Archive for Septiembre, 2006

11 de setiembre, cinco años después

Hace cinco años, cuatro aviones fueron secuestrados en Estados Unidos, dando como resultado una de las acciones terroristas más trágicas en la historia. No solamente por la pérdida de cientos de personas, sino porque en estos tiempos de la televisión y el internet, el hecho fue reproducido a escala mundial.

A partir de ese momento, ciertas cosas cambiaron. Estados Unidos inició una ofensiva “contra el terror” que aún no acaba. El mundo no es un lugar más seguro, y por el contrario, se multiplican las restricciones a la libertad individual en los países occidentales.

Desde las ciencias sociales se han hecho una serie de reflexiones. El Proyecto Cholonautas, junto al Social Science Research Council - SSRC, hace cinco años lanzó un módulo de textos que intentan discutir, debatir, y poner en agenda las distintas implicancias del día “9/11″.

Textos en Cholonautas sobre el 11 de setiembre (en colaboración con el SSRC)

Entre los textos podrá encontrar:

Tras el Desastre del Centro Mundial del Comercio Lo sagrado, lo profano y la solidaridad social
Abu-Lughod, Janet

Pakistán después del Talibán: Una receta tentativa para el cambio
Asdar Ali, Kamran

11 de Septiembre: Antes, Después y en el Intermedio
Der Derian, James

11 de septiembre y la lucha por el Islam
Hefner, Robert W

Los seguros y la seguridad después del 11 de Septiembre: ¿Acaso el mundo se ha vuelto un lugar más “riesgoso”?
Hogarth, Robin M.

11 de Septiembre y la nueva Anti política sobre la Seguridad
Jayasuriya, Kanishka

Evolución de la “Jihad” en el discurso político islámico. Cómo un concepto flexible se vuelve más inflexible
Noor, Farish A.

Vigilando las puertas en un mundo que se desplaza
Zolberg, Aristide

También puede leer:

- “11 de setiembre del 2001 - ¿Por qué?”, de Immanuel Wallerstein

- Documental sobre el 11 de setiembre (vía el Útero de Marita)

Si tiene más información o documentos que quiera compartir sobre el 11 de setiembre, puede mandarlos al correo cholonautas@iep.org.pe

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El peso específico de los libros, por Beatriz Sarlo

Fuente: El Clarín

Millones de personas viven en un mundo sin libros y no se trata sólo de los pobres. Varias veces me sucedió, llegando a una casa de vacaciones que durante todo el año ocupaban sus dueños, no encontrar el más mínimo estantecito para los libros que traía conmigo. Ni un libro en toda la casa, ni siquiera de autoayuda, de cocina, de magia negra, de espiritualismo trucho, de reparación de automóviles, ni el reglamento de un deporte ni consejos para educar a los hijos o bajar de peso: vacío absoluto de papeles impresos. Lo que más me impresionó fue una casa en un suburbio norteamericano donde una pared estaba ocupada por el televisor, otra media pared por anaqueles con álbumes de fotos familiares, y cero pulgadas con estantes para apoyar los libros que yo necesitaba en mis clases y terminaron apilados sobre el piso durante dos meses.

Un amigo arquitecto me informa que, cuando contratan a un decorador, los muy ricos ya no incluyen entre sus encargos una biblioteca, ni siquiera como adorno: la biblioteca, en esas mansiones tipo Miami, ha dejado de formar parte de los muebles indispensables, aunque más no sea para retocar una imagen, como sucedía en las viejas anécdotas de nuevos ricos que encargaban sus libros por metro para instalar un “rincón cultural”, como quien instala un “rincón rústico” en una cocina de country-club para evocar el campo, y cuelga de las paredes ollas y sartenes de cobre.

Quienes tienen libros, en cambio, experimentan una sensación extraña: el espacio que se les asigna nunca responde bien a la cantidad de ejemplares. No importa cuántos libros ni cuántos metros de estantes, siempre estarán en una relación desfavorable. Al principio, hay pocos libros y los estantes se completan con adornitos o quedan vacíos; cada libro adquirido es un paso más hacia un llenado ideal, pero los libros llegan lentamente y si uno se pone a contarlos quizá concluya que, hasta el momento, sólo tiene treinta novelas y cuatro libros de historia o de política. Es la biblioteca del lector joven, que no la ha encontrado armada en su casa sino que se la consigue como puede.

Un hombre que murió dueño de 12.000 volúmenes debe de haber vivido ese vacío cuando empezaba su biblioteca, ya que todos sus libros tenían escrita en la última página el número de orden con que ingresaron a su propiedad. La caligrafía de los números fue cambiando, la tinta empalideció, pero el hombre mantuvo la numeración hasta el final. Fue mi profesor de literatura inglesa en la universidad y se llamaba Jaime Rest. Yo ayudé a ordenar esa biblioteca antes de que fuera donada y tanto como la inteligencia con que Rest la había armado (que era notable) me impresionó la numeración: en más o menos cuarenta años había adquirido, comprado, recibido, casi un libro por día. No era un hombre rico, por supuesto, sino alguien interesado por la filosofía tanto como por las letras de las canciones de los Beatles. En el departamento donde vivía, un cuarto estaba ocupado por columnas de libros, que cubrían todo el piso; había que desplazarse de costado para llegar hasta las que estaban más alejadas de la puerta, cuidando de no voltear alguna pila. La imagen más obvia es la de un laberinto, pero Rest sabía en qué columna estaba cada cosa, de modo que nunca tenía la sensación de andar perdido buscando el camino.

No era un coleccionista de libros porque no podía permitirse el dispendio de las viejas primeras ediciones ni de los libros raros; no tenía con los libros una relación de bibliófilo ni una manía de coleccionista, sino que se adaptaban a las idas y vueltas de una vida de intelectual: compraba los que creía necesitar, sin perseguir ediciones difíciles. Sin embargo, como había empezado a comprar en los años cuarenta, tenía libros que se habían vuelto fetiches de colección: primeras ediciones de Borges, entre otros.

Después de algunos años de comprar libros, probablemente un lector ya se haya resignado a que su biblioteca esté formada tanto por errores como por aciertos. Los libros que se han ido juntando, además, son un testimonio de los entusiasmos fugaces, que hoy se pueden reconocer como ocurrencias y berretines insustanciales, de las modas, de creer que la lista de best-sellers es un ordenamiento cualitativo, de adjudicar a una opinión escrita más autoridad de la que merecía, de seguir un consejo que convence sólo porque quien lo ofrece está entusiasmado. ¿Cómo se me ocurrió comprar este libro?¿Por qué debo conservarlo si lo que muestra es un malentendido?¿Qué tengo que ver yo con esto que me gustó en el pasado y hoy me pone incómoda precisamente porque me gustó? Cuando se la acumuló por años, una biblioteca es una especie de corte geológico donde se ven las napas de caprichos desvanecidos, tanto como los sedimentos que se han afirmado. Por eso, cuando alguien mira la biblioteca de otro, de algún modo, está al borde de la indiscreción.

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11-S: El fracaso de la memoria por Eduardo González Cueva

Desde su blog, Eduardo González, sociólogo peruano que vive actualmente en Nueva York, ha escrito un texto de reflexión sobre el 11 de setiembre y los lugares de la memoria.

Los lugares donde ha tenido lugar una atrocidad nos sorprenden por su silencio, por el contraste entre la inocencia del escenario y la maldad de los actores. Quien va a Auschwitz -por ejemplo- no puede imaginarse que esa pampa de yerba crecida haya sido un campo de exterminio y ningún intento de modificar el paisaje seria suficiente para que la mente aprehenda un horror tan oceánico.

Por eso, todo intento de monumentalizar la memoria del terror choca con un doble riesgo: el de la insuficiencia, por un lado, y el de la pompa vacua, por el otro. No es sencillo levantar un monumento en un lugar como Auschwitz y -por eso- es tal vez apropiado que la conmemoración se limite a la demostración de los hechos. En Auschwitz, el museo, levantado en las antiguas oficinas administrativas del campo de concentración, muestra a los visitantes, en una sala tras otra, los rastros mudos de la catástrofe: aqui una pila de zapatos viejos que llega hasta el techo, allá, miles de monturas de lentes; aún más allá, detras de una altísima vitrina, una nube gris revela a quien se acerca lo suficiente una montaña de cabello humano.

A unas cuadras de mi oficina -en el sur de Mannhattan- hay un enorme espacio abierto esperando significado. Para quienes alguna vez estuvieron ahí, a la sombra de las torres, en una época que ahora parece normal, es difícil relacionar pasado y presente; los antiguos cañones sombríos de Mannhattan bajo los rascacielos y este inmenso agujero polvoriento bañado por el sol. Se ha iniciado hace ya un buen tiempo la reconstrucción de la zona y -en los debates sobre cómo proceder- se hace evidente el desconcierto de un país que ha fracasado en articular una memoria poderosa sobre el once de setiembre (11-S). (ver artículo completo)

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Perú-Chile: Los problemas debajo de la alfombra. Por Rodrigo Montoya

El segundo gobierno de Alan García Pérez acaba de firmar un nuevo acuerdo con Chile, festejado oficialmente con muchos brindis y besitos. Hace seis meses, ante la posibilidad de una victoria de Ollanta Humala - ex comandante del ejército, que se define como un nacionalista- la derecha peruana y el llamado partido socialista chileno estaban muy seriamente preocupados. Mirar solamente hacia delante y no volver los ojos sobre el pasado es la política que privilegia el olvido y sacrifica la memoria.  Como el presente no existe sin el pasado y tampoco existe el futuro sin el efímero presente y el pasado, la propuesta de no mirar  atrás sirve para esconder debajo de la alfombra los problemas que molestan.

A través de una guerra entre 1879 y 1884  el ejército chileno invadió el territorio peruano para apropiarse del salitre del  sur peruano. En esa aventura contó con la complicidad de los británicos.  Como no hay guerra limpia, el ejército chileno saqueó todo lo que pudo, mató sin escrúpulos, y hasta incendió la Biblioteca nacional y se robó millares de libros, muchos de los cuales fueron y son aun vendidos por libreros en diversos lugares del mundo. Don José Mindlin, el extraordinario bibliófilo brasileño  compró el manuscrito “Recuerdos de la monarquía peruana, bosquejo de la historia de los Incas” de don Justo Apu Sahuaraura Inca y ofreció su ejemplar para que Telefónica publique una excelente edición facsimilar en 2001.

El matrimonio del neoliberalismo norteamericano con  la dictadura de Pinochet  y los gobiernos llamados socialistas  ha producido un crecimiento de la burguesía y, al mismo tiempo, del Estado. Chile exporta capitales a diversos países de América Latina. Habría invertido ya en Perú alrededor de cuatro mil millones de dólares, mientras que el capital de peruanos inversores en Chile sea, tal vez, de cuarenta millones. Empresarios chilenos tienen el monopolio del ferrocarril Cusco-Machu Picchu y disfrutan de la concesión del Hotel Machu Pichcu, muchos otros  hoteles,  grifos y farmacias. Están comprando también tierras en  Urubamba, el Valle sagrado de los Incas. Controlan puertos, líneas de transporte interprovincial de largas distancias, parte de las empresas eléctricas, tienen grandes cadenas de tiendas. En el valle de Ica, compran tierras con el fin preciso de exportar.

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El olvido del mal y la pesada herencia del marxismo por Gonzalo Portocarrero

El sociólogo Gonzalo Portocarrero acaba de escribir en su blog un interesante artículo sobre el mal (tema que ya lo viene trabajando desde hace unos años).

Para leer el texto completo, hacer click aquí.

Defino el mal como destrucción gozosa de la vida. De los términos de esta definición el problemático es el de gozoso. El concepto de goce lo retomo de la tradición psicoanalítica, de Freud y Lacan. El goce es una experiencia de satisfacción, que cuando no está ligada a la ley y al amor se transmuta en una excitación desequilibrante, mortífera. El goce se convierte entonces en un sustituto del sentido, en un intento de llenar el vacío de la existencia sobre la base de abandonarse a una impulsividad ciega. Satisfacer la pulsión se convierte entonces en un fin en sí mismo. La crueldad en sus múltiples formas y el atentar contra la propia vida, son pues rostros de ese goce no atemperado por el amor y la ley. Bret Easton Ellis en su novela Menos que cero relata la caída de unos jóvenes en el mal. Hijos de los grandes millonarios de Hollywood, lo tienen todo menos un sentido para sus vidas. Se aburren mortalmente. En este ambiente descubren que ver morir es excitante, muy entretenido. Entonces empiezan primero con animales para seguir luego con la contemplación de los moribundos en su último desfallecimiento. En esta búsqueda de excitaciones cada vez más potentes el grupo termina violando y asesinando a una muchacha. En vez de crear nuevos sentidos y entusiasmos, el grupo busca llenar el vacío de su existencia con la adrenalina pura que produce el sufrimiento ajeno. Los jóvenes de Ellis son responsables pero puede argüirse, como atenuante, la crisis de la sociedad de la que son vástagos. Es decir, una sociedad que dificulta el amor y que promete la plenitud mediante el consumo. Una sociedad entonces que es casi incapaz de dar algo a los que ya tienen todo. Hay sociedades que convocan a sus miembros a buscar el goce en la destrucción de la vida. El ejemplo clásico es la Alemania nazi con su exaltación de la crueldad como deber heroico. El mal se legitima en una sociedad cuando se hace del goce un reemplazo del sentido. El problema está en que el goce en sí mismo no es una satisfacción equilibrada y duradera, no es un camino que apunte a un desarrollo humano, es sólo algo efímero cuya repetición permite evadir la búsqueda de un significado para nuestras vidas. El goce sin ley como único fin de la vida nos embrutece y culmina, finalmente, en la autodestrucción pues resulta que el propio sufrimiento puede ser vivido como una satisfacción… (ver texto completo)

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“Gobernar no es solo expedir normas, gobernar es educarnos” Entrevista a ANTANAS MOCKUS

Fuente: El Comercio

El filósofo y ex alcalde de Bogotá, que logró mejoras ciudadanas, propone total creatividad a los problemas más graves de la urbe.

¿Luego de su experiencia como alcalde de Bogotá, considera posible convivir en ciudades tan tugurizadas y violentas como Lima, por ejemplo?
Sí, y creo que hay distintas razones para ser optimistas. Lo que se consiguió en Bogotá –que es puntual y limitado– demuestra que se puede elevar el respeto por la vida y, sobre todo, probó que las actitudes ciudadanas cambian. Una rama de la economía reciente, conocida como “behavioral economics” –economía del comportamiento– muestra que las personas, aun cuando están entre desconocidos, sienten la necesidad de cumplir las normas y tienen disposición a castigar a quien actúa injustamente.

¿Por una preservación del bien común, digamos?
Por la regulación cultural. En un libro reciente de Oxford, “Los principios de la sociabilidad humana”, se hacen siete experimentos en unas quince culturas alrededor del mundo y una de las constantes humanas que emerge, que es muy impactante, es que la cultura regula. Incluso las relaciones entre desconocidos son reguladas por la sociedad.

¿Qué significa exactamente esta regulación cultural?
Que hay muchas cosas que la gente deja de hacer porque en su medio serían pésimamente percibidas. Se controlan, no tanto por temor a un castigo legal, sino porque hay elementos sociales que frenan al ser humano. La moral también juega un papel importante, es decir, la persona tiene una noción del deber ante sí misma, no solo ante los demás, que la hace sentir culpa y la ayuda a controlarse…

¿A personas que viven en situaciones de extrema pobreza, como muchos pobladores del Perú y de la ciudad de Lima en particular, que están preo-cupados básicamente por sobrevivir, los regula la cultura, puede importarles el otro, el bien común?
Debemos empezar por reconocer que las personas no se degradan ni se deterioran del todo, incluso cuando incurren en comportamientos censurables mantienen una serie de relaciones solidarias, de vínculos respetuosos. Los experimentos que mencioné muestran que el ser humano no es solo un ser económico, que busca satisfacer sus deseos –que en el caso de la supervivencia son de alimentación, de albergue, de reconocimiento– sino que en circunstancias de dificultad económica, la norma social de compartir, de apoyarse, de respetar al otro, se vuelve todavía más importante y más esencial para la supervivencia.

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A los musulmanes de Occidente y sus conciudadanos por Tariq Ramadan (*)

Fuente: El País de España

Tenemos muchos motivos para estar preocupados. Los atentados terroristas perpetrados en todo el mundo, la llamada guerra contra el terrorismo y el aumento de las tensiones relacionadas con la inmigración se han conjugado para retratar al islam como una amenaza para las sociedades occidentales. El miedo y las patéticas reacciones que lo acompañan se han incorporado a la mentalidad ciudadana. Aunque a menudo son legítimas, esas reacciones están siendo explotadas con fines políticos.

Casi ninguna sociedad occidental se libra de las enojosas cuestiones acerca de la “identidad” o de las tensiones relacionadas con la “integración”. Los musulmanes deben afrontar alternativas bien definidas: pueden adoptar una actitud de víctimas, o hacer frente a sus dificultades y convertirse en miembros de pleno derecho de su propia historia. Su destino está en sus manos. Nada cambiará hasta que acepten la responsabilidad plena de sí mismos, realicen una crítica y una autocrítica constructivas, y respondan a la espeluznante “evolución del miedo” con una “revolución de la confianza” bien cimentada.

Los acontecimientos de los últimos años han llevado a los pueblos occidentales a enfrentarse a nuevas realidades. La presencia de millones de musulmanes entre ellos les ha hecho ser conscientes de que sus sociedades han cambiado. Ello ha dado lugar a temores e interrogantes legítimos, aunque tal vez los hayan expresado con cierta confusión.

Enfrentados a estos interrogantes, los musulmanes deben mostrar confianza en sí mismos y en su capacidad para vivir y comunicarse con toda serenidad en las sociedades occidentales. La revolución de la confianza dependerá de la fe en nosotros mismos y en nuestras convicciones.

La labor consiste en reapropiarse de nuestra herencia y desarrollar hacia ella una actitud positiva, aunque crítica, que afirme que las enseñanzas del islam llaman a los musulmanes a la vida espiritual y a la reforma de sí mismos. A su vez, los inmigrantes musulmanes deben respetar las leyes de los países en los que residen.

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Discriminación e impunidad por Nelson Manrique

Fuente: Perú.21

El tercer aniversario de la entrega del Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra actitud frente a la posguerra y sus secuelas.

Cuando hace algunos años viajé a Chile me sorprendió saber que las bajas provocadas por la represión de Pinochet no eran treinta mil, sino alrededor de 3 mil muertos y algo así como mil desaparecidos, cifras de las Comisiones de la Verdad aceptadas por el grueso de los chilenos. Cada chileno muerto resonó, pues, en los medios de comunicación como si fuera diez. En cambio, en el Perú, se hablaba de 25 mil muertos, pero según el informe de la CVR el saldo final fue tres veces superior. Por cada tres peruanos desaparecidos los medios registraron uno.

Creo que esto expresa bien cómo se relacionan las sociedades chilena y peruana con las víctimas de la violencia. Para su sociedad la vida de un chileno vale mucho, mientras que en nuestro país la vida de un peruano vale muy poco.

La razón de esta diferencia no es un misterio: en Chile, y en general en todo el Cono Sur, las víctimas de la violencia pertenecían mayoritariamente a la clase media y esta tiene visibilidad social y política; capacidad de presionar, movilizarse y crear opinión pública. En Argentina el movimiento de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo tiene ya tres décadas presionando, habiendo impedido que los intentos por lograr la impunidad para los asesinos tengan éxito. En Chile, el Estado, las Fuerzas Armadas y hasta la Marina han reconocido su responsabilidad y pedido perdón a la sociedad chilena y a los deudos por lo sucedido. Se ha reparado e indemnizado individualmente no solo a los deudos de los asesinados, sino también a las 36 mil víctimas de la tortura, cosas que entre nosotros suenan a un sueño imposible. En cambio en el Perú las tres cuartas partes de los muertos eran indígenas: gente con una ciudadanía de segunda, muchos de ellos indocumentados. La violencia se inició justamente cuando por primera vez los analfabetos iban a votar, y aproximadamente el 20% de los peruanos en edad de votar no tenían documentos de identidad, gente de las zonas más pobres del país, precisamente las más afectadas por la violencia.

Por eso tantos muertos (que superan largamente los de nuestros más grandes conflictos internacionales, la independencia y la guerra con Chile) pesan muy poco sobre la conciencia de los peruanos. No se percibe a las víctimas como compatriotas a plenitud y por momentos se tiene la impresión de que esta fuera una guerra que se desarrolló en otro país. Precisamente esta sensación de extrañeza, que duró durante el conflicto interno mientras la guerra no golpeaba en Lima, es una de las razones que permitió la impunidad, la que a su vez alimentó las nuevas violaciones de los derechos humanos.

¿Cómo podríamos construir una democracia consistente si entre nosotros seguimos tratándonos de esta manera?

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Las rejas del bien común por Pepi Patrón

Fuente: La República

“Se ha terminado viviendo en guetos cerrados con rejas y buscando satisfacer necesidades de manera particular.”

Tenemos en el Perú una extraña experiencia de lo público. Un transporte público que no lo es; más bien es una jungla privada. Una educación pública que es sinónimo de deficiencia. Una salud pública que llega muy lentamente a pocos. La empresa pública ha llegado a ser casi una mala palabra.

¿Por qué tanto desprestigio o debilidad de lo público en nuestro país? Hay quienes piensan que la ola privatizadora de la década pasada puso tanto énfasis y empeño en el mercado que el concepto de lo público, vinculado en el sentido común al Estado, resultó totalmente devaluado.

Creo que el problema es más profundo y bastante más antiguo que diez años. Veamos un poco su significado y su historia. Si nos atenemos al Diccionario de la Real Academia Española, viene del latín respublica y refiere al cuerpo político de una nación y a una forma de gobierno en el que el poder reside en el pueblo; no es, pues, sinónimo de Estado o de religión.

En sentido fuerte, público significa aquello que es común a todos, a diferencia de lo privado, que nos atañe de manera particular. Público nos remite a aquello que es de interés general, de todos; en última instancia el bien común. Incluso quienes desde el pensamiento liberal –como el norteamericano J. Rawls– discuten la noción misma de bien común, consideran que lo público atañe a cuestiones constitucionales esenciales y de justicia básica. Es decir, aquello que nos afecta a todos.

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¿Descartes fue un rosacruz? por Umberto Eco

Fuente: El Comercio

Tengo un amigo del Opus Dei con quien intercambio opiniones de vez en cuando, pero eso no significa que yo sea miembro del Opus. Tengo un amigo masón, pero eso no quiere decir que yo sea masón. Tengo muchos amigos hebreos, pero lamentablemente no soy hebreo.

Tengo amigos homosexuales, pero por desgracia soy heterosexual y (como dicen ellos) no sé lo que me he perdido. La curiosidad, los casos profesionales, la simpatía, pueden llevar a contactos de distinto tipo sin que el contacto quiera decir adhesión.

Esto sucedió con Descartes. Su biógrafo Baillet dice que, cuando salieron los manifiestos rosacruces, Descartes intentó a toda costa ponerse en contacto con los que prometían doctrinas secretas. En aquella época, magia o alquimia y ciencias naturales, ocultismo y física iban a la par, y una persona culta estaba autorizada a interesarse por todo. No hay nada extraordinario, por lo tanto, en que Descartes, tras aparecer los manifiestos de los rosacruces en 1614 en Alemania, buscara un contacto con ellos. Lo que sabemos por su biógrafo es que, tras su regreso a París, todos decían que se había convertido en un rosacruz, cosa que no le hacía ninguna gracia.

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