El poder, el saber y el cuerpo, por Jorge Paredes

A propósito de conmemorar su fallecimiento el 26 de junio de 1984, apareció este artículo ayer. La obra de Michel Foucault nos interpela permanentemente y su influencia en las ciencias sociales está fuera de discusión.
Fuente: El Comercio

Michel Foucault en el Perú. ¿Qué de común pueden tener los discursos míticos de resistencia andina al poder colonial y criollo en el Perú y un programa como el de Magaly Medina? Simplemente que ambos temas pueden ser abordados a partir de las ideas de Michel Foucault, uno de los pensadores más originales del siglo veinte.

El pensador francés nunca arribó a nuestras costas, pero a veinte años de su muerte un grupo de intelectuales peruanos organizó un coloquio para analizar las ideas foucaultianas a la luz de nuestra siempre sorprendente realidad. El resultado es este libro (Después de Michel Foucault: el poder, el saber, el cuerpo, Sur y Centro de Estudios e Investigación política, 170 pp.), el cual aborda las principales ideas de uno de los pensadores más originales que ha dado el siglo veinte pasado.

Difícil encasillar a Foucault: se ha dicho que fue filósofo, sobre todo por sus acercamientos a Kant y Nietzsche, pero igual se puede decir que sus ensayos fueron producto de la antropología, la psicología, la sociología, el psicoanálisis y la historia. Y también puede pasar como un estudioso de las manifestaciones del poder, la sexualidad, del cuerpo y la locura. Asimismo, puede ser visto como un crítico de los mecanismos de la disciplina en las sociedades modernas. Pero, ¿qué descansa en el fondo de toda la obra del francés, desde libros claves como Vigilar y Castigar hasta Historia de la sexualidad? Una profunda mirada crítica a los cimientos de la cultura occidental, a esas verdades que Occidente canoniza, y que él se encarga de desarticular para descubrir las fallas de una relojería aparentemente perfecta.

El poder y la contrahistoria

El tema central de toda su obra es sin duda el poder. Pero no sucumbió ante la visión del poder únicamente como sinónimo de absolutismo y de opresión de un gobierno poderoso sobre los débiles, sino fue más allá, reveló que existe más bien una multiplicidad de poderes en toda la esfera de las relaciones humanas, y que más importante que el primero -tal vez porque lo afirma y lo sustenta- es esta gama de micropoderes que se cruzan en todos los actos humanos en un juego si se quiere perverso de dominantes y dominados, de opresores y oprimidos, en sus propias palabras “un conjunto de acciones sobre acciones posibles (.) una manera de actuar sobre uno o sobre varios sujetos activos”. A esto hacen referencia Gisele Velarde en el ensayo que abre este volumen, el psicoanalista Luis Herrera (”Foucault, el poder y lo anormal”) y el antropólogo Jaris Mujica (”Pensar en lo oscuro. El poder y la antinomia”).

Foucault entendía que el poder era concebido de dos maneras: primero basado en las ideas de la ley y del contrato; y segundo en las ideas de guerra, dominación y coerción. Como afirma el sociólogo Gonzalo Portocarrero (”Foucault, el pensamiento como provocación”) la última concepción le parecía más realista, pues suponía que la primera era solo una fantasía encubridora.

Justamente el poder disciplinario que alude en Vigilar y castigar estaría en el segundo nivel y no solo está referido a las prisiones, sino también a instituciones de control más subjetivas que la sociedad ha ido desarrollando como modelos de control de los cuerpos e individuos: la familia, la escuela, la empresa moderna.

Portocarrero arriesga aquí un análisis del discurso histórico peruano a la luz de las ideas de Foucault (p. 39). “En su vertiente hegemónica -escribe el sociólogo-, el discurso historiográfico español pretendió negar la soberanía de los incas, basándose en las ideas de que ellos eran tiranos y de que habían impuesto un régimen cruel que solo contaba con muy pocos años de existencia (.) Un largo alegato jurídico en que se invocaba a los señores indígenas a ceder al Rey sus privilegios, puesto que este traspaso aseguraba la evangelización y la salvación de las almas de sus súbditos”.

A esta suerte de historia oficial que sustentó la Colonia (Garcilaso consideraba la Conquista como parte del plan de Dios, aunque criticaba los excesos cometidos por los españoles contra los indígenas), se contrapuso un discurso criollo en el siglo XIX, que negaba este “contrato divino”. Pero ahí la contradicción: los criollos no podían resarcir al indio, la gran víctima de la dominación, porque eso hubiera supuesto su propia descalificación, pues ellos eran, después de todo, herederos de la dominación española colonial. Portocarrero señala que la verdadera contrahistoria fue escrita por eso desde el propio mundo indígena, en forma mítica, simbólica, ilusionada con el retorno del inca. “La contrahistoria está, pues, en la base de la ‘utopía andina’ y el mito de inkarri”. (p. 40).

El cuerpo de la mujer peruana

Foucault no negó su homosexualidad. Por el contrario, más de una vez, declaró con afán provocador, “soy un viejo marica”. Y así como suponía que el poder residía en todas las relaciones humanas, señalaba que el espacio donde este poder se ejercía con mayor precisión era en el cuerpo. Su control y disciplina subyacía en los discursos en torno a la higiene, la salud o la sexualidad. Si hasta el siglo XIX se controlaba el cuerpo a través del castigo físico, después éste dominio se ejercía modelando las mentalidades y las conductas.

En su Historia de la sexualidad dice que lo que caracteriza a la modernidad no es la represión de la sexualidad, sino su creciente regulación científica. La antropóloga Norma Fuller (”Foucault: las ciencias sociales como productoras de identidades”) señala que para el filósofo francés “el cuerpo y sus placeres serían los últimos ámbitos sobre los que recaerían las tecnologías del poder-conocimiento, y también los puntos desde los cuales podría articularse la resistencia contra el poder.” (p.95)

Este control sobre el cuerpo, denunciado por Foucault, ha llevado a la profesora de literatura Carla Sagástegui y la psicóloga Tesania Velázquez a ensayar “Una lectura foucaultiana del cuerpo de la mujer en el Perú de hoy”. Lo primero que se plantea es una división geográfica del control sobre el cuerpo femenino en el Perú. Tanto en la zona altoandina, como en algunos sectores populares, las mujeres tienen poco o nulo conocimiento de sus cuerpos y de los cambios que ellos experimentan (menstruación, embarazo, parto, lactancia, menopausia, etc.). Todo esto genera miedo, pues muchas veces estos cambios son experimentados como sucesos “inesperados” que pasan, dejando huellas de dolor o placer, sin que puedan ser controlados por las propias mujeres.

La prueba de este control desde el Estado se dio justamente -apuntan las autoras- durante un gobierno autoritario de corte liberal que a la vez que edificaba escuelas de similar arquitectura, eliminaba de la educación escolar el curso de literatura y promovía una política de esterilizaciones forzadas, a las que fueron sometidas muchas mujeres pobres, quienes ni siquiera sabían lo que se les estaba practicando.

Si este control perverso se da en las zonas andinas, en las ciudades principales del Perú (Lima, Arequipa, Trujillo), las capas medias y altas viven en vigilancia sobre sus cuerpos las 24 horas del día. “Se lo afecta con productos de belleza y cirugías o se lo marca con tatuajes y piercings”. (p. 121). ¿Libertad o esclavitud?

Y si Foucault se hubiera dado en estos días una vuelta por Lima no hubiera resistido analizar el programa de televisión más visto por los sectores medios y altos de la ciudad: Magaly TV. Como lo sugieren Sagasti y Velázquez en el ensayo respectivo, el éxito de Magaly Medina es justamente la vigilancia extrema a que somete a los demás a través de sus ampays (¿qué idea más foucaultiana que esa?) y sobre la metamorfosis de su propio cuerpo, que “luego de varias operaciones ha quedado convertido en el modelo físico contemporáneo con el que los medios dicen a los hombres que deben deleitarse” (p. 121).

Citando a Lagarde, las autoras afirman que el eje cuerpo-sexualidad es el nuevo cautiverio de la mujer actual. El ensayo (después continúan interesantes textos de Ugarteche y Ubilluz sobre Historia de la sexualidad) termina con una pregunta implícita: ¿Tomarán algún día ellas el control? Si el filósofo francés viviera tal vez se animaría a dar una respuesta.

1 comentario »

  1. Amazilia Alba said,

    Junio 27, 2006 @ 12:15

    “Tanto en la zona altoandina, como en algunos sectores populares, las mujeres tienen poco o nulo conocimiento de sus cuerpos y de los cambios que ellos experimentan (menstruación, embarazo, parto, lactancia, menopausia, etc.). ”
    Este pasaje ilustra otro topico foucaultiano: el rol del experto en legitimar ciertas practicas, en este caso el racismo de las elites limenas. Cualquiera que haya estudiado la farmacopea andina o amazonica puede darse cuenta del amplio conocimiento sobre el cuerpo y sus procesos, existen hierbas y preparaciones para casi todo lo imaginable de las necesidades femeninas: que para el PMS, que para aumentar la leche, para evitar embarazos, etc. Justamente la idea de que la gente andina “no conoce su cuerpo” ni como cuidarlo es la que da pie a las intervenciones desde el mundo “civilizado” del Estado o las ONGs, como en el caso de las esterilizaciones forzadas.

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