Archive for Octubre 10, 2006

La deshonra rusa por Josep Ramoneda

Fuente: El País

En La deshonra rusa, Ana Politkovskaya señalaba tres razones por las que no le gustaba Putin: el racismo, un racismo a menudo invisible, como es propio del siglo XXI, que se va extendiendo por todo el país; la antirreconciliación, es decir, la voluntad de mantener a la ciudadanía en permanente combate contra un enemigo, en este caso, el mal caucasiano; y la justicia sumaria, “cargarse a los terroristas en los meaderos”, conforme a la célebre frase de Putin; otorgar a las fuerzas de seguridad y sus círculos concéntricos poder para actuar permanentemente bajo el principio de excepción de la ley.
El pasado sábado Ana Politkovskaya fue víctima de esta justicia sumaria que ella denunció. Es muy probable -sobre todo si Estados Unidos y Europa siguen hipnotizados ante Putin- que las versiones oficiales del caso atribuyan el asesinato a un perturbado, un borracho, un asaltante callejero o un enemigo personal de la periodista. Ana Politkovskaya, como todo periodista crítico en Rusia (y quedan ya muy pocos) había sido amenazada desde todo tipo de instancias oficiales y paraoficiales y había sido señalada repetidamente como un enemigo, especialmente por parte del Gobierno títere que Putin instala en Chechenia. De modo que sólo hay dos hipótesis verosímiles para su asesinato: o ha sido ordenado y organizado directamente desde el poder ruso, ya sea en su versión central o en su versión chechena, a través de cualquier terminal de los servicios de seguridad (la hipótesis más probable); o ha sido obra de gente contaminada y alentada por el discurso nacionalista desplegado por los medios del poder, es decir, casi todos los medios de comunicación, que convierten a cualquier discrepante en traidor a la patria.

“La Rusia de Putin -había escrito la Politkovskaya- es moralmente aún más sucia que la de Yeltsin. Se parece a un vertedero cubierto de basura y de zarzas”. La infección que produjo “la gangrena moral” de Rusia tiene sus orígenes en el pasado soviético, pero su raíz inmediata en la guerra de Chechenia. “La guerra no se habría iniciado -dice la periodista- si el teniente coronel Putin, poco conocido de la opinión pública, no hubiese necesitado aumentar sus cuotas de popularidad para las elecciones presidenciales”. Putin buscó en la sangre de Chechenia su legitimidad y sobre ella ha construido un régimen neoautoritario que se caracteriza porque todos los hilos del poder (ejecutivo, judicial, legislativo, económico y mediático) convergen ya no sólo en el Kremlin, sino directamente en el despacho del presidente; y porque la Constitución -al modo de lo que ocurría en la Unión Soviética- es irrelevante, porque son las prácticas políticas y judiciales que la arbitrariedad del poder único impone lo único que cuenta.

Decía Tzvetan Todorov en Memoria del mal, Tentación del bien que “dado que (en la Unión Soviética) el poder del partido sustituía la autoridad del Estado, la caída de uno ha revelado la desaparición del otro. La ausencia de Estado es peor que la presencia de un Estado injusto porque deja el campo libre a la pura confrontación de fuerzas brutas, y a un ascenso impresionante de la criminalidad”. Años después, sobre estas fuerzas brutas, Putin ha construido su Estado personal, en el que se persigue a cualquier medio de comunicación que no acepte el juego del Kremlin; se destruye a los empresarios que no forman parte del núcleo de amistades; se somete al poder legislativo, convirtiendo a cualquier oponente en invisible; se aplica la justicia sumaria a los que estorban; y se ejerce -conforme a la tradición rusa- un nihilismo de Estado para que nadie olvide que el material humano es, para el poder, carne de basura. La Politkovskaya estaba investigando una de las más abrumadoras demostraciones de esta creencia de que matar es un fin en sí mismo: la matanza de la Escuela de Beslán, en que Putin demostró que para él los niños no eran más que figurantes de su orgía nihilista.

Esta es la Rusia que Putin está construyendo con el petróleo como arma estratégica para hacerse respetar, ante la complicidad de los líderes occidentales, que le blanquean todos sus crímenes a cambio del suministro energético y de un control, sin reparar en medios, de su inmenso país. La economía rusa se aguanta con el dinero del petróleo, la arbitrariedad de un Estado de derecho sometido al capricho del poder dificulta enormemente las inversiones extranjeras y da como resultado una economía mafiosa, fundada en el amiguismo y las simpatías cambiantes del poder político. Dice Javier Solana que un día le dijo a Putin: “No se ha visto nunca un solo producto made in Rusia en las tiendas de Europa. Y eso sí debería preocuparte”. Así es de artificial la economía rusa.

Y, sin embargo, Bush trata a Putin como un socio privilegiado y fiable; Schroeder, que siempre miró a Moscú, no tiene ningún reparo, al dejar el poder, en irse a ganar dinero en una terminal del complejo energético ruso; Aznar le apoyaba incondicionalmente contra los chechenos, porque todos los terrorismos son iguales; Chirac y Zapatero le ven como un aliado útilen sus desencuentros con los americanos. Y así sucesivamente. ¿Después del asesinato de Ana Politkovskaya, seguirá todo igual? Me temo que sí, que las cosas no irán mucho más lejos que diplomáticas protestas de ritual con expresiones de confianza en la justicia rusa. Puro sarcasmo.

¿Por qué este temor de Putin? La razón presuntamente objetiva que me han dado en conversaciones privadas algunos dirigentes políticos tanto de la derecha como de la izquierda europea es el miedo a Rusia. La Unión Soviética era una bomba retardada cuya explosión podía haber hecho saltar el mundo. Putin ha sido capaz de poner orden y ha evitado el caos. Nuestros líderes demócratas no hacen ascos a los líderes autoritarios cuando se trata de resolver conflictos en territorio ajeno.

El razonamiento, sin embargo, encubre errores anteriores y es de una cortedad manifiesta. Encubre errores anteriores: el régimen autoritario de Putin ha sido posible, en buena parte, porque la presión de Estados Unidos forzó un paso brusco del socialismo al capitalismo, sin crear previamente las condiciones legales necesarias, sin buscar los ritmos adecuados para que el proceso fuera asumible por la sociedad. El resultado fue que un sector de la misma nomenclatura soviética se metamorfoseó en poder económico y político a la vez. Y así se impidió la construcción de una democracia sosegada. De cortedad manifiesta: ¿qué es más peligroso para Occidente, el caos que dicen que Putin ha evitado o el régimen autoritario que este hombre ha construido, que como todo el mundo sabe dispone de petróleo y de armas de destrucción masiva?

No creo en el fatalismo de los pueblos. Pero es posible que, como escribía Ana Politkovskaya, “la esclavitud es nuestra perdición. Pero también nuestro fetiche. Nos encanta ser esclavos”, todo el mundo tiene la costumbre de “alinearse con el zar, nuestro padre”. Sobre estos hábitos de sumisión y con el eterno recurso al discurso nacionalista, Putin ha construido su sistema. Ahí están los resultados: La ejecución sumaria de gentes incómodas por la salud del zar y de la patria. El nacionalismo mostrando cada día un poco más su feroz y violenta cara en las calles de Moscú. Ahí están los gobiernos occidentales, dejando a su triste suerte a los demócratas rusos, y apuntalando, cada día un poco más, el régimen de Putin. ¿Servirá la muerte de Politkovskaya para que se empiece a mirar a Rusia de otra manera? ¿O se permitirá que el Cáucaso siga siendo el territorio en que Putin enciende la llama del nuevo nacionalismo autoritario ruso?

Cuando la indiferencia y el miedo se imponen, cuando todo se justificaba por la lucha contra el enemigo, cuando política, justicia y dinero se conjugan en una misma persona, la democracia languidece, el poder se concentra y los matones campan a sus anchas. Y cuando se juega, como ocurre ahora en el mundo, con las doctrinas de homogeneidad étnica y con la apología del comunitarismo nadie está a salvo de esta deriva. Politkovskaya nos lo recordó mil veces y nadie le hizo caso. Ella está muerta. Y Rusia profundamente enferma.

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“América Latina todavía no acepta el Estado de derecho”. Entrevista a Fernando Henrique Cardoso

Fuente: El País

El diagnóstico de Fernando Henrique Cardoso (Río de Janeiro, 1931) sobre Brasil, y sobre América Latina en su conjunto, es solvente porque lo emite un sociólogo y un político que ha sido gobernante y ha dedicado toda su vida intelectual a procurar la convivencia de desarrollo y democracia. Los golpes militares y las crisis financieras ocurridos en una zona del mundo carente de sólida vertebración institucional lo impidieron durante decenios. Invitado por el Banco Privado Portugués, Cardoso imparte mañana una conferencia en el auditorio IESE Business School de Madrid. El socialdemócrata brasileño, que siempre prescindió del radicalismo en sus análisis, fundó el Partido de la Socialdemocracia Brasileño (PSDB), cuyo candidato, Geraldo Alckmin, disputará la presidencia de la república al presidente Inácio Lula Da Silva en la segunda vuelta electoral, fijada para el próximo día 29.
Pregunta. ¿Puede haber sorpresas en esa segunda vuelta?

Respuesta. Todavía es muy incierta. Pero yo diría que, hoy, Lula perdería.

P. El presidente tiene muy buena imagen entre los sectores progresistas de la sociedad española.

R. Porque saben menos que nosotros.

P. Usted lo elogió mucho. Ahora lo ataca. ¿Es electoralismo o Lula cambió mucho?

R. Sí. La verdad es que lo que pasó en estos últimos dos años ha sido una sucesión de escándalos y una confusión muy grande entre la esfera pública y la privada, y se entiende como privada el partido (Partido de los Trabajadores, izquierda, en el Gobierno). No veo que Lula haya tomado el liderazgo del asunto para poner un punto final a todo esto y abrir caminos nuevos, ni un diálogo nuevo. Nada. Se acomodó a la situación. Una elección que podía haber ganado con relativa facilidad, porque la situación económica es favorable, ahora la afronta con apuros.

P. ¿Lula era consciente de la corrupción?

R. No deseo hacer una afirmación categórica porque no lo sé, pero también sería escandaloso que no se hubiera dado cuenta después, y que no actuara en función de lo que pasó.

P. No parece que los escándalos hayan castigado a la economía brasileña.

R. No, no. La economía brasileña está fuerte y la economía internacional, también. A Lula le tocó una coyuntura muy favorable durante su mandato. Él siguió el mismo rumbo que nosotros habíamos empezado. No hubo ningún cambio significativo en esta materia. Quizá hubiera debido cambiar algo, pero no lo hizo. Sin embargo, el viento sopla a favor. El problema no viene por ahí. Lo más grave es la utilización del aparato público para fines partidistas. Eso es lo grave.

P. ¿Está muy generalizada esa práctica?

R. Tengo la impresión de que sí porque implica a mucha gente en diferentes sectores. Todo eso va encadenado, porque se ha descubierto también que en los municipios controlados por el PT ya había comenzado ese mismo deterioro.

P. Lula dice que Brasil está mucho mejor que cuando se lo entregó usted.

R. Ojalá fuera verdad, aunque en ciertos puntos quizá sí porque el tiempo pasa; pero la reforma del Estado, por ejemplo, está paralizada. Y tomemos el asunto donde el Gobierno hace más hincapié para defender su gestión: las becas para la distribución de renta. Empezaron en mi mandato. Aprobé tipos distintos de becas, pero él juntó todas en una sola y redujo el control de lo que se hace con esa plata (dinero). Por ejemplo, cuando yo era presidente teníamos la beca para la escuela. La madre recibía una plata a condición de que el hijo asistiera al 85% de las clases. Había otras becas para sacar del trabajo a los niños; otra para las mujeres embarazadas…, pero siempre con una contrapartida de promoción social. No se daba solamente plata. Ahora se ha convertido en un mecanismo de distribución de dinero sin un control más efectivo, una evaluación. Y además se ha hecho una politización del proceso. Pero no hay duda de que con eso ha mejorado la condición de vida de mucha gente. Yo lo empecé, pero avanzaron. Es verdad.

P. Gane quien gane, Brasil queda políticamente dividido. ¿Hasta qué punto se verá afectada la gobernabilidad del país?

R. Habrá dificultades, pero la división política no deriva de esta crisis, sino del sistema de votos proporcional para la Cámara de Diputados: la norma electoral de Brasil fragmenta mucho el sistea de partidos. Los partidos tienen poca capacidad de cohesionarse y el presidente tiene que negociar al por menor con los grupos políticos. Es un problema estructural. Yo lo tenía, pero no lo solucioné como Lula: comprando votos. Traté de hacer algunos acuerdos con los partidos grandes. Él lo hizo con los pequeños en un intercambio de apoyo por recursos políticos y financieros. Eso está mal.

P. ¿Es posible el entendimiento entre su partido y la izquierda?

R. En Chile hubo la concertación, que definió una pauta, y ellos siguen esa pauta hace mucho tiempo; acá no hubo concertación. Hay una pelea básicamente entre dos polos: el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Socialdemócrata, pero cuando se miden las políticas no son distintas. Hay una cierta continuidad, aunque cada uno defienda que hizo más que el otro. Desde el punto de vista nacional, eso no tiene sentido. Bien o mal, hay una cierta capacidad de avanzar en Brasil. Yo no soy pesimista en ese aspecto. No habrá una crisis institucional.

P. ¿Y América Latina? ¿Brasil ha perdido capacidad de liderazgo regional?

R. Sí. Creo que Brasil perdió la capacidad de liderazgo. América Latina tiene hoy un eje en el Pacífico y otro en el Atlántico. Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay) más Venezuela y Bolivia, por un lado, y Chile, que se ha asomado al mercado andino y a México. Es la primera vez que ocurre una división de esta naturaleza, que tiene un alcance casi ideológico en conjunto. Brasil, que nunca fue un país arrogante, no pretendía el liderazgo, pero por su peso y por su sentido común era capaz, de alguna manera, de equilibrar el continente. Y yo creo que eso lo hemos perdido. El liderazgo de Hugo Chávez es ahora visible.

P. ¿Qué opinión le merece el presidente venezolano?

R. Es un tipo con una formación militar y un interés popular. La suma de las dos características es Chávez. Tiene además una visión estratégica y militar. Ya tiene los enemigos: Estados Unidos y la globalización. Y como militar es audaz: va a Corea del Norte, va a Libia, va a Irán; pero simultáneamente cuenta con esa visión popular. Y ejecuta una fuerte distribución de renta con el petróleo, que paga todo eso.

P. Aunque elegido democráticamente, muchos no le reconocen como demócrata.

R. Es militar. Tiene una vocación más autoritaria, pero la verdad es que no ha sobrepasado el límite. Todavía busca el voto para la legitimación. Hay que incidir en ello. Pero aparte de la retórica sobre Bush u otros asuntos, la historia va a juzgar si fue o no capaz de utilizar los réditos del petróleo para cambiar la economía y la sociedad venezolana.

P. Un cuarto de siglo después de las dictaduras militares, las sociedades latinoamericanas presentan vicios muy antiguos: la corrupción, la fragilidad institucional, las carencias en educación, en vivienda o en sanidad, el clientelismo, la incompetencia política…

R. Así es, con la excepción quizá de Chile, Uruguay o incluso Colombia. No hemos dado el gran salto adelante para dejar atrás esos problemas.

P. ¿A qué atribuye el enquistamiento de tales lacras?

R. Hay un peso importante del patrimonialismo, que es ibérico también: portugués y español. Pero otro factor es que en América Latina nunca hemos aceptado realmente las economías de mercado. España sí tomo la decisión de hacerlo realmente, Chile también; pero en América Latina hay cierta ambigüedad en la materia y eso abre un espacio al patrimonialismo, al clientelismo. Las reglas son rígidas, no se acepta el Estado de derecho, ni siquiera la ley. Creo que es la pelea que tenemos que seguir dando. Yo por lo menos la doy todo el tiempo en Brasil.

P. Pero los partidos, que debieran liderar esas transformaciones, no tienen credibilidad social, ni, en muchos casos, voluntad.

R. No cabe duda. Nos falta una organización política más clara, envasada en valores, en principios, con una visión del mundo.

P. Algunas encuestas alertan sobre el debilitamiento de la democracia en América Latina, hasta el punto de que un porcentaje de sus habitantes aceptaría sacrificarla a cambio de prosperidad económica.

R. No. No lo creo. Son encuestas que deben ser analizadas en un contexto determinado. La realidad es que tan pronto empieza a disminuir la libertad, la gente reclama la libertad. Dos puntos han quedado solucionados en nuestro continente: la democracia, la libertad de prensa, sindical, de partidos, de religión. Y el otro es que hemos logrado, bien o mal, organizar nuestras economías para la globalización. No todos los países, pero Brasil, Chile, sí; México, sí… Hubo avances. No hay tanto retroceso como la gente piensa.

P. La integración latinoamericana apenas avanza, pero ¿qué futuro tiene el ALCA? (Área de Libre Comercio de las Américas, promovido por EE UU).

R. Estados Unidos y Brasil tomaron ya la decisión de no marchar más con el ALCA. Cada cual hace los acuerdos que quiera. ¿Qué hacen los Estados Unidos? Pues acuerdos bilaterales con México, Chile, Perú y Centroamérica, y aíslan el Mercosur. Perdimos las preferencias que teníamos. Las gana Estados Unidos.

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