Todas las lenguas por Mirko Lauer

La decisión de Maria Sumire e Hilaria Supa de expresarse solo en su quechua natal les ha valido críticas y algunos insultos gruesos en la prensa. Pero más allá de lo que ellas tengan que decir en su idioma, el principio de su postura tiene que ser saludado: el Perú tiene una deuda con sus idiomas locales, y las dos congresistas la están trayendo al debate.

Tal vez el método adoptado hasta ahora no es de los más políticos. Sumire y Supa confrontan a los públicos de la política con su ignorancia del quechua. Lo cual sugiere un deseo de que los mistis también hablen o entiendan quechua, como los paraguayos el guaraní. No estaría nada mal, pero en este terreno hay algunos objetivos más inmediatos y viables.

Podrían conservar el uso del quechua para sus discursos ante el pleno del Congreso, y este debería proporcionar un traductor estable para ese propósito. Debemos entender que ellas promoverán la enseñanza de los idiomas nativos como lenguas maternas, ofrecido por el gobierno de Juan Velasco Alvarado, mas nunca materializado lo suficiente.

La iniciativa velasquista fracasó por creer que los idiomas se rescatan y defienden por mero decreto, por una profunda invisibilidad política de los principales interesados en esos años, y porque el tema de la tierra todavía opacaba a todos los demás en la conciencia pública, incluso entre los hablantes de idiomas nativos. Mucho de esto ha cambiado.

En la era de la defensa de los conocimientos originarios ante la Organización Mundial de Comercio, de reclamo de nuestra paternidad de nombres y marcas en la circulación mundial, y de deseos de desexcluir al sur andino, resulta inexplicable la indiferencia frente al quechua, el aimara y los demás idiomas de la cultura peruana.

Si ser confrontados en casa por un idioma indescifrable le resulta chocante a muchos, tratemos de imaginar lo que sienten millones de peruanos frente a un castellano que no comprenden, o que nunca llegan a dominar del todo. La reacción a Sumire y Supa da la impresión de que los nuestros son idiomas no tan sutilmente perseguidos.

Argumentos como que quechua o aimara son idiomas innecesarios porque el castellano comunica con millones, o que son sus propios hablantes los que quieren deshacerse de ellos, o que la ausencia de escritura los hace inviables en el mundo moderno son -para usar una expresión grata a Mario Vargas Llosa- tremendamente arcaicos.

Quizás la tarea de rescate les quede materialmente grande a Sumire y Supa. Pero en este tema tienen el corazón en su sitio. Sorprende mucho que el resto de su bancada no haya salido en su defensa frente al insulto étnico, y de hecho el Perú espera algunas propuestas técnicamente razonables desde ese sector que aspira a colegislar el país.

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