Un vocero obsceno por Jorge Bruce
Fuente: Perú.21
Son varias las razones por las cuales los ataques del congresista Mulder a la defensora del Pueblo, Beatriz Merino, son inaceptables y deben ser parados en seco. Sería demasiado pedir que el insulto en sí fuera erradicado de la vida política. La agresividad es parte integrante de la lucha por el poder y, desgraciadamente, las personas como Valentín Paniagua, capaces de mantenerse estrictamente en el ámbito argumental, son excepcionales. Por eso es que desde ya lo extrañamos tanto. En cambio los congresistas con incontinencia verbal son la norma. En ese ambiente hostil y degradado, en que las ideas estorban, el que escupe, patea o insulta más rápido lleva las de ganar.
Pero todo esto lo aguantamos con resignación y hasta con cierto goce secreto por el escándalo y el vejamen infligido a otros. Es la naturaleza y circunstancias de lo que Mulder ha groseramente insinuado -si se permite el oxímoron- a Merino, lo que hace de este un caso ejemplar. “Hay que estar siempre sacando a la señora (Merino) y a la Defensoría del Pueblo del clóset”, dijo, refiriéndose a la posición de esa institución respecto del conflicto entre la empresa Pluspetrol y la comunidad achuar. “¿Por qué no viaja allí e impone el peso de su liderazgo y de su cargo y empieza a tratar de resolver los problemas, que es lo que le corresponde?”, agregó. De este modo condensó en su diatriba dos formas distintas de discriminación. Porque si traducimos la ‘elegante’ ironía del congresista aprista, lo que le ha dicho a la defensora es lesbiana y gorda.
Las vueltas que da la vida: algo parecido hizo su archienemigo Fernando Olivera durante el régimen anterior, agrediendo en parecidos términos a la entonces primera ministra Merino. Pueda que se odien, pero en la homofobia y la exclusión son hermanos. Para políticos como Mulder la opción sexual -sea cual fuere- o la apariencia física de una persona son materia de descalificación y eliminación. Excepto que se trate de Víctor Raúl, claro está. Fue el mismo congresista quien azuzó y justificó las agresiones físicas contra Toño Angulo por la publicación de su libro Llámalo amor si quieres, en una de cuyas crónicas se explora el antiguo rumor de la homosexualidad de Haya de la Torre. No obstante, el texto de Angulo está escrito con respeto y cariño por la figura del líder histórico del Apra. Asimismo, habría sido indigno y absurdo combatir las opiniones del Jefe Máximo aludiendo a su obesidad. Entonces, ¿lo que es inadmisible con Víctor Raúl está permitido con Beatriz?
Pero acaso lo más importante son las circunstancias en que se manifiestan esta intolerancia, estos prejuicios, esta discriminación. La señora Merino está cumpliendo con su deber cuando asume la defensa de los achuares. Ese es su trabajo. Ella representa a una institución que se ha ganado, cosa rara en nuestro país, el reconocimiento de la población, gracias al trabajo de los sucesivos equipos liderados por Jorge Santistevan, Walter Albán y Beatriz Merino. No podemos permitir que la discrepancia institucional sea tramitada en términos que, bien mirado, nos ofenden a todos. Nuestra sociedad requiere y exige precisamente lo contrario. Intervenciones como esas, en que el agravio viene manchado de infamias comparables a las racistas, solo acentúan las divisiones, alejan la integración, fomentan la discordia. El daño que causan a la vida pública es mucho más grave que unas cuantas carcajadas sarcásticas. Y el mensaje que propalan es de amedrentamiento lumpen: si te metes con nosotros, te vamos a romper el alma, es decir, la imagen. Sería muy útil que los máximos dirigentes gubernamentales se encargaran de moderar con firmeza, de preferencia públicamente, los exabruptos de Mauricio Mulder. Con su silencio están confirmando lo que sospechamos: les conviene contar con un operador obsceno, encargado del trabajo sucio.
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