Las rejas del bien común por Pepi Patrón
Fuente: La República
“Se ha terminado viviendo en guetos cerrados con rejas y buscando satisfacer necesidades de manera particular.”
Tenemos en el Perú una extraña experiencia de lo público. Un transporte público que no lo es; más bien es una jungla privada. Una educación pública que es sinónimo de deficiencia. Una salud pública que llega muy lentamente a pocos. La empresa pública ha llegado a ser casi una mala palabra.
¿Por qué tanto desprestigio o debilidad de lo público en nuestro país? Hay quienes piensan que la ola privatizadora de la década pasada puso tanto énfasis y empeño en el mercado que el concepto de lo público, vinculado en el sentido común al Estado, resultó totalmente devaluado.
Creo que el problema es más profundo y bastante más antiguo que diez años. Veamos un poco su significado y su historia. Si nos atenemos al Diccionario de la Real Academia Española, viene del latín respublica y refiere al cuerpo político de una nación y a una forma de gobierno en el que el poder reside en el pueblo; no es, pues, sinónimo de Estado o de religión.
En sentido fuerte, público significa aquello que es común a todos, a diferencia de lo privado, que nos atañe de manera particular. Público nos remite a aquello que es de interés general, de todos; en última instancia el bien común. Incluso quienes desde el pensamiento liberal –como el norteamericano J. Rawls– discuten la noción misma de bien común, consideran que lo público atañe a cuestiones constitucionales esenciales y de justicia básica. Es decir, aquello que nos afecta a todos.
Público es, pues, aquello que nos concierne a todos. Ello está dicho también en el origen griego de la palabra política, la polis, como comunidad política de iguales. Iguales: tal vez allí esté la clave. Para que nos sintamos concernidos por lo que es común, tiene que haber un mínimo de sentimiento de pertenencia a una comunidad que nos abarca, nos incluye. Solo así el tráfico podrá ser asunto de todos, así como la educación y la basura.
Desigualdades extremas parecen, entonces, reñidas no solo con la idea sino con la experiencia de lo público, lo común. A más desigualdad, menos vivencia de lo público. Resulta una relación inversamente proporcional, de un lado y del otro.
Los que tienen mucho, la clase A de las encuestas, tienen que resolver sus problemas de manera privada. Se termina viviendo en guetos cerrados con rejas y buscando satisfacer necesidades de manera particular. Se privatiza desde la seguridad (¡cuántas casetas de guachimanes en todas partes!) hasta la educación, pasando por las playas.
Por supuesto esto no es una acusación moral. Todos y todas queremos que nuestros hijos tengan una buena educación, muchas veces es lo único que les podemos dar. También queremos que nadie los asalte o les corte la cara por una mochila. (Confieso que lo de las playas me parece una exageración.)
Pero los del otro extremo, clases D y E, tampoco gozan de mayores beneficios comunes. Lo público se ha vuelto sinónimo de malo o de pésima calidad, como la educación y la salud. Si aquello que es de todos no funciona para mí y los míos, si no me reporta beneficio alguno ¿por qué cuidarlo o defenderlo? Si ni siquiera las autoridades se preocupan por mi/nuestro bien, ¿por qué hacerles caso?
El problema es, entonces, profundo y grave. No hay noción de un nosotros, en que lo común pueda serlo para todos. Probablemente porque todavía no hemos llegado a configurar una comunidad de ciudadanos que sienten que pertenecen a una comunidad de iguales, que tienen intereses comunes.
Más grave aún, si la brecha nos parte, no solo nos separa, por géneros. En nuestro lenguaje cotidiano los sentidos de las palabras se conservan, se sedimentan, se reproducen. Una mujer pública, a decir de un congresista, es aquella a quien todos le pueden meter la mano. Todavía no es, a diferencia de un hombre público, una mujer de Estado. Sigue siendo una prostituta. Obviamente, lo público todavía no es asunto de iguales.

