se definieron a favor de Dupuis; numerosas instituciones teológicas del mundo se colocaron del lado de Tissa Balasuriya.

El mayor ataque de Ratzinger contra el diálogo interreligioso fue la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, de 2000, que abrió una brecha profunda entre las iglesias cristianas, al tiempo que dinamitó todos los puentes que veníamos tendiendo teólogos y teólogas de las diferentes religiones, líderes religiosos, intelectuales y políticos. Ratzinger afirmaba allí que la Iglesia católica es “la Iglesia verdadera” y que las “Iglesias particulares” (ortodoxas) y las comunidades eclesiales (protestantes y anglicanas) “no son Iglesia en sentido propio” (n. 17). El tono era igualmente excluyente en relación con las religiones no cristianas. “Si bien es cierto -decía- que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que, objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvífica” (n. 22, subrayado mío).

La denuncia de la “dictadura del relativismo” es una constante en el pensamiento de Ratzinger. En la Dominus Iesus condenaba las teorías de tipo relativista que tratan de justificar el pluralismo religioso, “no sólo de facto, sino de iure”, el subjetivismo, el indiferentismo, etcétera. Todavía resuenan en mis oídos las severísimas críticas lanzadas contra el relativismo en la misa previa a la celebración del cónclave en el que sería elegido Papa. Críticas hechas desde la conciencia de poseer la verdad en exclusiva, no desde la búsqueda conjunta.

La crítica del relativismo lleva derechamente a la simplificación, deformación y falseamiento de las posiciones del contrario. Esas desviaciones son las que se dan en el discurso de la Universidad de Ratisbona del 12 de septiembre, a partir de una cita, a mi juicio desafortunada, del emperador bizantino Miguel II Paleólogo, que ofrece una idea beligerante de la religión musulmana y una imagen violenta del profeta Mahoma. La propia cita, independientemente de que se comparta o no, no es casual, revela ya la tendenciosidad del discurso y, objetivamente, sitúa el discurso del Papa en el horizonte de la teoría del choque de civilizaciones de Huntington, para quien el islam es “la civilización menos tolerante de las religiones monoteístas”, y en el planteamiento etnocéntrico de Sartori, que califica al islam como religión totalitaria e incompatible con la sociedad pluralista, ya que, dice, sigue pensando en la espada. “Debe quedar claro -afirmaba Ratzinger en 1996- que no se inserta en el espacio de libertad de la sociedad plural”.

Benedicto XVI podía haber elegido otros testimonios de la época más respetuosos con el islam como los de Francisco de Asís, de Raimon Llull en El gentil y los tres sabios o de Nicolás de Cusa en La paz de la fe. Francisco de Asís se mostraba partidario del diálogo islamo-cristiano y contrario a la cruzada contra los musulmanes por considerar que el Evangelio manda amar a los enemigos y no hacerles la guerra. Una vez convocada la cruzada, se dirigió al campo de batalla y se entrevistó con el sultán. Los dos dialogaron en un clima pacífico y rezaron juntos. Estos testimonios hubieran sido más conformes al objetivo del diálogo de las culturas que el Papa decía proponerse.

Por lo demás, la violencia no pertenece a la esencia del islam, ni la guerra santa es uno de sus pilares y, menos aún, un deber de los creyentes musulmanes. Constituye, más bien, una perversión, una patología de la religión musulmana, como lo es también del cristianismo. Como se han encargado de demostrar los estudiosos del islam, resulta incorrecto y tendencioso traducir yihad por guerra santa. Su verdadero significado es esfuerzo.

Según Sayyid Abul al’ Mawdudi (1903-1979), escritor y político musulmán indio, yihad es ante todo una lucha moral en el interior de la comunidad islámica orientada a su reforma, que consiste en el cambio tanto personal como social. Sin cambio personal en las motivaciones, los puntos de vista, los objetivos y la personalidad de cada individuo no sirven de nada los cambios políticos y económicos. Cambio que ha de llevarse a cabo de manera gradual y a través de la educación, no por la fuerza. Junto al cambio personal hay que luchar contra las injusticias y por las reformas sociales, fomentando la cooperación para el logro de mejores condiciones de vida para todas las personas, con atención especial a las personas más necesitadas, como las viudas y los huérfanos, los lisiados e incapacitados.

Hay que agradecer las excusas de Benedicto XVI y valorar positivamente la aclaración de que no se identifica con el testimonio de Miguel II Paleólogo. Pero el problema no está en una cita o en un párrafo de la alocución del Papa. Es el discurso en sí, en su conjunto, cristiano-céntrico y euro-céntrico, el que hay que revisar en profundidad, porque no contribuye al diálogo. Y optar por el paradigma intercultural, interreligioso e interétnico en sintonía con la teología liberadora de las religiones y en convergencia con las distintas iniciativas de paz en el plano internacional.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Fundamentalismos y diálogo de religiones (Trotta, Madrid, 2005).

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Un favor papal por Hermann Tertsch

Fuente: El País

Previsibles y poco conmovedoras son las reacciones de angustia y estupor de intelectuales, políticos y observadores occidentales ante la furia del mundo islámico por un comentario y una cita que el papa Benedicto XVI hizo en referencia a la incuestionablemente arraigada vocación del islam de imponerse por la fuerza. Nadie rebate al Papa, pero todos lo consideran culpable del conflicto. En el mundo islámico tampoco hay mayor sorpresa. El habitual celo de los moderados por dar la razón a los radicales se ve bien combinado con los insultos y maldiciones al Papa y a Occidente por favorecer, supuestamente a los radicales. Ni una voz surge con el coraje de decirles a los suyos que su indignación es gratuita, inducida o hipócrita. De la escuela coránica más fanática en Karachi a las mansiones de los funcionarios de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) con los niños en internados en Suiza, todos dicen saber que la culpa de que el islamismo genere sociedades fracasadas, jamás libres, y sea incapaz de afrontar la modernidad, la tienen los demás, “los cruzados”, ahora el Papa.

En su discurso de Ratisbona, el pontífice se refería al rechazo que cualquier adoración a Dios ha de tener a los intentos de sus fieles de forzar su expansión por la violencia. Incluida la fe cristiana, que durante tanto tiempo lo hizo. Había mucho de autocrítica de la Iglesia de Roma cuando así se expresaba el Papa en su patria bávara, bastión de la contrarreforma. Pero estas consideraciones carecen de sentido. Primero porque los ofendidos no conciben la autocrítica. Y sobre todo porque no estamos ante una reacción de genuina ofensa o buena fe traicionada sino ante una nueva operación de la vanguardia radical del islamismo para reafirmar el secuestro de la comunidad religiosa islámica mundial y elevar un grado más la amenaza a las sociedades libres. Pagamos hoy también la muy indigna reacción de la mayor parte del mundo occidental en la crisis de las viñetas de Mahoma, cuando quedaron en evidencia las fisuras y dudas sobre nuestros principios en Occidente. El ejército de caricaturistas, intelectuales y políticos que se prodigan en guasear sobre un Cristo o el Papa se abstuvieron de solidarizarse con los daneses y de paso los tacharon de ultraderechistas. Las comunidades islámicas en Europa saben ya cómo callar bocas.

En todo caso sería ahora conveniente que nos diéramos cuenta de que la reacción habida demuestra brutalmente la profunda verdad que ha expresado el Papa. Y desvela la falacia de la teoría de que un cambio nuestro de conducta puede llevar al islam a adecuarse y a renunciar a un Dios total en la vida diaria y política de los individuos y los pueblos. Ese viejo dilema entre lo de Dios y lo del César. Desde la buena o la mala fe, el islam ha de saber que nuestro César es el Estado de derecho y las libertades, la de expresión la primera, no negociable con Dios alguno.

El islam que se dice moderado debería movilizarse para hacer frente a quienes se atribuyen el monopolio de su fe. Y no podemos ayudarle. Sería muy útil que se revolviera contra la manipulación, sacara a la gente a la calle cada vez que desde televisiones como Al Yazira o Al Manar se utiliza a Alá para llamar al crimen, a mutilar a mujeres, celebrar asesinatos, demandar la reconquista de Andalucía, Sicilia o los Balcanes o aplaudir al presidente iraní cuando promete exterminar a los judíos. En caso contrario, esos ejercicios de moderación de reyes, ulemas, generales o intelectuales se antojan un cálculo cínico o indiferente que compra seguridad al fanático a cambio de manos libres para atacar a Occidente. Los sabios templados del mundo islámico son hoy tan irrelevantes como la leyenda del idílico Al Andalus, ese producto ideológico turístico sevillano. Es el islam el que debe dejar de amenazar, quemar y matar por el hecho de que alguien hable, escriba o dibuje. Muchos creen que el intelectual Benedicto XVI no era consciente de los efectos posibles de su discurso. Puede que sí y pensara que reprimir verdades urgentes sólo favorece a quienes se mecen en la mentira o el miedo. Lamentar los dolores que la verdad produce no significa pedir perdón por expresarla. Ratisbona se perfila ya como el primer gran favor que Benedicto XVI nos hace desde su pontificado a todos, al islam y a Occidente.

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El tigre acorralado por Immanuel Wallerstein

Cuando, hace muchos años,  algunos de nosotros dijimos que la decadencia de la hegemonía estadunidense en el sistema-mundo era inevitable, imparable y estaba ya ocurriendo, la mayoría de la gente nos dijo que ignorábamos la obvia y avasalladora fuerza militar y política de Estados Unidos. Hubo críticos que dijeron que nuestros análisis hacían daño porque servían como un vaticinio que acarrea su propio cumplimiento.

Luego, en la presidencia de Bush, subieron al poder los neoconservadores e instrumentaron su política unilateral de militarismo macho, diseñada (decían ellos) para restaurar la indisputable hegemonía estadunidense, amedrentando a sus enemigos e intimidando a sus amigos para que obedecieran, sin cuestionar, las políticas de Estados Unidos en el ámbito mundial.

Los neoconservadores tuvieron su oportunidad y sus guerras han fracasado espectacularmente: no han logrado atemorizar a quienes son considerados enemigos ni intimidar a sus antiguos aliados a que obedezcan sin chistar. La posición estadunidense en el sistema-mundo es hoy mucho más débil de lo que era en 2000, y esto es resultado, precisamente, de las muy erradas políticas neoconservadoras adoptadas durante la presidencia de Bush. Hoy, mucha gente está dispuesta a hablar abiertamente de la decadencia estadunidense.

Así que, ¿ahora qué pasa? Hay dos sitios a los cuales debemos mirar: al interior de Estados Unidos, y el resto del mundo. En el resto del mundo, los gobiernos de todas las tendencias le prestan cada vez menos atención a cualquier cosa que Estados Unidos diga o quiera. Cuando era secretaria de Estado Madeleine Albright dijo que Estados Unidos era “la nación indispensable”. Esto pudo haber sido cierto alguna vez, pero ciertamente no es verdad ahora. Hoy, el tigre está acorralado.

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Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián

Fuente: El País

Tanto el Oxford Dictionary como el DRAE coinciden en que civilizar es sacar a algo o alguien de un estado bárbaro o salvaje, instruyéndole en las artes de la vida -añade el libro inglés- de modo que pueda progresar en la escala humana. O sea que, aunque una civilización sea el conjunto de creencias y valores que conforman una comunidad, a la civilización en sí podemos definirla como el progreso a secas. Las civilizaciones, en cambio, constituyen un concepto más ambiguo e impuro: hacen referencia no sólo a los valores culturales, éticos o de cualquier otro tipo que sustentan la sociedad, sino también a sistemas o mecanismos de organización de la misma. Tienen, por eso, que ver con la cultura y la educación, pero también, y en gran medida, con el poder.

En la historia de las culturas desempeña, a no dudar, un papel relevante la de las religiones, y de ahí se deriva el frecuente abuso intelectual que tiende a confundir éstas con las civilizaciones propiamente dichas. Sería absurdo negar que la religión, y su práctica, han tenido enorme influencia en el devenir de los humanos. Pero, a estas alturas, resulta un dislate hablar de civilización cristiana (últimamente convertida incluso en judeo-cristiana, contra toda evidencia) o de civilización musulmana, tanto como hablar de la civilización occidental, a secas. No obstante, estos son términos de uso común en los que hemos sido aleccionados desde la escuela y cuya utilización en el debate comienza a ser casi imprescindible. ¿Qué tiene que ver el pentecostalismo americano o el fundamentalismo de sus telepredicadores con la iglesia de Roma, por mucho que todos reclamen el cristianismo como patrimonio propio? ¿Definiríamos a Indonesia como una muestra ejemplar de la civilización musulmana, por el solo hecho de ser un país cuya inmensa población practica en gran medida dicha creencia? La deriva a confundir o identificar las civilizaciones con las religiones -especialmente con las del libro- permite ignorar el pluralismo que anida en cada una de ellas y del que, sin ir más lejos, constituye una trágica demostración el enfrentamiento en Irak entre suníes y chiíes.

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A los musulmanes de Occidente y sus conciudadanos por Tariq Ramadan (*)

Fuente: El País de España

Tenemos muchos motivos para estar preocupados. Los atentados terroristas perpetrados en todo el mundo, la llamada guerra contra el terrorismo y el aumento de las tensiones relacionadas con la inmigración se han conjugado para retratar al islam como una amenaza para las sociedades occidentales. El miedo y las patéticas reacciones que lo acompañan se han incorporado a la mentalidad ciudadana. Aunque a menudo son legítimas, esas reacciones están siendo explotadas con fines políticos.

Casi ninguna sociedad occidental se libra de las enojosas cuestiones acerca de la “identidad” o de las tensiones relacionadas con la “integración”. Los musulmanes deben afrontar alternativas bien definidas: pueden adoptar una actitud de víctimas, o hacer frente a sus dificultades y convertirse en miembros de pleno derecho de su propia historia. Su destino está en sus manos. Nada cambiará hasta que acepten la responsabilidad plena de sí mismos, realicen una crítica y una autocrítica constructivas, y respondan a la espeluznante “evolución del miedo” con una “revolución de la confianza” bien cimentada.

Los acontecimientos de los últimos años han llevado a los pueblos occidentales a enfrentarse a nuevas realidades. La presencia de millones de musulmanes entre ellos les ha hecho ser conscientes de que sus sociedades han cambiado. Ello ha dado lugar a temores e interrogantes legítimos, aunque tal vez los hayan expresado con cierta confusión.

Enfrentados a estos interrogantes, los musulmanes deben mostrar confianza en sí mismos y en su capacidad para vivir y comunicarse con toda serenidad en las sociedades occidentales. La revolución de la confianza dependerá de la fe en nosotros mismos y en nuestras convicciones.

La labor consiste en reapropiarse de nuestra herencia y desarrollar hacia ella una actitud positiva, aunque crítica, que afirme que las enseñanzas del islam llaman a los musulmanes a la vida espiritual y a la reforma de sí mismos. A su vez, los inmigrantes musulmanes deben respetar las leyes de los países en los que residen.

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Cómo funciona el aparato de acción social de Hezbola en la reconstrucción

Fuente: Página/12

Empezó la guerra del clientelismo

Mientras se afianza la presencia de la milicia chiíta en el escenario político, ningún país quiere mandar soldados a la zona caliente. Israel sigue todo con preocupación, pero su primer ministro Ehud Olmert no abre canales de diálogo con Siria.
Por Eduardo Febbro
Desde Tiro

El marinero Vasili Maquedon dice que no quiere vivir más allá de los 50 años. A bordo del barco “Georgios K”, entre el puerto chipriota de Lárnaca y el libanés de Saida, el marinero de origen rumano muestra con desdén al jefe maquinista. El hombre fuma un cigarrillo recostado sobre la pasarela del barco. Sus 70 años son visibles, pesados. Vasili dice que no vale la pena vivir como él, sin poder beber, sin tener mujeres. La meta más alta de Vasili es la acción humanitaria, y la vida, a toda velocidad. El marinero fuma tres paquetes de cigarrillos por día y bebe una botella y media de vodka. “Así me gusta la vida, entera, intensa.” El “Georgios K” transporta hacia los puertos de Saida y Tiro, en el sur del Líbano, 300 toneladas de ayuda humanitaria. Un viaje largo, agotador. Más de 15 horas a bordo, varias horas para descargar en cada puerto y luego, sin descanso, regresar a Lárnaca en busca de una nueva carga. Vasili asegura convencido que ayudar a la gente es un objetivo irrenunciable. “Tengo esa misión y para mí es una razón para vivir, quizá la más importante.”

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No hay acuerdo que frene la guerra

Fuente: Página/12

Mientras en Nueva York, Francia y Estados Unidos afinan su plan de paz, hay duros combates en la frontera, cayeron cohetes en el norte israelí, donde murieron dos civiles, y bombas en Beirut, que mataron a cuatro. Los misiles antitanque de Hezbolá hicieron estragos: diez soldados habrían muerto.


Una bandera libanesa flamea sobre las ruinas de un edificio destruido en el sur de Beirut.
Imagen: AFP

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¿Qué puede lograr Israel? por Immanuel Wallerstein

El Estado de Israel fue establecido en 1948. Desde entonces ha habido una violencia continua entre árabes y judíos y entre Israel y sus vecinos.

Algunas veces la violencia fue leve o incluso latente. Y cada tanto la violencia escala en una guerra abierta, como ahora. Cuando la violencia a gran escala estalla, hay un debate inmediato sobre qué la originó. Estamos ahora en medio de la guerra entre Israel y Palestina en Gaza, y entre Israel y Líbano, y el mundo entero está ocupado en el debate inútil de siempre sobre cómo reducir el estado de guerra y los niveles de violencia.

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