Umberto Eco sobre el Código Da Vinci
Fuente: La Nación de Chile
Este artículo apareció a inicios de abril de este año en varios medios. A propósito del estreno del Código Da Vinci, lo ponemos a disposición de todos.
El mundo está loco, loco, loco…
Umberto Eco
Las cosas pasan pero nadie se percata ya de ellas. Estamos rodeados de historias sobre las que podríamos escribir una suerte de tonterías y, aun así, pasan desapercibidas, como si fueran normales.
Por ejemplo: antes de que Bush desencadenara la guerra en Irak, Silvio Berlusconi va a verle y le dice (afirmación del mismísimo Berlusconi referida por todos los periódicos) que no debería hacerlo. Ipso facto, Bush manda a los marines y empieza a bombardear Bagdad. Berlusconi invita a Putin a su casita de la playa, lo toma por el brazo y le dice: “Me encargo yo de todo”. Ipso facto, Putin le corta el gas a Italia. Berlusconi va a ver a Gadafi y vuelve diciendo que todo va de perillas, que con Libia estamos a partir un piñón, los pequeños incidentes han sido superados y ya se ha encargado él de calmar las aguas. Ipso facto, Gadafi amenaza a Italia con toda suerte de atropellos mientras lanza palabras de odio. Me imagino que antes del asunto de la empresa eléctrica Enel en Francia, Berlusconi se vería secretamente con Chirac y obtendría ofertas de mutua asistencia; y ahora que ha ido a hablar al Congreso de Estados Unidos, como poco nos tirarán una bomba atómica. En fin, como el abuelito de un chiste que cuenta el mismo Berlusconi, habría que abatirlo porque donde va mete la pata.
Y aun así parece normal que siga haciendo incursiones en todas las pantallas y que la mitad de los italianos (y sería preocupante aunque fuera la mitad menos uno) todavía lo tomen en serio.
Segunda historia, la del “Código Da Vinci”. Cualquiera que haya entrado alguna vez en una librería de ciencias ocultas sabe que Dan Brown no se ha inventado nada, salvo la intriga policíaca del contorno; es decir, todo lo que presenta como revelaciones históricas las ha tomado de una miríada de libros que circulan desde hace décadas sobre el misterio de Rennes-le-Chateau, sobre el Priorato de Sión, sobre el Grial, sobre Jesús y María Magdalena, etc. No estoy diciendo que lo haya copiado, al igual que no se acusaría de plagio a uno que volviera a contar la historia de Caperucita Roja: ha usado material que ya es de dominio público, más manoseado que la barandilla del Metro, porque la tendencia de los consumidores de ocultismo siempre ha sido la de considerar verdadero lo que ya han oído, razón por la cual cuanto más repetitivo resulta lo que se les ofrece, más disfrutan. Y es igualmente notorio, también, para los que no han visitado nunca una librería de ciencias ocultas, pero le han echado una ojeada a la lista de los best-sellers, que en 1982 salió “The Holy Blood and the Holy Grial”, de Baigent, Leigh y Lincoln (traducido en castellano como “El enigma sagrado”).
En este libro se retoman abiertamente todos los chismes sobre el misterio de Rennes-le-Chateau y se enuncian todos esos “secretos” que constituyen el esquema de base del “Código Da Vinci”: que Jesús nunca fue crucificado, que se casó con María Magdalena, que fundó en Francia la dinastía de los merovingios, que su herencia mística y quizá genética la continuó el Priorato de Sión, etc., etc.. Ahora bien, el prefacio de “El enigma sagrado” presenta todo el contenido del libro como verdad histórica, y ni siquiera intenta decir que esa verdad histórica es fruto de descubrimientos exclusivos por parte de los autores, porque admite todas sus deudas con una serie de obras previas que, según los autores mismos, contendrían ya germinalmente esa verdad, pero que no han sido tomadas en suficiente consideración. Afirmación que resulta falsa como la que más, porque, repito, ese tipo de literatura circulaba desde hacía décadas por todos los puestos de libros y entre los apasionados se vendía como rosquillas.
Si alguien establece la verdad sobre un hecho (que Napoleón murió en Santa Elena, que Colón se embarcó en la Santa María, que Mussolini fue arrestado por Bill y Pedro), desde el momento en que la verdad histórica se hace pública, se convierte en algo de propiedad colectiva, y a mí no se me puede acusar de haber copiado una buena invención ajena si escribo una novela histórica en la que Colón se embarca en la Santa María. Pues bien, ¿qué es lo que me hacen Baigent y Leigh? Demandan al editor de Brown por plagio (Lincoln decidió no demandar). Es decir, están admitiendo públicamente que todo lo que contaron era fruto de su fantasía. Es verdad que para hincarle el diente a una parte del Potosí millonario del libro de Brown, uno estaría dispuesto a firmar ante notario que no es hijo del propio padre legítimo, sino de alguno de los numerosos marineros que solían visitar a su señora madre, por lo que Baigent y Leigh tienen mi más sincera comprensión.
Ahora bien, lo que no cesa de dejarme estupefacto es que la gente que lee estas cosas (y se entera de que Brown ha tomado sus noticias “históricas” de alguien que admite públicamente que ha contado mentiras) siga visitando iglesias y museos de todo el mundo para buscar las pistas de la “verdadera” historia de Jesús y María Magdalena.
¿No será que votan todos por Berlusconi?



