El racismo en el Perú de nuestros días por Luis Jaime Cisneros
Fuente: La República
‘Qui genus estis?’ Esta pregunta frecuente en la prosa clásica latina da idea de una organización social ahora felizmente periclitada. Preguntar hoy a alguien a qué raza o clase social pertenece es, desde todo punto de vista, realmente ominoso. La raza no nos hace. Somos por esencia humanos, y esa condición nos hace fuertes, libres, listos para emprender la marcha hacia el horizonte. Preguntar a alguien por su raza es signo de pobreza espiritual. Y en boca de gente culta, crimen de alta gravedad. ¡Qué pena que nos veamos obligados a reconocer esta verdad en pleno siglo XXI!
Científicamente, estamos a siglos de distancia de las hordas tribales. Hemos alcanzado en física y en medicina triunfos extraordinarios. Hemos progresado en tecnología. No hemos logrado la serenidad y la inteligencia suficientes para desterrar el odio, la venganza, la discriminación racial. No es para extrañarse, porque no hace mucho que los campos de concentración anunciaban, en un lugar de Eurooa, que el hombre todavía era el lobo del hombre. Y porque Guantánamo e Irak son nombres recientes que nos escarapelan. Todo cuanto se dice haber progresado en diplomacia forma parte de la gran mentira en que los pueblos viven por haber consentido someterse para hacer más llevadero el quehacer político.
Cada día retrotraemos en lo concerniente al hombre. Ni siquiera uso la palabra humanidad. Nombro solamente al hombre, al prójimo. Nos cuesta mucho comprender que ese respeto a que creemos tener derecho, y cuya falta es hoy tan notoria, coincide con esta dificultad que nos asiste para reconocer al ‘otro’. No advertimos esta sencilla verdad: si el otro (mi prójimo) no existe para mí (porque no lo veo, no lo siento, no lo tolero), yo no existo para él. Basta reflexionar sobre el lenguaje: si nadie habla conmigo, yo no existo. ¡Porque soy un ser dialógico! Si nadie habla conmigo, el lenguaje no existe como instrumento de comunicación. Y a nadie puedo decirle que acá estoy esperando, porque la vida no se concreta en la espera sino en la marcha. Es en el quehacer cotidiano cuando y donde tropezamos con el prójimo, y donde nos descubrimos (y reconocemos) como seres pensantes, reales, humanos. La polis no existe sin nosotros. Es referida a nosotros cuando se justifica la política.
El reciente clima electoral ha resucitado el tema racista. Todavía hay gente para quien es posible reconocernos (y distanciarnos) en virtud del color. Para un universitario, es alarmante. Felizmente, para los jóvenes recién ingresados en política es un signo vergonzoso de ceguera cívica. Sí, es verdad que somos un país pluricultural y multilingüe; por eso tropezamos con ciudadanos que hablan español y alguna lengua indígena, así como sabemos de muchos que todavía no hablan español. Cierto es también que el español es la lengua general en que se expresa la administración pública y en la que se concreta gran parte de la vida cultural. La escuela es la llamada a proporcionarnos un estado de alerta.
Cuando llegaron los españoles, trajeron su lengua: lengua poderosa y rotunda. No se impuso por ser la mejor, sino porque era la lengua del invasor. En la historia de las lenguas se comprueba. Los soldados, en nombre del rey, vinieron a conquistar la tierra. Los frailes vinieron también; pero como aspiraban a conquistar las almas incurrieron en una estrategia más adecuada. La lengua forma parte de la esencia de nuestra condición humana: nos relaciona con el mundo, con las cosas, con los hombres, con nuestra propia interioridad. Por eso los curas se empeñaron en aprender las lenguas vernáculas. No querían un hombre sometido sino un hombre convencido. Los soldados se desentendieron del tema: ellos únicamente requerían obediencia, que era garantía del poder. A la iglesia le preocupaba el gobierno de las almas, y esa tarea se hacía con un hombre concreto, no con una agrupación de masas. Pero eso fue hace muchos siglos. Hoy no somos los conquistados, sino los conquistadores de nosotros mismos.
Preguntarle hoy a una persona a qué raza o clase social pertenece es como preguntarle a un ciudadano por qué es tan oscuro cuando, a todas luces, sabemos que es africano. Ni la clase social ni la raza. Nos lo hizo comprender con certeza André Malraux en un libro todavía imprescindible y siempre luminoso: ‘La condición humana’. Era el reportaje a un mundo contemporáneo, en horas de indescifrable lucha ideológica. Esa conquista ha sido realmente la gran conquista del siglo XX, por la que hemos tenido que atravesar groseras deformaciones del sentimiento humano como los campos de concentración, los ghetos, la bomba atómica y los diarios noticiosos de muerte y venganza nunca iluminados por la justicia y la libertad.
¡Pero nuestra condición humana está precisamente relacionada con la libertad y la justicia! Está vinculada con la salud y el trabajo. Está asegurada en el ejercicio franco del lenguaje. Está garantizada por la verdad y la inteligencia. Se halla viva e iluminada en la limpia sonrisa de las criaturas. En la fuerza muscular de nuestros trabajadores. En el trajín riguroso de nuestras escuelas. En la porfiada investigación de las universidades. En el libre ejercicio del pensamiento y del arte. En el buen gobierno. En la paz.
La reciente campaña electoral nos ha permitido leer y escuchar argumentos que parecerían proceder de muchos años atrás. ‘Qui genus estis?’ La densidad que asegura el esplendor del bosque está garantizada por la suma diversa de los muchos y distintos árboles que lo pueblan; y al poblarlo, lo magnifican. Y al magnificarlo, lo robustecen y aseguran su impenetrable perdurabilidad.


Diógenes said,
Agosto 16, 2007 @ 11:26
Las palabras anteriores son muy atinadas, soy estudiante y si alguien no me hubiese dado un trabajo sobre el racismo, quizás no lo hubiese leído, me ha servido mucho…