Archive for Septiembre 18, 2006

El tigre acorralado por Immanuel Wallerstein

Cuando, hace muchos años,  algunos de nosotros dijimos que la decadencia de la hegemonía estadunidense en el sistema-mundo era inevitable, imparable y estaba ya ocurriendo, la mayoría de la gente nos dijo que ignorábamos la obvia y avasalladora fuerza militar y política de Estados Unidos. Hubo críticos que dijeron que nuestros análisis hacían daño porque servían como un vaticinio que acarrea su propio cumplimiento.

Luego, en la presidencia de Bush, subieron al poder los neoconservadores e instrumentaron su política unilateral de militarismo macho, diseñada (decían ellos) para restaurar la indisputable hegemonía estadunidense, amedrentando a sus enemigos e intimidando a sus amigos para que obedecieran, sin cuestionar, las políticas de Estados Unidos en el ámbito mundial.

Los neoconservadores tuvieron su oportunidad y sus guerras han fracasado espectacularmente: no han logrado atemorizar a quienes son considerados enemigos ni intimidar a sus antiguos aliados a que obedezcan sin chistar. La posición estadunidense en el sistema-mundo es hoy mucho más débil de lo que era en 2000, y esto es resultado, precisamente, de las muy erradas políticas neoconservadoras adoptadas durante la presidencia de Bush. Hoy, mucha gente está dispuesta a hablar abiertamente de la decadencia estadunidense.

Así que, ¿ahora qué pasa? Hay dos sitios a los cuales debemos mirar: al interior de Estados Unidos, y el resto del mundo. En el resto del mundo, los gobiernos de todas las tendencias le prestan cada vez menos atención a cualquier cosa que Estados Unidos diga o quiera. Cuando era secretaria de Estado Madeleine Albright dijo que Estados Unidos era “la nación indispensable”. Esto pudo haber sido cierto alguna vez, pero ciertamente no es verdad ahora. Hoy, el tigre está acorralado.

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Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián

Fuente: El País

Tanto el Oxford Dictionary como el DRAE coinciden en que civilizar es sacar a algo o alguien de un estado bárbaro o salvaje, instruyéndole en las artes de la vida -añade el libro inglés- de modo que pueda progresar en la escala humana. O sea que, aunque una civilización sea el conjunto de creencias y valores que conforman una comunidad, a la civilización en sí podemos definirla como el progreso a secas. Las civilizaciones, en cambio, constituyen un concepto más ambiguo e impuro: hacen referencia no sólo a los valores culturales, éticos o de cualquier otro tipo que sustentan la sociedad, sino también a sistemas o mecanismos de organización de la misma. Tienen, por eso, que ver con la cultura y la educación, pero también, y en gran medida, con el poder.

En la historia de las culturas desempeña, a no dudar, un papel relevante la de las religiones, y de ahí se deriva el frecuente abuso intelectual que tiende a confundir éstas con las civilizaciones propiamente dichas. Sería absurdo negar que la religión, y su práctica, han tenido enorme influencia en el devenir de los humanos. Pero, a estas alturas, resulta un dislate hablar de civilización cristiana (últimamente convertida incluso en judeo-cristiana, contra toda evidencia) o de civilización musulmana, tanto como hablar de la civilización occidental, a secas. No obstante, estos son términos de uso común en los que hemos sido aleccionados desde la escuela y cuya utilización en el debate comienza a ser casi imprescindible. ¿Qué tiene que ver el pentecostalismo americano o el fundamentalismo de sus telepredicadores con la iglesia de Roma, por mucho que todos reclamen el cristianismo como patrimonio propio? ¿Definiríamos a Indonesia como una muestra ejemplar de la civilización musulmana, por el solo hecho de ser un país cuya inmensa población practica en gran medida dicha creencia? La deriva a confundir o identificar las civilizaciones con las religiones -especialmente con las del libro- permite ignorar el pluralismo que anida en cada una de ellas y del que, sin ir más lejos, constituye una trágica demostración el enfrentamiento en Irak entre suníes y chiíes.

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Nuestro cercano (lejano) oriente - El mundo de los asháninka. Por Jorge Paredes

Fuente: El Comercio

Casi cuarenta años después de su primera edición, el Fondo Editorial del Congreso reedita La sal de los cerros del historiador y antropólogo peruano Stefano Varese, un libro capital de los estudios sociales peruanos, que marcó un hito en las investigaciones sobre nuestra amazonía y sus poblaciones originarias.

La historia tradicional peruana suele ser una historia incompleta: atrapada con frecuencia entre los Andes y la costa, ha dejado fuera de su radio de acción a esa selva inexpugnable, cuyas poblaciones, para muchos, todavía están inmersas en un espacio anacrónico, lejos de la modernidad, del progreso y del mercado, por lo que historiar sobre ellas resulta poco menos que exótico. En 1968, cuando apareció la primera edición de La sal de los cerros, esta premisa todavía era más pesimista, y se dudaba incluso de si estas etnias estaban conformadas realmente por personas con derechos y deberes.

En este escenario, marcado además por la irrupción de las guerrillas marxistas, este libro escrito por un hijo de inmigrantes italianos, ferviente seguidor de Gramsci, descubrió al mundo académico nuestro cercano y lejano oriente, la tierra que circunda los márgenes de los ríos Apurímac, Ene, Perené, Tambo y Alto Ucayali, así como el Gran Pajonal y la orilla derecha del río Pachitea. El territorio de los asháninka, entonces conocidos como campa.

Las dos casas

¿Quiénes eran estos extraños hombres y mujeres que cada cierto tiempo cumplían una especie de peregrinación al cerro de la sal, ubicado en el Gran Pajonal, de donde tomaban un insumo para ellos sagrado? El trabajo de Varese fue una revelación. Los campa-asháninka reproducían un sistema de vida que los hacía resistir desde por lo menos cuatro siglos la invasión occidental, multiplicándose por la selva en un territorio de más de 100.000 km2.

Los capítulos más interesantes de La sal de los cerros son precisamente los referidos a la vida familiar campa-asháninka y a los efectos que tuvo en esta población la rebelión de Juan Santos Atahualpa en el siglo XVIII.

Los asháninka se dedican al cultivo de yuca y en menor medida a la caza y la pesca. Las tierras del Gran Pajonal no son aptas para una agricultura sostenida, por lo que cada cierto tiempo, ellos deben cambiar de lugar de residencia, levantando una nueva chacra en el espesor de la selva. Muchas de estas tierras con el tiempo fueron dadas a colonos, en la creencia de que estaban “abandonadas”. Cada familia tiene dos casas: la intómoe y la kaápa. La primera es la de los hombres solteros y de los huéspedes, mientras que la segunda es la casa femenina, donde vive la familia nuclear, donde se cocina y se duerme. El hijo varón vive en esta casa hasta la pubertad y luego pasa a la kaápa, desde donde saldrá a cazar, a realizar actividades comerciales y sobre todo a buscar compañera. Este cambio a veces es traumático. Varese cuenta que un muchacho le narró que lloró durante muchas noches, solo, rodeado por la oscuridad de la selva. El matrimonio asháninka pasa por un periodo de prueba, donde el varón “presta servicios” en la casa de los padres de la futura esposa. Solo si la unión se consolida, le será permitido formar su propia kaápa. Por eso, para una familia asháninka es importante engendrar hijas mujeres, que traerán yernos a la casa; en cambio los hijos varones son siempre móviles.

El dilema de la inclusión

Por siglos, los cronistas creyeron que los asháninka no tenían religión porque, a diferencia de otros pueblos, no exhibían grandes ritos paganos. Varese descubre en ellos un “sentimiento mesiánico” que desde los tiempos iniciales los impulsó al intercambio de bienes con sus pares y otros pueblos en la creencia de que este flujo satisfacía a un dios que algún día vendría al mundo a restablecer el orden, alterado por la presencia de los viracochas (blancos) y chori (mestizos).

Obviamente que La sal de los cerros no vislumbró que dos décadas después los asháninka serían protagonistas de un terrible fuego cruzado en el corazón de la selva central (se estima que por lo menos unos cinco mil de ellos fueron asesinados por las huestes senderistas). Sin embargo, sí intuyó que para estas poblaciones amazónicas cada vez el cerco se angostaba más.

Al final, se incluyen dos apéndices y cuatro ensayos que colocan el estudio de Varese (catedrático y director de estudios indígenas en la Universidad de California) en el debate actual: ¿Es necesario incluir estas poblaciones en el proyecto de la modernidad o es mejor reconocerlas y respetarlas como tales? ¿Una cosa excluye a la otra? ¿Ha funcionado la integración de estas etnias o solo las ha destruido y proletarizado? El debate de fondo de La sal de los cerros sigue abierto.

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“La mentira de la invasión silenciosa” - ELIZABETH JELIN, SERGIO CAGGIANO Y ALEJANDRO GRIMSON: MITOS SOBRE LOS INMIGRANTES DE PAISES LIMITROFES

Fuente: Página/12

Bolivianos, paraguayos, peruanos, chilenos y uruguayos han sido chivos expiatorios muchas veces de un discurso político que prefiere no asumir su propia responsabilidad. Los inmigrantes de países limítrofes han sido culpabilizados de la desocupación o el mal funcionamiento de los hospitales, entre otros mitos.
Por Mariana Carbajal

–¿Hubo un aluvión migratorio de países limítrofes en la década del ’90?

Elizabeth Jelin: –La investigación histórica muestra que la proporción de población argentina originaria de países limítrofes ha sido constante por casi 150 años. Desde que se tienen datos –la primera mención es en el censo de 1869– hasta el último censo, entre 2 y 3 por ciento de la población del país es nacida en Paraguay, Bolivia, Uruguay, Chile, y Perú. De modo que en términos de peso en la población de Argentina no ha habido grandes variaciones. En general, cuando el tipo de cambio está alto la gente viene, y cuando baja, se va; cuando hay más crecimiento económico, viene, cuando hay más recesión, se va. Pero estas circunstancias, además, están cruzadas por exilios políticos y por otro fenómeno que ocurren en las migraciones, una especie de inercia por la cual cuando viene un miembro de la familia, empiezan a venir otros, independientemente de que el contexto económico mejore o empeore.

–¿Qué cantidad de inmigrantes de países limítrofes y de Perú llegaron en los noventa?

Sergio Caggiano: –No hay números absolutos. En la medida en que se presupone que hay una cantidad importante de indocumentados, es muy difícil tener una cifra real. De acuerdo con los distintos informantes, las cifras varían entre 2 millones y 700 mil inmigrantes.

–¿A qué nacionalidad corresponde el flujo mayor de inmigrantes?

E.J.: –La comunidad de residentes de países cercanos más importante es la de paraguayos. Pero en los últimos años hubo un crecimiento del número de bolivianos en relación con los paraguayos y tuvo un peso más significativo la inmigración de peruanos, que no tenía tradición histórica.

–¿Qué factores influyeron para que tuviera mayor visibilización la inmigración de los países limítrofes y del Perú en los ’90?

S.C.: –Hubo una concentración de la población proveniente de países limítrofes en la Capital Federal y áreas metropolitanas de Buenos Aires. Pero a ese fenómeno se sumó el papel que jugaron actores políticos, sociales y grandes medios de comunicación en la estigmatización y visibilización de esos inmigrantes, sobre todo asociándolos a problemas sociales como la desocupación, la crisis en el sistema de salud y al crecimiento de la inseguridad. Carlos Corach, que era el ministro del Interior, declaraba que había una “extranjerización de la delincuencia”. Uno podía comprobar que en las cárceles había un porcentaje mayor de personas de países limítrofes, pero eso no quería decir que fueran más delincuentes sino que eran más detenidos por la policía. Entre la detención y la comprobación del delito se iban depurando los porcentajes.

–Recuerdo unos carteles de un sindicato acusando a los inmigrantes de la desocupación…

E.J.: –La Uocra pegó carteles en todo el país diciendo que los migrantes eran los que nos quitaban el trabajo.
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